jueves, 24 de septiembre de 2009

Leyendas del Paraguay: La señal.

Las columnas de humo se elevaban sobre el horizonte sin nubes, lo que inevitablemente presagiaba lo peor.
Carmen Mena de Ayala, dejó de mirar hacia Asunción de la que sólo podía ver algunas cúpulas ahora espectrales y llamó a Lucinda, la más joven de las criadas de aquella casa sin hombres. Le pidió que preparara el coche de paseo de dos caballos, mientras iba colocando en baúles aquello que pudiera salvar de los soldados brasileros.
Esa palabra, salvar, permanecía presente mientras colocaba sin orden el menaje de plata, sus joyas, monedas de oro y otros objetos de valor que pudieran servir después. Así mantenía viva la esperanza de que Lucio y sus dos hijos volvieran. No tenía noticias de ninguno desde hacía tiempo. Eran siete meses desde la última y breve carta de Lucio. A partir de aquel momento los rumores le proporcionaron algo a lo que aferrarse. Y eso porque había tomado en cuenta únicamente los  benevolentes. ¡Qué tonta había sido al enorgullecerse de ver a Lucio con el uniforme del ejército del Paraguay, con sus galones dorados y sus botas relucientes! Fue aquel día caluroso de hacía casi un año, en el portón de la casa familiar.
Lo que más le costaba era quitarse la alianza. Abandonarla le exigía un sacrificio que sin fuerzas asumía la forma de un ritual. El anillo no es un amuleto -se dijo- y lo dejó en el cofre que cerró con un golpe seco. Comenzó a llenar de inmediato el siguiente cajón.
Las mujeres se sobresaltaron ante el olor acre que el viento al cambiar su rumbo había trasladado a las afueras, otrora de apacibles quintas. Hicieron el esfuerzo de varios hombres subiendo aquellos cajones al coche. Ya no distinguían cuáles eran los trabajos que en otras épocas hubieran requerido el auxilio de un varón porque lo habían olvidado.
Carmen tomó una pala y con Vicenta y Lucinda fueron al monte. Los caballos parecían querer alejarse de la casa, contrariamente a lo que habían hecho siempre.
Tardaron un buen rato en cavar el pozo, sin detenerse en el cansancio, ni en los ruidos extraños que llegaban en dirección de la casa.
Cuando terminaron de enterrar todo, cubrieron el lugar con hojas y ramas. Carmen les dijo a las dos muchachas que volvieran al coche. Permaneció sola unos minutos.
Después la vieron llegar en silencio y así regresaron las tres.
Ya en la casa, otra de las mujeres entró agitada y le entregó una carta. La había traído corriendo casi todo el camino desde la ciudad. Lloraba y le decía que se había escapado de los soldados y del fuego.
Carmen apenas la consoló pasándole la mano por el pelo porque allí tenía ese sobre con el escudo oficial al que ya había aprendido a temer. Luego de abrirlo con el abrecartas filoso de Lucio, comenzó a buscar casi sin leer, lo único que le importaba de esa hoja igual a otras que ya había visto. Esta vez le habia tocado a ella. Lucio estaba muerto.
Se resistió a dejarse abatir. Todavía podía recuperar a sus hijos, ahora que todo terminaba.
El fin se hizo presente con el humo. Lo había anhelado sin imaginar que se colaría por las ventanas de su casa.
-¡Señora Carmen!- resonó el grito ahogado de Lucinda mientras entraba aferrada de la cintura por un soldado que empuñaba en su otra mano un pistolón.
¡Sueltela! -exigió la mujer- Por toda respuesta recibió unos perdigones en el hombro izquierdo que el arma en pulso errático arrojó tosiendo en una nube gris.
El hombre se le acercó. Ella se apoyaba en el escritorio para no caer, mientras se oían los gritos de Lucinda que aquel soldado borracho no soltaba.
Casi sin fuerzas, Carmen tomó del escritorio el abrecartas. Dudosa fortuna la de tener el valor suficiente para poder enterrárselo al hombre entre el pecho y el estómago. El soldado se derrumbó a sus pies, dejando a la chica.
Carmen quedó inmóvil. Espantada miró a Lucinda que huía. Por otra puerta entraron dos soldados. Todo terminó para ella.
El fuego fue el señor del lugar aquel 2 de febrero de 1861, mientras los soldados saqueaban lo que quedaba y se aprovechaban de las que antes de eso ya creían haberlo perdido todo.
La noche larga vió arder la casa de quien fuera Carmen Mena, viuda de Ayala.
No lejos de allí, un rosario de plata anudado a una rama, señalaba con su cruz el lugar en donde Carmen había guardado su esperanza en cofres, para una familia que ya no existía.
Lucinda volvió al bosque pero nadie encontró la señal.
Algunos creen ver, aún hoy, bajo la luz de la tarde que escapa entre los árboles, el brillo de una cruz.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Segundas oportunidades.

Esto fue escrito para el taller literario de María C. La consigna era utilizar las palabras o frases que se enumeran a continuación:

aislado
tributo
Santa Rosa
treinta indígenas
histórica victoria
segunda oportunidad
proyecto
tensión a la sombra
televisión
una pareja
No tienes más invitaciones

Aquí va lo que salió.
Segundas oportunidades

El taxi daba vueltas en ese pueblo ficticio llamado “Las casitas” que no era otra cosa que un barrio aislado de la ciudad de Río Gallegos. Aislado a modo de tributo a la ceguera que consiste en quitar del medio lo que no se quiere ver. Los prostíbulos están prohibidos, pero no las “whiskerías”. Rodrigo Ferrero nunca encontró la diferencia entre esos dos términos. Como cuando en Santa Rosa, La Pampa, había rescatado a esas pobres treinta indígenas paraguayas que -según el que las transportaba- iban a cuidar chicos en los campos de la zona.

