martes, 16 de septiembre de 2008

Magia

La primera vez que tomé píldoras mágicas tenía cinco años. Siempre creí que mi padre las preparaba en secreto. Como era el único farmacéutico del pueblo, la gente lo saludaba por la calle con mucho respeto. “Adiós, don Oscar” y yo pensaba que si supieran lo que hacía en el laboratorio, lo hubieran tratado como si fuera un sabio o una especie de genio.
Como les decía, tenía cinco años cuando tomé la primera de aquellas píldoras. Me había peleado con Anita, mi hermana un año menor. A ella su madrina le había regalado un triciclo y yo quería usarlo. En realidad hubiera preferido una bicicleta. Lo cierto es que el mismo día del regalo, la empuje para usarlo y se cayó, pero no se lastimó. Luego del llanto de ella y la intervención de mi madre, papá nos llevó a los dos al temido Tribunal.
El Tribunal era el escritorio de papá quien se sentaba en su lugar con el acusado enfrente, de manera que uno lo veía más alto, como si fuera enorme y poderoso.
Más atrás se ubicaba el acusador, en este caso acusadora, mi hermana.
Ella contó su parte y yo traté de defenderme solo pero no pude. Atiné decir “Sr. Juez, no me pude contener”. Dada mi confesión, el juez dictó sentencia como en las películas de la televisión, golpeando una antigua llave de hierro muy grande que tenía sobre la carpeta de papeles, como si fuera el martillo de madera. Me aplicó la pena principal que consistió en pedirle perdón a mi hermana “pero de corazón”, lo que así hice y otra accesoria, convenida con la parte acusadora, que consistía en “jugar con ella y cuidarla” toda la tarde. Creo que ya les había dicho que yo era más grande, pero esa parte del castigo realmente me resultaba muy pesada.
Pedí hablar con el juez pero a solas y me fue concedido. Esperamos a que mi hermana se fuera cerrando la puerta, lo que hizo con dificultad. Mi padre la miró de ese modo que nunca voy a olvidar, porque también lo hizo muchas veces conmigo. Esa forma tan de él, tan de papá de mirarnos.
Luego se sentó a mi lado, dispuesto a escuchar.
-No voy a poder, Anita habla y yo no le entiendo y vienen esas otras chicas vecinas y me dicen cosas y gritan. No voy a poder, me voy a escapar.
-La sentencia no se puede cambiar, en eso habíamos quedado- dijo con pretendido rigor.
-¿Vos querés cumplir o simplemente pensás que no vas a poder?
-Yo quiero cumplir papá…
-Mmm… bien, eso es lo que cuenta.
-Pero creo que no voy a poder…
Mi padre se levantó y entró al laboratorio detrás de la farmacia, lugar que siempre estaba cerrado y al que teníamos prohibido entrar mis hermanos y yo. Vaya uno a saber que cosas extrañas sucedían allí dentro, pero nunca entré, se los juro. Bueno, cuando fui grande si.
Al cabo de un rato volvió con un frasco de vidrio marrón en la mano.
-¿Sabés que son éstas? -Preguntó con un tono misterioso que aún recuerdo. Moví la cabeza negando saber cuál podría ser el contenido de aquel frasco.
Sacó de allí unas grageas rojas -Son píldoras mágicas- dijo y agregó -En el caso en que quieras hacer algo bueno y creas que no vas a poder, te pueden ayudar. Se quedó como esperando mi respuesta. Me dí cuenta que tenía que decidir solo.
Tuve mis dudas, pero al final asentí. El no me iba a dar algo que me hiciera mal.
-Tomá una sola. No la mastiques, tenés que tragarla entera –y me acercó un vaso de agua mientras yo miraba de reojo la puerta cerrada del laboratorio.
Solo sé que le pregunté -¿Por qué es roja?
-El rojo es el color de lo posible -dijo.
No entendí, pero tampoco le pregunté nada más. Por fin la tomé.
Me pareció que al principio no pasaba nada.
Mi padre me preguntó -¿Sentís algún efecto?
Yo dudé, pero pensando en lo que habíamos hablado y ante la mirada sonriente de él, le dije que me parecía que iba a poder hacer lo de mi hermana. Y así fue, pasé la tarde cumpliendo el castigo. Recuerdo lo que ella le dijo a papá después: “Marito parecía un señor grande. Se portó muy bien”. Esa noche traté de descubrir en qué consistía la magia de la pastilla roja pero al final me dormí.
Otras veces también apareció la pastilla, una cuando me dio vergüenza actuar disfrazado de soldado de la independencia para un acto del colegio. Otra, cuando no quise hacer los deberes “una hora sin levantarme de la silla” y otras que ya no me acuerdo. Siempre funcionaron, parecían infalibles.
Papá me decía que la receta era secreta y que solo funcionaba conmigo. Javier, mi hermano más grande, me dijo una vez que si quería hacer alguna cosa mala y no me animaba, también podía tomar la pastilla y eso me dio miedo. A veces tuve dudas, pero no dije nada. Siempre confié en papá.
Poco tiempo después le dije que ya no quería tomar más de esas pastillas y a él no pareció molestarle, solo dijo, con una expresión que no entendí, como si mirara más allá de mi “Bien, entonces desaparecerán para siempre”. Y desde ese día nunca más las vi.

