Carmen Mena de Ayala, dejó de mirar hacia Asunción de la que podía ver algunas de las cúpulas de las Iglesias ahora espectrales y llamó a Vicenta, la más joven de las criadas de aquella casa habitada desde hacía años únicamente por mujeres.
Le pidió que preparara el pequeño coche de paseo tirado por dos caballos, mientras ella junto a otras mujeres iba colocando en baúles aquello que pudiera salvar de los soldados brasileros.Esa palabra, salvar, permanecía presente mientras colocaba sin orden premeditado el menaje de plata, las joyas, monedas de oro y toda clase de objetos de valor que pudieran servirle después a la familia. Era la forma que tenía de mantener viva la esperanza de que su marido y sus dos hijos volvieran alguna vez a ella. No tenía noticias de ninguno desde hacía tiempo. Eran siete meses desde la última y breve carta de Lucio. A partir de aquel momento los rumores le proporcionaron algo de lo que aferrarse. Y eso porque había tomado en cuenta únicamente los corrillos positivos. ¡Qué tonta había sido al enorgullecerse de ver a su marido con el uniforme de coronel del ejército del Paraguay, con sus galones dorados y las botas relucientes! Eso había sido la última vez que lo vio, un día caluroso de febrero, hacía casi exactamente un año en el portón del frente de la casa.
Lo que más le costaba era quitarse la alianza, pero no porque nunca lo hubiera hecho o porque le ajustara el anular más de lo debido. El abandonar aquello para conservarlo luego, le exigía un sacrificio que sin fuerzas asumía la forma de un ritual. El anillo no es un amuleto -se dijo- y lo dejó en el cofre que cerró de un golpe seco. Comenzó a llenar el segundo sin solución de continuidad.
Las mujeres se sobresaltaron al percibir el olor a quemado. El viento había cambiado y el horror de la ciudad se había trasladado a esas afueras otrora de pacíficas quintas. Hicieron el esfuerzo -no el de un hombre, sino el de varios- subiendo los cajones al coche. Ya no distinguían cuáles eran los trabajos que en otras épocas hubieran requerido el auxilio de un hombre porque lo habían olvidado.
Carmen se agenció dos palas y con Vicenta y Lucinda fueron para el lado del monte. Los caballos parecían querer alejarse de la casa, contrariamente a lo que sucedía siempre.
El calor no parecía afectarlas y aunque tardaron un buen rato en cavar el pozo, lo hicieron sin detenerse en la sed, ni en el cansancio, ni en los ruidos extraños que llegaban desde el lugar al que ellas debían volver.
Cuando terminaron de enterrar todo, cubrieron el lugar con hojas y ramas. Carmen les dijo a las dos mujeres que volvieran al coche y ella se quedó allí sola unos minutos.
Momentos después la vieron subir al coche y ninguna le preguntó por sus lágrimas porque ellas compartían las mismas imágenes de pesadumbre que siempre tenían forma de ausencias.
Al entrar en la casa, Carmen notó su vestido embarrado. Otra de sus criadas entró corriendo agitada y le entregó una carta. La había traído desde la ciudad corriendo casi todo el camino. Lloraba y le decía que se había escapado de los soldados y del fuego.
La mujer apenas la consoló pasándole la mano por el pelo porque allí tenía ese sobre con el escudo de su país al que ya había aprendido a temer. Luego de abrirlo con el filoso abrecartas, y a poco de comenzar a leer, dejó de hacerlo para buscar lo único que le importaba de esa hoja de papel igual a otras que ya había visto, recibidas por mujeres como ella que se anoticiaban de que sus hombres en la guerra ya no volverían más. Esta vez le había tocado a ella. La que siempre había sido fuerte y consuelo para las otras. Su Lucio había muerto.
Se resistió a dejarse abatir. Todavía podía recuperar a sus dos hijos que podrían volver, ahora que todo terminaba.
Percibió nuevamente el humo del fin que llegaba desde la ciudad. Lo había anhelado pero no había imaginado esta clase de final que ahora se colaba lentamente por las ventanas.
-¡Señora Carmen! El grito ahogado de Lucinda entrando a la sala de estar, aferrada de la cintura por un soldado que empuñaba con su otra mano un pistoletón.
-¡Suéltela! -exigió la mujer aturdida, mientras dejaba la carta en el escritorio de su marido.
Por toda respuesta, recibió algunos perdigones en el hombro izquierdo que el arma arrojó tosiendo en una densa nube de humo blanco, sostenida por un pulso incierto.
El hombre se acercó a la mujer herida que se había apoyado en el escritorio para no caer, mientras se oían por toda la casa los gritos de Lucinda que aquel soldado borracho no soltaba.
Casi sin fuerzas, Carmen tomó del escritorio el abrecartas con la dudosa fortuna de tener el valor suficiente para poder enterrárselo entre el pecho y el estómago a aquel soldado que se derrumbó a sus pies, dejando caer junto con él a la mujer que llevaba.
Se quedó allí parada, vio el barro y la sangre. Miró a Lucinda mientras que por la puerta entraron dos soldados. Sus fusiles volvieron a escupir fuego y humo como lo habían hecho cientos de veces y seguirían haciendo por varios días más desde aquel 2 de febrero de 1861, mientras saqueaban y violaban a mujeres que antes de eso habían creído que ya lo habían perdido todo.
Y luego el fuego, como el que ardió toda la tarde y la noche en la casa de Carmen Mena, hasta hace unos momentos viuda de Ayala y en otras muchas de Asunción.
No lejos de allí, un rosario anudado a una rama, indicaba con su cruz de plata el lugar en donde Carmen había enterrado su esperanza en cofres, para una familia que ya no existía.
Dicen que todavía está allí, en algún lugar del monte, porque Vicenta pudo vivir para contarlo. Hasta hoy nadie lo encontró.