Aquellos hombres terminaron sin condena porque no se pudo demostrar que efectivamente las iban a hacer trabajar, pero no precisamente como niñeras.
El conductor miró por el espejo cuando, el policía se despachó con una carcajada. Su jefe le había hablado de una histórica victoria contra la trata de blancas. Nunca comprobó los rumores de que el tipo también estaba metido en el negocio, o que recibía su parte, que se callaba, o que no hacía nada: lo que para el caso y a su modo de ver, era lo mismo. Como premio, unos días después, le habían dado dos balazos. Pero la vida le había dado una segunda oportunidad porque el plomo apenas si había rozado el corazón. La otra bala en la pierna le había provocado esa pequeño rengueo que ya casi ni se notaba y mucho dolor. Dolor también por el proyecto trunco de ser entrenador de boxeo en la escuela de Policía que su maldita pierna le impidió realizar. O la maldita bala.
Le indicó al conductor -que ya se había dado cuenta de que él era policía- que diera otra vuelta por entre esas casas con vidrieras enormes y luces rojas. Y él se había dado cuenta de que el tipo tenía miedo. Mejor así.
Hacía frío. Debía de hacer diez grados bajo cero. Las chicas se paseaban con esos tapados negros y largos con muy poca ropa debajo. Tenía que esperar, recién eran las once.
El chofer no podía disimular la tensión a la sombra de la pared trasera del local en la que lo hacían esperar con el motor apagado.
-Toma lo tuyo. Volvete a Río Gallegos. No me conoces. Nunca me viste. ¿Está Claro? –le dijo al chofer. El hombre no le contestó. Ferrero estaba seguro de que le había quedado todo más que claro. Luego prendió un cigarrillo. Realmente hacía mucho frío. Entró tratando de parecer un cliente más. Seguramente no lo conseguiría. No había bajado de un auto caro ni usaba un reloj de oro. Tampoco invitaría tragos.
Cerca de la barra había una televisión muda que nadie miraba. Una pareja reía: forzadamente ella y alcohólicamente él.
Se acercó a la barra, pidió un whisky de los baratos con soda. Era horrible. Sobre todo porque ya no tomaba. Tampoco es que fuera un alcohólico. Eso le recordó por un instante que Laura ya no estaba. Rápidamente pensó en otra cosa. Hacía calor. Había mucho humo en el aire y ese olor rancio de la adrenalina mezclado con otras cosas que allí nadie se ocupaba en disimular.
También vio un escenario, un micrófono y un aparato que parecía de los de karaoke. ¿Alguien usará esto aquí? – se preguntó.
Preparó el número en el celular pero no hizo ninguna llamada. Le dijo al de la barra –Estoy buscando algo distinto.
-¿Usted no es de por aquí verdad? –Y recibió como respuesta un “No” y seguidamente un “Buenos Aires”.
-Bueno, hay chicas de Perú, de Paraguay... Mientras lo escuchaba vio una mujer muy alta y rubia, con el pelo recogido y que estaba de espaldas, sentada en una zona oscura. Se la señaló al cantinero.
-No, esa es Tatiana, pero ella no trabaja, es decir, ella solamente canta.
-Ah ¿Y qué canta?
-Ya va a ver. Por ahí usted tiene suerte con ella… quién sabe. El cantinero le hizo una seña y la mujer, subió al escenario. Pulsó un botón en el aparato de música y comenzó a cantar.
El viejo policía no pudo quitar la vista de los ojos grandes y azules de la mujer que cantaba en un idioma que no conocía, algo que parecía de amor, pero también triste.
Le dio un poco de rabia que nadie le prestara demasiada atención. Cuando terminó, la mujer se acercó a la barra y le pidió al barman un vaso de agua. El policía no podía quitarle los ojos de encima a aquellos otros, como no los había visto nunca. La mujer lo notó y apartó los suyos como hacía siempre con los clientes del lugar pero eso duró muy poco porque aquella mirada no era como las que allí había conocido.
-Muy bueno lo que cantó, aunque debo reconocer que no entendí ni una palabra -dijo Ferrero.
-Es ucraniano -dijo ella con una media sonrisa- La canción se llama “Lo que tenemos que olvidar”.
-Olvidar –dijo el policía sin dejar de mirarla y siguió -¿Por qué aquí?
Cualquiera que los hubiera escuchado hubiera jurado que esa conversación había comenzado bastante tiempo antes.
-Vine en un barco. Hace años. Siempre canté –respondió ella.
-¿Vino sola desde tan lejos? –La mujer asintió pero se detuvo y no siguió hablando ese castellano recientemente aprendido. El policía entendió y no le preguntó nada más. Pero ambos se seguían mirando como si no pudieran dejar de hacerlo.
Ferrero pensó que tenía que seguir con lo que lo había llevado hasta allí. Pulsó el botón de enviar y el teléfono hizo la llamada que había premarcado. No habló y cortó.
Cinco minutos después las luces rojas del local se confundieron con las azules que proyectaban por los ventanales los autos de la policía.
Los federales entraron, pidieron los papeles de todos. Siete menores extranjeras fueron sacadas de allí, entre otras mujeres. Que algunas fueran extranjeras era la excusa para que ellos estuvieran en ese lugar. Más tarde habría revuelo en la ciudad y mucha gente poderosa se pondría nerviosa. Harían llamados, pero eso no importaba ahora.
Otro policía le dijo a Ferrero -¿A ella también la llevamos?
-No, ella es cantante aquí. El otro hombre empezaba a dibujar una sonrisa pero la mirada de Ferrero provocó una mueca inconclusa.
Cuando terminó de entregar citaciones y acabaron las detenciones Tatiana dijo: ¿No tienes más invitaciones? El hombre confundido le preguntó ¿Invitaciones…?
-Quiero decir, citaciones.
¿Para usted? No, no ¿La acerco a algún lado o…?
-Vivo en la ciudad. Puedo llamar un taxi…
-No hay problema, la acerco.
Siguieron mirándose.
Al otro día también.
Ella no volvió a Ucrania y él olvidó el boxeo.