Años después lo recordábamos: -Papá, no sabés cuánto extraño aquellas pastillas mágicas ¿Te acordás? No sé si tomar un crédito o esperar a cobrar esos honorarios que nunca me terminan de pagar.
-Me había olvidado de aquellas pastillas de chocolate.
-¡De chocolate! Nunca me lo habías dicho. Ah, por eso no podía morderlas.
-¿Acaso no las habrías tomado si hubieras sabido lo qué eran?
-Siempre me pregunté cómo se te ocurrió esa historia.
-Era solo un pequeño empujón que necesitabas.

Lo que mi padre nunca supo, ahora que ya no está y que también tengo hijos, es que sigo pensando que esas pastillas, eran verdaderamente mágicas.

martes, 9 de septiembre de 2008

Alma y pasión

Suficiente. No está mal, tiene la entonación necesaria y el timbre nasal es adecuado. Obviamente la técnica es mejorable y por eso obviamente estás aquí. Le sobra fuerza pero, falta algo -dijo el profesor, escudriñando los ojos de Julio que sintió vergüenza por ese sondeo inconsulto.
Aquello que supuestamente le faltaba, cualquier cosa que fuera, podía hacer que ese hombre, un maestro de canto de renombre, no lo aceptara como alumno. Sabía que tenía pocos y esa audición era una especie de prueba de admisión.
-Por favor empiece otra vez– dijo, y se preparó a acompañarlo nuevamente con el piano, colocándose los anteojos, tratando de enfocar la partitura. Él comenzó a cantar.

Lejana tierra mía bajo tu cielo, bajo tu cielo, quiero morirme un día con tu consuelo, con tu consuelo. Y oír el canto de oro de tus campanas que siempre añoro; no sé si al contemplarte, al regresar… sabré reír o llorar...”