martes, 18 de agosto de 2009

El centavo

La luz se filtraba por la persiana entreabierta. Luego de bostezar, Adolfo miró el despertador que marcaba las ocho treinta. El minutero señalaba una moneda de un centavo sobre la mesa de noche.
Recordó que su avión de regreso salía a la una de la tarde. Tendría tiempo de comprar algo para Ana, su hija menor, que mañana estrenaría cinco años.
En la puerta sonaron unos golpes nada corteses. Se puso la bata y preguntó quién llamaba.
-Abra, es la policía -respondió alguien desde el otro lado.
Al abrir, vio a tres hombres de civil que inmediatamente le preguntaron en alemán -¿Es usted Adolfo Wolf?
-Si -respondió lacónicamente, en la misma lengua que había aprendido de su familia de origen austríaco.
-Está usted arrestado por el robo del Centavo.
Sorprendido, les dijo que seguramente todo se trataría de un error. Por todo comentario le indicaron que se vistiera. Lo hizo con rapidez.
Uno de los hombres tomó de la mesa de noche el centavo y dijo -Espero que no vaya a decirnos que esto también se trata de un error. Adolfo no se acordaba de dónde podría haber salido aquella moneda.
En el automóvil en el que lo trasladaron logró que quien parecía ser el jefe le dijera que aquella moneda, el centavo, era una moneda valiosísima -“Parte de nuestra historia” -subrayo. Eso era lo que decían que había robado. De todas formas pensaron que les estaba tomando el pelo con su pregunta sobre la moneda.
Mientras le hablaban no pudo dejar de ver, al detenerse en un semáforo, a una niña de más o menos la edad de su hija Ana, montada en una minúscula bicicleta rosada. Solamente él se percató del riesgo de ser atropellada que corría aquella criatura en medio del tránsito.
Llegaron al edificio de la policía, una especie de Palacio, como muchos de los edificios de ese minúsculo país. El lugar en donde tuvo lugar el interrogatorio no se parecía en nada a lo que se podría pensar respecto de esa clase de lugares. Era un gran salón con muebles antiguos, cielorraso alto y unos ventanales formados por paños de vidrio rectangulares más pequeños, desde donde se podía ver el lago, a orillas del cual se encontraba aquella ciudad.
Le preguntaron varias veces sobre lo qué había hecho desde su llegada, cuarenta y ocho horas atrás. Repitió hasta el cansancio que era químico y que se encontró allí -a mitad de camino de la ruta de ambos- con el representante de la firma para la que trabajaba, con el propósito de recoger unas muestras para llevar a su país. Le dijeron que el ácido clorhídrico con el que habían abierto la vitrina del museo en donde estaba el centavo, era de la misma composición que la de los frascos que habían encontrado en su hotel. De nada sirvió decirles que tenía un permiso para llevar esos preparados en el avión, gestionado por la empresa.
Le dijeron que quedaría detenido y que un abogado de oficio lo defendería. No conocía a nadie allí, por lo que no se le ocurrió proponer otra cosa.
El abogado que lo visitó por la tarde lo saludó con una inclinación de cabeza a la usanza de aquel lugar. No pudo distinguir si lo que aquella cara indicaba era una especie de sonrisa. El hombre se presentó y desplegó un grueso portafolios con papeles.
Era alto, y bastante corpulento, pero no podría afirmar que obeso, por lo menos según lo veía desde la silla desde la que lo observaba. Bien peinado y de barba pelirroja muy cuidada. Los ojos grises le resultaron familiares. Vestía un traje príncipe de Gales con chaleco, perfectamente planchado, una corbata de terciopelo borravino enmarcada en una impecable camisa blanca. Adolfo habría jurado, sin verlos, que sus zapatos estaban muy bien lustrados.
Luego de leerle la acusación con calma, el abogado le dijo que, si se declaraba culpable, la pena podría ser sensiblemente menor. Después de un rato de escuchar el recitado de normas y tecnicismos legales, el acusado inquirió.
-¿Es que usted no va a preguntarme si soy inocente?
-No es necesario -le respondió el abogado.
Adolfo dijo con la toda la paciencia de la que fue capaz -¿Podría preguntarle por qué piensa eso?
-Aquí está todo -dijo señalando la gruesa carpeta. No hay resquicio para dudas.
-¿Qué es todo? Por lo menos podría escuchar cuál es mi versión de los hechos, respondió.
-Pero no comprende que no es necesario…
-Si usted no cree en mi ¿Cómo puedo pretender que me vaya a creer el juez?
-Mi función es dictar una sentencia lo más justa posible -le respondió con una parsimonia que parecía formar parte de su personalidad.
-¿Dictar sentencia, usted, quiere decir?
-Si. Si no se lo dije antes, discúlpeme. Soy su abogado y su juez.
-Pero...
-Lo que le correspondería, en caso de ser hallado culpable, son veinticinco años de prisión por robo.
-¿Veinticinco años por robar un centavo? Usted debe estar bromeando.
-Aquí nunca hay robos. Además el centavo no es uno cualquiera, creo se lo han explicado.
-¿Y qué es eso de que usted además de mi abogado en el juez?
-Nuestro sistema judicial es expeditivo. Nadie se ha quejado jamás de parcialidad o injusticia.
-Le repito que soy inocente. Pero eso da igual ¿Verdad? Si usted va a ser el juez… De todas formas hubiera esperado que por lo menos me escuchara antes de juzgar que soy culpable.
-El hombre le respondió -¿Pero acaso lo he juzgado ya?
-Su actitud me lleva a pensar que si lo ha hecho porque, solamente ha leído esos papeles que tiene ahí, dijo Adolfo señalando el portafolios del abogado-juez.
-¿Eso es lo que piensa? -preguntó esta vez con cierta sorpresa aquel hombre.
-Hubiera esperado que fuera usted más comprensivo. Tal vez escuchándome pueda descubrir algo que sus papeles no dicen, pero supongo que no tengo derecho a pedir eso.
-Si ese es su deseo, adelante, por favor.
El acusado contó todo lo que había hecho desde su llegada. Su trabajo, la gente que había visto y todo lo relacionado con la noche en la que supuestamente había sucedido lo que le endilgaban.
Mientras hablaba, sobre el alféizar de la ventana, aterrizó un gran pato blanco. Adolfo se preguntó qué haría allí ese animal. Su interlocutor no pareció haberlo visto. Cualquiera se hubiera sorprendido, teniendo en cuenta que estaban en un tercer piso, según calculaba.
-¿Dice usted que no sabe de dónde provino el centavo que estaba sobre la mesa de noche? Le pregunto el abogado pacientemente.
-Puede ser que lo haya dejado allí el día anterior. Tal vez sea un vuelto de algo, no lo recuerdo.
-¿Eso es lo que va a decir en el juicio? Le dijo el defensor.
-Pero es la verdad. No recuerdo otra cosa.
-Ya veo –dijo el otro hombre que siguió escuchando con mucha atención, eso no podía negarse. Adolfo creyó captar por momentos, algo de comprensión, pero nunca creyó haberlo convencido con su relato. El hombre se limitaba a mirarlo con esos ojos grises, como de bruma, dentro de la cual, imaginó, todo podía ser sospechoso.
La sensación era sobrecogedora porque siempre había supuesto que por lo menos habría cierta empatía, forzada por la relación reo-abogado, pero él no la captó. Tuvo finalmente la sensación de haber sido ya condenado.
Cuando terminó de decirle todo y no pudo recordar nada más, aquel hombre esperó unos segundos y con la misma serenidad que había manifestado desde el principio, finalmente le dijo, como sabiendo de antemano la respuesta - ¿Es eso todo?
-El acusado se limitó a decir –Si, es todo.
Bueno, entonces por el momento hemos terminado -dijo el abogado.
-Ah, otra cosa más ¿Piensa usted que lo encuentro culpable?
Adolfo no quiso contestarle ante lo inesperado de la pregunta y sobre todo de la respuesta que hubiera querido darle.
Ante el silencio, aquel hombre tomó su reloj de bolsillo del chaleco y abrió su tapa de oro. Sobre ella había grabado en relieve un cordero de plata y detrás un estandarte que no alcanzó a ver bien. Le llamó la atención que al abrirse, el cordero quedaba mirando hacia su lado y no hacia su dueño como sería usual. Al levantar la vista observó que el hombre tenía la mirada fija en él, como si estuviera terminando de comprender algo.
Se alejó de la silla con cierta majestad, le hizo la misma reverencia que cuando llegó y desapareció por la puerta.
En un momento, dos policías lo llevaron otra vez al ascensor. Uno de ellos, el que iba atrás, cerca de él, dijo -Un gran hombre el señor abogado. Es admirado aquí por su forma de aplicar la justicia. Nunca se equivoca.
En la calle y antes de subir al automóvil, pudo ver que un hombre de riguroso traje negro tiraba con una correa de cuero una vaca lechera que caminaba acompasadamente, lo cual debía ser habitual en esa ciudad porque nadie la miraba.
El lugar en donde el coche se detuvo estaba frente a una plaza muy bien compuesta, de estilo francés, con arreglos de flores, formando dibujos dispuestos entre caminos, estatuas y fuentes. Tres ovejas comían el césped y no parecían prestarle atención a las flores que se veían bastante apetitosas.
Ya en el edificio, lo introdujeron por un pasillo y vio las celdas. Aquello parecía más un establo, con paja en el piso, baldes y sogas colgadas de vigas de madera.
-¿Acaso esperarán que me ahorque? –pensó Adolfo.
En ese momento recordó que era claustrofóbico. Un escalofrío le recorrió la espalda cuando vio el grosor de los barrotes y la pesada puerta. Lo encerraron allí. El les gritó -¡Por favor no, que tengo claustrofobia! ¡Acérquenme a una ventana! -pero nadie hizo nada. Comenzó a traspirar, su respiración se agitó y creyó perder el conocimiento.
La luz de la persiana lo despertó. Estaba absolutamente empapado en la cama del hotel. Esa pesadilla le había parecido muy real. Decidió que compraría cuanto antes el regalo de cumpleaños de Ana y que se iría de inmediato al aeropuerto. Ella quería esa granja de juguete que había visto en un catálogo con todos sus animales.
Eran las ocho y treinta. El minutero señalaba la moneda de un centavo allí sobre la mesa de noche.
En la puerta sonaron unos golpes nada corteses.