El maestro dejó de tocar antes de comenzar la estrofa siguiente, había entornado los ojos en una mezcla de curiosidad y una vaga satisfacción pero dijo -Zorzalito. Así lo llaman a usted… Julio ¿Verdad?
-Si… Pero nunca quise que me compararan con…
-¿Qué cree que pensaba ese hombre cuando cantaba esto? ¿Conoce usted los orígenes de Le Pera, autor de la letra? -además agregó- ¿Y los de usted?
Le había dicho “ese hombre” a Gardel. Que le faltaba pasión además. Nunca había pensado en eso ni se lo habían dicho. No sabía si lamentarse por una cosa, la otra o por ambas.
El maestro hablaba pausado, como midiendo las reacciones de su interlocutor -Dígame, por ejemplo ¿Qué pasaba por su mente cuando cantaba?
-Eh… La dicción y en el efecto del cambio de la ene por la erre…
-Tonterías. ¿Usted quiere cantar de verdad o se conforma con ser un intérprete?
-La dicción en el caso de esta canción creo que es importante.
-¿Solamente eso ve como importante? –dijo levantándose del taburete y rodeando el piano. Entornó el postigo de uno de los enormes ventanales del antiguo departamento estilo francés de principios del siglo veinte que daban al Parque Lezama, en esa tarde que comenzaba a irse entre las copas de los árboles de aquel lugar de Buenos Aires. La gran sala de estar llena de libros, se asemejaba a un lugar dedicado a la música, al canto. El piano de media cola ocupaba el centro del recinto, como si fuera un altar en donde evidentemente el profesor ocupaba un rango sacerdotal. El sol amarillo ya no partía en dos el piano como hasta hacía unos momentos.
El maestro tomó un diapasón de alguno de los incontables estantes. El sonido del instrumento tal vez fuera el de un La sostenido. -Si, probablemente- pensó Julio.
-¿Qué escucha usted? Además del La sostenido, claro- dijo el profesor.
Pensó en qué responder, tratando de encontrar algo más en esa nota metálica que aún resonaba en su cabeza con un sonido hueco, sin alma…
-No puedo escuchar nada más…- dijo, luego de meditarlo unos segundos.
-Exacto. No hay nada más y así parece oírse de lo que canta usted. Pero supongo que sabe distinguir entre esa nota y la canción que acaba de interpretar.
El hombre pareció ir levantando la voz -¡Es una canción sobre inmigrantes! ¡Desarraigo, pena, soledad!, ¡No se puede interpretar “Lejana tierra mía” como si lo estuviera haciendo mientras se afeita!
Usted tiene apellido gallego ¿No ha escuchado historias familiares? ¿Nada?
-Mis abuelos eran de Pontevedra. Si, recuerdo algunas cosas, pero él ya murió y mi abuela con Alzheimer no…
-A él le interesaría que usted recordara algo de lo que le contó y a ella en este momento le importará poco lo que usted haga. Me voy a buscar algo de café. Todo esto me da sueño. Por cierto, no le ofrezco, podría perjudicar aún más lo que canta.
Ese tipo era verdaderamente un cabrón. No mostró el más mínimo sentido de respeto hacia los abuelos. Julio pensó que la gente que enseñaba música tendría una cierta…
-Ah, cuando vuelva vamos a probar por última vez, como para que no se vaya de aquí pensando que soy un cabrón o algo así.
-Y además lee la mente. Si, es un cabrón y debería irme ya mismo.
El profesor se tardó más de la cuenta en preparar su café. Apareció como diez minutos después. Diez largos minutos.
Julio se había asomado a la ventana mirando el horizonte, pero pudo ver más allá también.
-Quiere probar otra vez o lo dejamos para otro día, dijo el maestro con un jarro de café humeante en las manos. Tardé porque mi mujer hace el café como si ella lo hubiera inventado y se toma su tiempo.
-Por favor, empiece por la segunda estrofa –dijo Julio con mucha calma. El profesor oyó con atención.

Silencio de mi aldea que sólo quiebra la serenata de un ardiente Romeo bajo una dulce luna de plata. En un balcón florido se oye el murmullo de un juramento que la brisa llevó con el rumor… de otras cuitas de amor…”

El maestro dejó de tocar y cerró la tapa del piano. Se quedó mirándolo, parecía sonriente y con la mirada luminosa, como si esperara una respuesta. Al ver que no obtenía lo que esperaba dijo
-¿Bueno dónde está?
-¿Qué cosa?
- La inspiración hombre. ¿Cuál fue?
-Rías Baixas, Pontevedra.
-Ah. Los abuelos.
-Si.
-Alma. Pasión. Eso le faltaba y lo tiene. Puede volver la semana que viene.