sábado, 1 de agosto de 2009

Desde lo alto

Miró por el ventanal pero no vio el brillo de la costa, ni a las gaviotas. Lo que ese hombre de sienes grises observaba desde el piso 132 de la Torre de la Humanidad, sede del gobierno mundial, eran las nubes oscuras que se acercaban y los aviones de combate que custodiaban a lo lejos aquel conjunto de edificios.

Tenía sed. Quería un café o alguna otra bebida. Pidió simplemente que le trajeran “algo para tomar”. Ya se encargaría el asistente de acercarle varias cosas para elegir.
-Sr. Presidente, lo esperan los representantes de la Corporación Minera del Pacífico. Creo haberle avisado que estaba presente el Consejero de Oceanía- dijo una voz que no salía de ninguna parte en especial.
-Cancele todo eso, hágales espacio en la agenda… para mañana… o pasado. Llame al general Schwarz y dígale que pase directamente, por favor.
Luego de 15 minutos de reunión, el general entró al ascensor pálido, lo que contrastaba con su habitual semblante rubicunda.
El presidente del mundo se había sentado en uno de los extremos de la larga mesa de reuniones del Consejo. Se tomó la cabeza y cerró los ojos.
Mientras le latían las venas de la frente recordó destellos de la carrera que lo había llevado allí: la sanción de la Constitución Mundial del 2121, en la cual había participado como redactor; su elección como Presidente en el 2130; la reforma que había propiciado para darle más ejecutividad al gobierno y la prórroga del mandato del Presidente por tiempo indefinido. Eso lo había beneficiado. Pero enseguida se corrigió y pensó que eso había beneficiado al mundo en su conjunto.
La centralización en las decisiones en él, había acelerado considerablemente la solución de algunos problemas. Había sofocado las revueltas políticas, raciales y religiosas mediante todos los medios a su disposición. Todos. La paz general estaba por encima de circunstancias y aún de personas individuales. Y lo había logrado.
Muchos gozaban de prosperidad. Unos más que otros. Eso sería siempre así pensó, mientras firmaba con su pluma de platino un montón de decretos ahora innecesarios. De todas formas –se dijo- con que una sola persona estuviera en mejor situación que antes de la reforma, ya habría habido un avance. Para eso había querido el poder y había hecho todo lo que estaba a su alcance para lograrlo. Algunos pensaban que era un tirano. No comprendían que lo que importaba eran los objetivos. Lo demás era secundario. La Humanidad debía sobrevivir al hombre.
Ahí afuera estaban los representantes de las compañías mineras que querían un aumento de regalías de explotación del 0,6%. Eso significaría un encarecimiento de un 5,1% en el precio de los alimentos alrededor del mundo. Fundamentalmente alteraría el Bienestar, una de las premisas que había jurado defender al asumir su cargo. Cientos de millones de personas pasarían a ser más pobres con una simple decisión suya. Podría conceder el aumento o ser generoso y darles el 0,8% porque ahora todo daba lo mismo.
Un vaso de jugo de naranjas estaba intacto a su lado. Ya no recordaba que se lo habían servido unos minutos antes, cuando había elegido entre veinticuatro clases de jugos de fruta del mundo.
Pensó en lo que había dejado para estar allí. El gobierno del mundo lo exigía todo. No tenía mujer, ni hijos, más allá de alguna relación temporal como la que ahora mantenía con la Comisionada de Comercio. Atractiva, pero demasiado calculadora. Tal vez por eso la consideraba un sofisticado y peligroso entretenimiento.
En la mesa tenía las proyecciones de producción de oro del próximo mes y el informe secreto del agotamiento de la última mina de uranio en Namibia.
Se levantó y fue hacia su escritorio. Allí estaba el maletín acerado con el escudo del gobierno: cinco brazos entrelazados, que representaban a los continentes, con una paloma blanca en el centro. Pasó su mano por la esquina acerada pero la apartó ante la sensación rugosa y fría del metal.
Desde lo alto contempló un mundo sin posibilidades de producir energía. En un mes se paralizaría la industria y el comercio. El pánico de apoderaría de las ciudades y millones morirían de hambre o de miedo. El Bienestar es algo a lo que nadie renuncia voluntariamente una vez probado. Ya no podía garantizar lo que todos querían.
Bastante sufrimiento había habido en los últimos tiempos con las catástrofes naturales, las que probablemente fueran amplificadas por los conglomerados mediáticos, más allá de algún dato más o menos inquietante.
En el horizonte, ya muy oscuro, un barco se alejaba de aquella isla fortificada ¿De qué le serviría ahora su carga o su rumbo?
Había especulado con las fuentes alternativas de energía que -si bien habían progresado- no alcanzaban a cubrir las crecientes necesidades actuales. Había mantenido todo en secreto, solamente él y dos o tres personas de su confianza sabían lo del uranio. Había neutralizado las filtraciones en la prensa y en las redes. Ya tenía experiencia en esas neutralizaciones. Hace poco había dejado sin posibilidad de sustento económico a los fundamentalistas religiosos. Esos incultos que lo despreciaban por oponerse a sus creencias. No los odiaba, simplemente nunca había creído en ellos ni en sus ideas. Eran un obstáculo al Progreso. En los últimos meses se habían mostrado inusitadamente activos, según los informes de inteligencia. Parecían incluso haber ganado algunos adeptos.
La lluvia había empezado a empapar los vidrios exteriores. Inexplicable en aquella época del año. La falta de luz fue compensada por los sistemas y notó que el flujo de aire parecía más cálido, tal vez para compensar el frío que vino con la oscuridad.
Pensó en los niños de la India que se bañaban despreocupados en el Ganges y sintió pena por ellos. También se representó a los de la ciudad de Rosinha, vecina a Río de Janeiro, jugando al fútbol sin saber lo que sucedería. No podía permitir que sufrieran y no lo haría.
Mucha gente había perdido la capacidad de soportar el dolor. El no iba a ser el espectador ni responsable del recomienzo de esos padecimientos. Nadie podría culparlo por evitar lo que de otra forma sería irremediable.
Un relámpago iluminó toda la estancia y fue cegado por su resplandor.
Un llamado de su asistente lo hizo reaccionar.
-No estoy para nadie… por el resto del día.
-Pero señor Presidente… el representante de…
-No estoy para nadie.
Se acercó a su escritorio y tomó el maletín metálico. Lo abrió y contemplo lo que sería el destino inmediato de los hombres que orgullosamente él forjaría.
Introdujo las series de números: cuatro, cero, uno. Luego cero, cero, tres y finalmente dos, cero, cuatro. Con una sonrisa triunfal dio vueltas a la llave, presionando luego el botón rojo.
Alrededor del mundo todos los misiles atómicos fueron disparados.
Sin que fuera algo planeado, la primera bomba explotó en aquella isla. El fuego nuclear vaporizó los cristales que acababan de explotar junto al Presidente del mundo, cuyo último pensamiento fue que, por su causa, los niños de la India y de Brasil estaban dejando finalmente de sufrir.

miércoles, 22 de julio de 2009

La propia sombra

-Está bien, no me voy a escapar, y además tenes mi pistola -dijo Garrido, el policía recién desarmado, elevando levemente las manos- a Juan Sosa, uno de los criminales más buscados del país, ex compañero de su brigada. La agitada respiración de ambos hablaba del breve forcejeo por el control de la Glock 9 milímetros que un aparente golpe de suerte había hecho cambiar de manos. El perseguidor ahora era el reo y viceversa.