Nota: La canción de Gardel y Le Pera “Lejana tierra mía” la pueden ver y escuchar aquí. Vale la pena, para los que les guste Gardel.

martes, 2 de septiembre de 2008

Treinta escalones

Ninguno de sus amigos estaba con él en ese momento. Era raro, porque en el club estaban siempre jugando a algo o planeando cosas, siempre en grupo.
Aprovechó ese momento, se abrió camino y fue hasta la mole, hacia el trampolín.
Comenzó, abriéndose paso entre gente, a subir uno a uno, los peldaños que llevaban a la parte más alta del trampolín de aquel natatorio olímpico.
La plataforma más alta estaba a diez metros, en la cúspide de un arco que ocupaba el ancho de uno de los lados más estrechos del espejo de agua, con otros cuatro trampolines ubicados a diferentes alturas. El de arriba de todo se utilizaba a menudo para competencias de saltos ornamentales. Llegó al punto intermedio, desde donde ya se había tirado varias veces y miró hacia arriba, al de los diez metros, advirtiendo la mezcla de viva excitación y ansiedad. Siguió subiendo, dos, tres, cuatro escalones y los que le faltaban para llegar a lo alto, como si se tratara de un rito iniciático y necesario. Casi todos sus amigos ya lo habían pasado, incluso Pablo, que había salido primero en el concurso de saltos. Había que verlo a sus trece años dar esas volteretas imposibles en el aire para luego caer limpiamente como una flecha en el agua. Y también escuchar los aplausos que recibía del público, de él y del resto de sus amigos.
Había contado los escalones, eran treinta, y los últimos le parecieron inusualmente altos. Pero no subió los dos finales y se quedó allí, como tratando de evitar el momento en que tendría que decidirse a saltar, porque en realidad, todavía no lo había hecho.
Tenía que seguir. Llegó hasta la plataforma. Desde allí el viento y el sol parecían más reales que desde abajo. Podía ver al plácido e inacabable Río de la Plata que se perdía en el horizonte.
Desde donde estaba, hasta el comienzo del trampolín, había casi un metro y tenía que tomar carrera, pero no lo hizo, se acercó a la tabla tapizada en goma negra y se paró sobre ella. El panorama desde allí era intimidante. El agua parecía estar a más altura de la que indicaban las mediciones sabidas, mucho más, pero el sabía o quería creer que era el miedo quien decía que la distancia era insuperable.
Allá abajo, otros jugaban despreocupados. Una chica rubia con el pelo lacio atado hacia atrás, jugaba con una amiga mientras otras dos corrían y reían. Pero la gente parecía no haber notado su presencia allí arriba. El agua mirada desde esa altura, dejaba ver el azulejado fondo y las, desde allí, sinuosas líneas negras que marcaban los andariveles para las competencias, lo que acentuaba la sensación de lejanía. Tres metros de profundidad. Eso equivalía a trece metros de altura total. No, no. Él no iba a llegar al fondo. Qué tonto era. Pensó que tenía que hacerlo en ese momento. Retrocedió unos pasos para tomar carrera.
Pensó en el resultado, un premio inmaterial. No lo esperaban los aplausos como a Pablo al realizar sus saltos. -No pasa nada, cuando estés en el agua te vas a sentir muy bien y no como ahora. Muy bien. Habrás superado la prueba- Pensó. Esa prueba que, como otras, a la edad de doce años se presentaba como definitoria. Quería superarla. No veía la hora de llegar al agua y perderse entre las miles de burbujas transparentes que provocaría su caída bajo la superficie azul verdosa.
Amaba el agua. Desde chico había jugado en ella, aún en el mar. Su padre le había enseñado a nadar cuando tenía tres años. Recordó las risas de la barra de chicos y chicas. Los juegos, los amigos que venían, los que se iban. Los meses de sol que doraban sus pieles casi sin que se dieran cuenta, alrededor de esos trampolines, cada verano en el club.
Una gaviota se acercó planeando y pareció detenerse allí. El pájaro extendido, parecía estar suspendido en su planeo sobre el viento que lo sostenía, como colgado de misteriosos hilos, arriba del extremo del trampolín, recortando su blanca silueta en el luminoso azul del cielo. El graznido lo sorprendió y sonó como una advertencia agorera. El eco le llegó claro y directo. Aquel sonido lo sobresaltó. En ese momento sintió que no quería hacerlo y que le resultaba imposible seguir. Pensó en sus amigos que no estaban allí para alentarlo. Nunca les diría que no había podido, pero eso no importaría tanto. Dio otro paso atrás y finalmente giró y caminó a la escalera de cemento blanco, a la salida vergonzosa, para descender nuevamente a su realidad anterior.
De repente, un chispazo en su mente lo hizo darse vuelta y correr por la tabla hacia el agua.

martes, 26 de agosto de 2008

Ideas que vuelven.

Tenía la idea de escribir algo sobre este bendito asunto que viene recurrentemente a mi memoria pero inmediatamente me eché atrás porque ya había sido tema de la novela Equidistancias (con el número 10) que algunos de ustedes conocen. Volví a repasar otra vez lo escrito y constaté que bien podía ser un relato autónomo con el pequeño agregado de lo que está en cursiva para que se entendiera. Es que en realidad, lo que van a leer, fue una de las ideas que me movieron a escribir el conjunto completo. Recuerdo como daba vueltas en mi cabeza hasta que escuché el "click" que dio lugar a todo el resto.

El cochecito azul

Allí estaría sin duda.
No puedo recordarlo sin pensar en todo aquello, aunque ya no signifique lo mismo.
Lo deseé muchas noches y muchos días interminables.

Lejanas habían quedado las lágrimas por ese cochecito azul de colección, que tío Esteban, que el destino quiso darme como padre adoptivo, guardaba en la vitrina de su living del departamento de Belgrano.
Se lo había pedido. Había rogado, suplicado.
Si apenas hubiera podido tenerlo en mis manos por un instante, hubiera sido completamente feliz. Así lo creí.
Ese pequeño juguete fue dilatando mi deseo en un anhelo de posesión absoluta, ansioso y creciente.
Sabés que no habría podido robártelo. No hubiera sido lo mismo. Lo quería, pero deseaba además que vos me lo dieras.
¿Por qué nunca lo hiciste? ¿Por qué jamás quisiste prestármelo ni por un minuto siquiera?
Imaginaba que podías tener todos los modelos, colores y tamaños. Llegué hasta a pensar que, si querías, habrías tenido el original de cada uno.
Me diste otras cosas. Aviones a escala, barcos antiguos, trenes que serpeaban su vapor por incontables metros de vía y otros coches, muchos. Juguetes carísimos y a veces exóticos de Shangai, Singapur o Yokohama; de Alejandría, Trieste o Nápoles; Amberes, Liverpool o Hamburgo, adonde viajabas durante meses y nunca pude acompañarte.
Soñé con ése pequeño fuego azul. ¿Sabías que me despertaba llorando muchas noches?
¿Alguna vez supiste que otras tantas lo hacía preguntándome porqué no querías dármelo?
¿Sabías que me lastimabas y que esa herida se agrandaba cada vez más?
Creía, bien se ahora que eso no era cierto, que mi cariño por vos hubiera sido perfecto si me lo hubieras dado.
Mucho tiempo, tal vez eras, tuvieron que pasar para que me prohibiera hacerte esa pregunta hasta que aprendí a no decir ni pensar en el porqué.
Me engañaba tratando de convencerme de que jamás te iba a interrogar otra vez.
Allá a lo lejos quedó mi cara caliente y mojada mirando la vitrina. Con mis dedos tocaba el vidrio, apenas lo alcanzaba. Esos centímetros que me faltaban para llegar hasta él se convertían en distancias inimaginables. Desde allí presentí desiertos tormentosos, montañas oscuras y mares interminables, sucediéndose unos a otros. Siempre.
No hay cosa que haya dejado de hacer para que supieras que lo quería.
Tu cara imperturbable de gesto lejano me confundía.
Llegué a pensar en un castigo, que yo era para vos una carga indeseable, o tal vez en el odio. Pero me demostraste luego que estaba equivocado.
Imaginé también que me veías malo. No, no fue así.
Y después crecí. Otros lugares, otros amores se sucedieron, pero en el fondo, después de todos mis días, de los meses que separan las primaveras de los otoños, seguí recordando ese cochecito azul que todavía está en la vitrina de tu living del departamento de Belgrano.