-Te desarmé con facilidad a pesar de que pareces en buen estado físico.
-Debo estar un poco lento.
-¿Cómo me encontraste?
-Buscando.-Siempre fuiste perseverante. Pero no lo habrás hecho por amor a la justicia ¿O sí?.
-No. Fue por amor al botín. Con los tres millones que te robaste podemos hacer muchas cosas. Además les hiciste creer a todos que yo era tu cómplice y con lo que me toca me voy a dar por bien pago.
-Bueno, tenía que cubrirme. No era mi intención perjudicarte. Vos sabes cómo es esto -dijo Sosa con sorna.
Pero algo estaba mal en lo que terminaba de decirle Garrido y con un leve temblor del arma, lo interrogó: -¿Quiénes son los otros que saben de la plata?
-No pensarás que iba a venir acá sin cubrirme. En lo que no me equivoqué es en asumir que no venías armado a casa de tu novia. Supongo que a ella no le gustará. Consciente de su nerviosismo, Sosa dijo: -Bueno ahora se acabó, no hay caramelito ni final feliz para vos.
-Tan mal no lo hice. Te encontré en la casa de esta novia, aunque también te seguí a lo de la otra.
El otro hombre escuchó ese dato como si le hubieran robado algo del bolsillo y le respondió: -Esto se acaba ahora. No me dejas más remedio que matarte.
-¿Estás seguro que se va a terminar? Los otros te van a buscar. Cuando tengan la plata no vas a valer un centavo.
-Por última vez, Canta quiénes son los otros.
-¿Para qué hablar si me vas a matar igual? Conozco lo que sos capaz de hacer y vine asumiendo el riesgo. Se te ve en la cara que aunque tenes la pistola no estás seguro. Creíste como siempre que tenías todo bajo control. Nadie tiene control todo el tiempo. Viste viejo, algunas veces las cosas se salen de lo previsto y no sabemos lo que puede pasar. Apenas se puede controlar la forma de la propia sombra -Terminó de decir Garrido, como atravesando el suelo con la vista.
-A mi no me vas a hacer entrar en tus jueguitos psicológicos de primer año de la Escuela de Policía.
Pero Garrido siguió: -Fue un error ir tan seguido a buscar fondos al escondite. Yo no voy a poder disfrutar del botín, pero vos tampoco.
-¡Vos no sabes dónde está la plata! -dijo amenazante el ladrón.
Pero ese grito, casi una explosión de furia, fue un triunfo para el policía a quien la muerte rondaba, pero no dijo nada, solo hizo una mueca, como una borrosa sonrisa involuntariamente enigmática.
Sosa, apretando bien la mandíbula, continuó -Te jodiste vos mismo. Probablemente seas el único que sepa de mí y de la plata -Mientras hablaba gesticulaba moviendo la pistola.
-Está bien, ganaste ¿Puedo fumar un último cigarrillo?
-¡No! -respondió otra vez con furia el ladrón.
-Bueno, estoy preparado -dijo el policía sin apartar la vista de su pretendido victimario. Sosa, al tacto, comprobó que había quitado los dos seguros y tiró para atrás el martillo de la pistola.
Garrido supo ahora con seguridad que le iba a disparar.
-Lo siento -dijo Sosa apuntado a un lugar exacto del pecho del policía, dando dos pasos hacia atrás y separando las piernas.
Se escuchó un disparo y el fogonazo se reflejó en la habitación. Pero el sonido del disparo no era el esperado. Además Garrido no se había caído y no sólo eso sino que no se le notaba el impacto en el pecho.
Disparó por segunda vez. El hombre que tendría que estar muerto o por lo menos herido, avanzó hacia él. Sosa pudo hacer un tercer disparo pero ya no hubo otro.
El policía, aprovechando la confusión, preparó un rápido gancho derecho al mentón de su adversario como si fuera un boxeador profesional y consiguió derribarlo. Sosa parecía atontado más por la sorpresa que por el golpe y no se movió demasiado.
En el suelo, Garrido lo dio vuelta sin problema y le colocó precintos en las manos detrás de la espalda y en los pies. Luego marcó un número en el celular.
El hombre en el piso, después de maldecidlo, dijo -¡Balas de fogueo!- y no habló más.
-Te dije que te creía capaz de matarme. No me iba a arriesgar, sabes que tengo familia. Me desarmaste porque quise, así lo tenía pensado. Y no, nadie más sabe de vos ni de la plata.
Poco después, los patrulleros dejaron su huella de luz azul y roja en las paredes de la casa y poco después se llevaban a Sosa.
El policía salió a fumar un cigarrillo a la calle mientras pensaba que había logrado encontrar a aquel hombre tras dos años. Dos largos y pacientes años.
No sabía en donde estaba el dinero, pero el nerviosismo de Sosa le había señalado inequívocamente que estaba en alguno de los pocos lugares que había visitado en la última semana. Para eso había hecho todo ese montaje y había dejado que le quitara pistola. Lo podría haber atrapado fácilmente o aún matado.
Devolvería el dinero si lo encontraba. Siempre había pensado que no podría traspasar la línea de hacer algo como matar sin necesidad o quedarse con algo ajeno.
Recordó con ironía todo lo que había hecho en esos dos años, hasta su entrenamiento con boxeadores y se detuvo ante el pequeño sermón que le había dado a Sosa sobre el control.
En realidad todo eso se lo había dicho a sí mismo. Sabía que su afán de tratar de controlar todo era en el fondo una debilidad, una manifestación de inseguridad, aunque las cosas -esta vez- hubieran salido bien.
Miró como las volutas de humo de su cigarrillo proyectaban sus lentas sombras sobre la pared blanca. Tuvo el impulso de modificar el trayecto errático del humo pero finalmente permaneció inmóvil, observándolo.