miércoles, 20 de agosto de 2008

El don

El arranque cada vez más frecuente del compresor de la heladera le señalaba el incesante subir de la temperatura en aquella tarde en que, como todos los sábados, reemplazaba a sus padres en el almacén de ramos generales de aquel pueblo a la vera del río Paraná.
A la hora de la siesta, no era mucha la gente que pasaba a comprar algo. Tal vez algunos chicos buscando helados nada más, por lo que tendría tiempo para dedicarse a terminar esa acuarela basada en un paraje del río que había comenzado hacía unos días.
Preparó los pinceles y fijó cuidadosamente la gruesa hoja pintada y adherida con alfileres al caballete improvisado pero no oyó llegar a Amanda, la madre de Ramiro.
-¡Ay, qué bonito José! –dijo casi sin mirar lo pintado la mujer- No sabía que tuvieras inquietudes artísticas. Tu mamá debe estar feliz –continuó hablando como si no necesitara respirar, mientras apoyaba tres botellas vacías de Coca Cola en el mostrador de grueso mármol blanco veteado.
-Eh…
-Claro, porque es algo como para enorgullecerse ¿Vas a ir a estudiar arte a Buenos Aires cuando termines el colegio a fin de año? Tenés que prepararte para el ingreso porque…
-Aquí tiene –le acercó las botellas llenas- Se lo anoto o…
-Si, si, anotalo -y siguió- ¡Qué suerte para tu mamá! Voy a hablar mañana con ella -dijo mientras se alejaba a través de la cortina de tiras de plástico multicolor.
A los pocos minutos sonó el teléfono -Hola ¿José? Si te falta pintura rosa, te podemos llevar porque seguro que estás pintando mujeres desnudas ¿No?
-Ramiro, dejate de joder, yo…
-Ja, ja, ja, ¡Lo tenías bien guardado! Artista. ¿Desde cuándo? ¡Ja, ja, ja! A la tarde paso con los chicos, ¡Ya vas a ver lo que te espera!
-Si, dale, nos vemos. Al cortar escuchó la sirena característica del carguero que transportaba autos por el río a una fábrica cercana. La forma de ese barco le recordaba a una heladera gigante… y a su vez que tenía que reponer bebidas en la suya antes de que… -¡Ya llegamos! ¡Queremos las bebidas frías ahora! …llegaran los chicos del club, al final del partido de fútbol. -Ya va, esperen.
-¿Esto qué es? Ah ya sé, un campo. No, no pero es marrón. Debe ser tierra nomás. ¿No vez que es una especie de planeta? Acá hay unos marcianos verdes. Yo creo que debe ser un plato de carne con verduras. Se ve como un hueso… -Y otro montón de comentarios de los chicos que miraban al caballete. No prestó atención sobre quién decía qué cosas.
Antes de que saliera el último, entró la mujer “Uy, lo que faltaba”- exclamó José ante lo inevitable. Era Jovita, su profesora de dibujo de los primeros años del colegio.
-Hola José ¿Cómo estás? ¡Ah! No sabía que pintabas. -Le dijo ella contemplando su paisaje ribereño casi terminado. Deslizaba sus ojos como si estuviera leyendo los matices y las formas, calculando dimensiones y profundidades – ¡Vaya! ¿Estás tomando clases con alguien? -Preguntó con una mezcla mal disimulada de celos y curiosidad.
-No, en realidad… es lo primero que pinto.
-Para ser tu trabajo inicial, está más que bien. Si… El color del cielo es casi perfecto. Y acá ¿Ves? –dijo señalando con los dedos índice y mayor un sector de la acuarela amarillo-verdoso -éste árbol y el reflejo del sol, están muy bien logrados. ¿No querrías tomar clases? Estaría dispuesta a dártelas a pesar de que ya casi no enseño. Tenés talento. Con un poco de técnica, tal vez… -dijo como para si misma- podrías tener posibilidades…Si….
-Profesora, no sé…
-Si te decidís, vení a verme, no desperdicies el don –pronunció “don” como si fuera una palabra mágica o secreta y siguió con algo que José en ese momento no entendió-. Mirá que esa luz no la recibe cualquiera. Cuando decide brillar, ofrece algo de lo cual a veces no somos sus destinatarios finales…
-Gracias -atinó a decir él sorprendido, mientras la mujer se iba con su compra de un cuarto kilo de azúcar morena. No esperaba semejante elogio, ni todo lo que su primera pintura expuesta, casi involuntariamente, había suscitado ese momento.
Hasta que llegó la hora. Las seis. Lo había estado esperando toda la tarde, en realidad todo el día y no mentiría si dijera que toda la semana. Las seis era la hora en que María pasaba cada sábado con su amiga Alicia. Y con la hora llegó ella
-Hola José ¿Cómo estás?
-Bien y vos. Eh… ¿Lo de siempre?
-Si, dijo ella sonriente, dos botellas.
Deliberadamente, él fue al extremo del mostrador pasando por delante del caballete para que ella lo viera. María era una pintora de verdad. Recordó que había ganado un premio municipal con una de sus acuarelas. El había estado toda la semana con aquello para intentar impresionarla porque no lograba que se interesase en él.
Alicia se adelantó a su amiga y dijo -María ¡Mirá lo que está pintando José!- Ahora se acercaba María.
Miró fijamente la pintura y él se quedó inmóvil esperando la más mínima reacción. Una mosca tal vez mareada por el calor, cruzó entre medio de ambos y su zumbido pareció amplificarse en el silencio de esa calurosa tarde pueblerina.
Los ojos de ella fueron desde aquel paisaje amarronado a los de él y dijo simplemente “No” y caminó al mostrador revolviendo en el bolsillo de su pantalón, buscando con qué pagar. Su cara se había vuelto inexpresiva o seria, José no lo podía distinguir pero recibió la ola calurosa del rubor en la cara.
Alicia no entendió nada de lo que sucedía y dijo nerviosamente -¿Viste María? ¡Qué bien esta representado el matiz del río! ¡Y el reflejo de la orilla se ve tan real!
José no escuchaba, limitándose a recibir el dinero que María le daba sin mirarlo. Ella salió. Alicia no sabía qué decir y se encogió de hombros antes de saludarlo con la mano en alto, mientras se iba detrás de su amiga.
Él se quedó mirando aquella acuarela. Había usado todo su tiempo libre de la semana en ella.
Después vinieron Ramiro y sus amigos y le tomaron el pelo, como era de esperar.