viernes, 10 de julio de 2009

El descanso

El piano parecía no querer salir por la puerta que comunicaba la sala de estar con el comedor. María veía esa imagen como una síntesis perfecta del próximo abandono de aquella casa en la que había nacido. A su mamá le resultaba grande ahora que Julio se había ido a trabajar al interior y sobre todo porque su papá había fallecido unos meses antes. Pero de eso no quería acordarse.
Terminó de guardar platos y cubiertos en unas cajas, mientras observaba como Pucho, el Terrier de su padre, no entendía todo ese movimiento y la miraba como esperando una palabra de aclaración que no iba a darle porque también estaba confundida.
Algunos de los muebles se quedarían allí porque no podían llevarlos. Eso se había arreglado con los compradores, quienes elogiaron algunas de las cosas, como el aparador con espejo biselado del comedor y la cama matrimonial. Era imposible hacerles lugar en un departamento como el que habían conseguido cerca de allí para las dos y para julio cuando volviera. Si es que alguna vez su hermano volvía, porque probablemente no pasaría mucho tiempo antes de que se casara.
Nunca había sido tan consciente de que aquellas cosas que habían estado presentes desde siempre en su vida, bosquejaban una vida casi sin cambios. Pero eso era una mera ilusión. Desde que su padre había fallecido nada había sido igual en aquella casa. Pero apartó nuevamente eso de su memoria.
Su madre parecía estar atareada con los preparativos de la mudanza. María creía que disimulaba cualquier manifestación de emoción para no preocuparla a ella.
Esa noche, la última que pasaron en aquel caserón del barrio de Flores, fue muy especial. Su madre había preparado algo de comer para las dos con lo poco que había quedado en la cocina. La heladera ya no estaba, como la mayoría de las cosas.
Luego durmieron en la cama matrimonial de su mamá. El camastro parecía más pequeño en la habitación semivacía. A la mañana siguiente cerrarían todo.
Pucho casi no durmió. Creyó escucharlo durante la noche, con su respiración agitada, vagando por la casa. Quién sabe lo que pasaría por su cabeza.
Antes de irse, María hizo algo que se dijo que no iba a hacer pero que no pudo evitar. Recorrió cada habitación, cada patio, como pasando lista a las cosas que pudieran haber quedado olvidadas. En realidad, lo que hacía era recordar las que ya no estaban. Al llegar a la sala de estar vio a Pucho debajo del sillón en el que su papá leía y escuchaba la radio cuando llegaba de trabajar. Siempre se escondía allí cuando él se sentaba. Recordó la pipa con ese tabaco de olor dulzón que el decía que “tenía chocolate”, cosa que nunca le había creído.
Ella se había olvidado de que el sillón se quedaría allí. Pucho ladró cuando ella pasó cerca, pero casi sin pensar, apartó la vista del sillón y del perro.
La mañana se estiró más de lo que hubieran querido mientras acomodaban las cosas. Les pareció que las escondían en vez de guardarlas en cajas.
A eso de las dos de la tarde un vecino se ofreció a llevarlas al “departamento nuevo” como María lo llamaba. Les costó bastante convencer a Pucho de que saliera. Por nada del mundo quería salir de abajo del sillón de su padre que era otro de los muebles que se quedaría en la casa. Ante sus ladridos, tuvieron que cerrar todas las puertas interiores para que se diera cuenta de que ellas se iban.
Esa tarde de domingo varios vecinos salieron a despedirlas. Como si todos hubieran estado esperando atentos el momento justo de la partida. Mamá pareció algo emocionada. Pucho se calmó un poco.
Ya en el auto dejó de ladrar, aunque por momentos se le agitaba la respiración y dejaba escuchar levemente esos quejidos que siempre interpretábamos como de disconformidad o de sufrimiento.
El departamento nuevo quedaba a más o menos diez cuadras de la casa y tenía una plaza cerca. Eso era bueno porque así podrían sacar a pasear a Pucho, lo cual era toda una novedad. Cuando se tiene una casa con patios como era la de ellos, sacar a pasear al perro era algo que casi no se hacía.
Los primeros días no fueron fáciles. María iba al colegio. Ese año lo terminaba. Dejando a su madre sola se quedaba intranquila, sobre todo porque Pucho parecía desconocerlas a las dos y a su nuevo hábitat. Tenía un lavadero que, aunque pequeño, sería como su propia habitación. Pero él buscaba algo más. Se sentaba junto a la puerta por horas con esa actitud que tienen los perros cuando está por llegar alguien, que en este caso nunca llegaba. Lo cierto es que los tres estaban muy ansiosos e incluso madre e hija se despertaban de noche y amanecían cansadas. La tercera noche que durmieron allí, María se levantó a tomar agua. Al pasar por la puerta vio los ojos brillantes de Pucho, inmóvil en la entrada del departamento. Que le iba a decir, si ni su madre ni ella habían todavía terminado de adaptarse al cambio. No dejó de sentir pena por él.
En el piso cerca de la puerta estaba la correa marrón con que su madre lo llevaba ahora a pasear. ¿Pretendería salir a la calle a esa hora? Serían como las tres de la mañana. Colgó la correa en su lugar y escuchó la respiración agitada y esos casi imperceptibles silbidos. El perro parecía mirar a través de ella, como viendo otra cosa o a otra persona.
En los días siguientes las dos mujeres se despertaron de noche y el perro parecía no dormir. Eso nunca había pasado en la casa, según recordaba María.
El sábado las dos se levantaron tarde y desayunaron mirando por la ventana. Con un poco de esfuerzo podían ver, -imaginar que veían- el techo de su vieja casa. Desde ese piso séptimo se divisaban varias cuadras de aquella zona todavía no invadida por los edificios de departamentos como en el que vivían ahora.
María pensó, mientras miraba a Pucho, si a su padre le gustaría el lugar donde vivían, pero alejó rápidamente esa pregunta de su mente como quien se guarece de la lluvia repentina.
El perro parecía cansado también, apenas había comido algo esa mañana. No era frecuente porque siempre lo había visto voraz por las mañanas.
La tarde del domingo se acercaba lentamente. María quería salir un poco a caminar, a cualquier cosa. A eso de las cinco convenció a su madre para ir a caminar al sol, a tomar un café en algún bar frente a la plaza o hacer algo fuera de allí, las dos solas. Su madre asintió no muy convencida.
Mientras se arreglaban, Pucho comenzó a ponerse nervioso, ambas escucharon sus cortos ladridos. Quién sabe si presintió que no lo llevarían con ellas.
Al salir y antes de que su madre terminara de cerrar la puerta, Pucho corrió por la puerta entreabierta hacia el pasillo -¡Pucho!- gritó María -¿Dónde vas? Y se perdió por las escaleras. María volvió por la correa.
Se veía que el perro quería salir también. Era comprensible.
Al llegar a la puerta de abajo vieron a unas personas que cargaban bultos. Ninguna de ellas dijo haber visto al perro.
Caminaron varias cuadras. Fueron hasta la plaza, les preguntaron a varias personas si lo habían visto pero no pudieron encontrarlo.
Ya cansadas, volvieron al departamento a eso de las siete con una extraña sensación de vacío. No hablaron ni se dijeron nada. Tomaron un té frente a la ventana mientras el sol se ocultaba muy cerca de donde estaba la vieja casa.
A eso de las ocho de la noche sonó el teléfono y María atendió.
Al colgar, pensó unos minutos antes de hablar con su madre. Fue extraño sentirse detenida por la foto de su padre que descansaba sobre una mesita.
Todo fue como lo esperaba. Su madre no hizo nada más que mirar al piso mientras ella le contaba lo que había sucedido.
La que había llamado era una vecina de la vieja casa. Lo que contó no dejó de parecerle extraño pero fue como si siempre hubiera sabido que algo así pudiera pasar.
Pucho al escaparse corrió las diez cuadras a la casa y saltando por una ventana se metió debajo del sillón que era de su papá quedándose allí. Los nuevos dueños que no lo conocían, trataron de sacarlo pero parece que Pucho les ladró muy fuerte y se asustaron. No hubo forma de sacarlo del sillón. Llamaron a la policía y ante la duda de que estuviera rabioso, lo sacrificaron.

Esa noche María y su madre comieron en silencio y prácticamente sin decir palabra.
Luego durmieron muy profundamente y ninguna de las dos soñó nada. En adelante ya no se despertaron más de noche y descansaron.
Pasados unos días, la madre de María encontró en una caja una foto de Pucho con su marido. Le pareció que era mejor que la que estaba en la mesita y la reemplazó.

martes, 21 de abril de 2009

El llanto de los perros


Esto fue publicado en el taller literario virtual del Blog de María C. La consigna era utilizar la frase “Cabezón, cebate un mate” en el texto y salió esto que bien puede estar en este blog, para compartirlo con ustedes si es que no lo han leído.

Sentado frente a la pava, el Chango observaba las formas cambiantes del vapor que parecía amenazarlo creciendo hacia el techo, mientras trataba de imaginar qué decirle a ella cuando volviera.
La tensión en sus ojos enrojecidos, el fuego, el humo de la leña y la ginebra, creaban una nebulosa imagen amarillenta y movediza sobre las encaladas paredes.
Aquel rancho, casi invisible desde el camino vecinal, se derramaba en dirección opuesta al sol que se iba yendo, vacío de nubes, por el oeste.
-¿Por qué la Negrita se empecina en llevarme la contra? Si sabe que me tiene agarrado y que me pongo como loco cuando se va a la mañana a la estancia de enfrente. Ahí están todos esos peones que la miran y piensan quién sabe qué cosas. Como si yo no me diera cuenta o no me importara. ¿Para qué trabaja? ¡Si no necesita nada! ¡Seguro que quiere comprarse trapos! Ya sabe que a mi me gusta así, limpita nomás y que me da igual lo que se ponga.
Lobo ladraba afuera y rasguñaba la puerta con la pata derecha desde hacía horas, según le pareció a él. -¡Callate perro del demonio! ¡Te voy a dar en el hocico con el cinto si no te vas!- El perro enderezó las orejas al oírlo pero siguió con su quejido desacompasado que por momentos confundía al hombre, como si escuchara un llanto humano.
-Que no me venga con que no le digo que la quiero. ¿Le parecerá que hace falta? Pucha que me da calor decírselo…
-Aquella vez que la encontré hablando no se qué macanas con el puestero aquel y le pegué, después le pedí perdón y le dije que la quería. ¡Rojo me puse de la vergüenza que me dio! No la pude mirar a los ojos en todo el día. Igual se ve que me perdonó en serio porqué al rato me dijo: “¡Cabezón, cebate un mate!” Me acuerdo de las paces… Si… -Por un momento, el hombre aflojó los puños apretados que desplegaban, sobresaliendo de la piel gruesa, un entramado de venas hinchadas. Bajo esas manos, y en la mesa sin pintar, podía ver las vetas retorcidas de la madera, como caras humanas deformes que lo miraban con muecas murmurantes o acusadoras.
-¡Al mediodía, comiendo solo, a veces me imagino que anda por ahí tirada en un catre con alguno de esos tipos! ¡Tu macho soy yo carajo! ¡Que se atreva a negarlo! Pero no puede. Nunca va a poder… -Su cara de orgullo al pensar aquello, le hubiera dicho más a su mujer que esas pocas palabras ahora gritadas- ¿Sabrá que me saco la bronca que me provoca hachando troncos? Ya tenemos leña de sobra para todo el invierno por su porfía.
El perro seguía con su ladrido disonante. El Chango apuró otra ginebra. Si hubiera podido ver a través de la botella parda de barro cocido, se habría dado cuenta de que apenas quedaba un sorbo más y después nada.
-No entiende, no se da cuenta de que no soporto que mire a otros hombres, que les hable. Desde hace unos días, ya no puedo sacármela de la cabeza ni un minuto cuando no está. Sabe que el pensar en que tiene cerca a otro me vuelve loco. Lo sabe bien. Pero igual discute como esta mañana y se quiere ir. Encima me llora y yo como un sonzo aflojo y la dejo que se vaya.
Que quiere la plata para no se qué cosas, dice. Hiervo por dentro, me ciego y tampoco la puedo escuchar. Ni me acuerdo si hoy le grité o algo… En cambio cuando vuelve, cuando vuelve… ella sabe que soy otro. Negrita no te vayas más ¡No te me vayas…! -Se agarró la cabeza con las dos manos revolviéndose el pelo, moqueando.
Afuera el viento arrastraba el humo de la chimenea y al ladrido del perro, el que no había dejado de rascar la puerta hasta descascarar la pintura verde, acusando al azul anterior.
-¡Lobo salí de acá! ¡Te voy a dar con la hebilla! –El hombre se tambaleaba hacia la puerta, con los ladridos rompiéndole la cabeza, tratando de sacarse el cinturón de cuero al mismo tiempo.
Adentro y sobre la cama, estaba la Negrita. El techo parecía mirarle el cuello abierto, y el reguero viscoso y ya frío señalaba -allí en el piso de cemento- al hacha muerta desde la mañana.


Si la obsesión fuera amor
la muerte sería su acto.


Vill_Gates, Junio 2008.