Unos días después, José decidió tomar clases con la profesora Jovita y al año siguiente se fue a Buenos Aires a estudiar Bellas Artes.
Pasado un tiempo, María recordaba que la maniobra de la acuarela había sido burda. Y el “No” que había pronunciado que quería decir: “Así tampoco te voy a hacer caso”.
Tuvo que reconocer que el esfuerzo la había conmovido ¡Una acuarela por ella!
Sabía, con su mirada de artista, que estaba muy bien pintada, y así lo seguía pensando cada vez que la veía allí, sobre la cabecera de la cama de ambos.

martes, 12 de agosto de 2008

Dos jirafas y un elefante.

En cuanto el auto se detuvo diez metros antes de la puerta del Banco de la Provincia de La Pampa, el hombre y la mujer bajaron de inmediato.
En el cinturón de él se notaba la cuarenta y cinco milímetros. En el de ella no.
El conductor permaneció en el auto y le dio un vistazo a su reloj. Las once y treinta y cinco. Lunes de mucho tránsito. Deberían haber elegido otro día. Los lunes eran los peores en ese pueblo habitualmente parsimonioso. Especialmente agitado parecía esa mañana soleada de primavera de 1968. La gente usaba el auto para hacer las compras o trámites, pudiendo caminar las, como máximo, dos cuadras, que los separaban de sus nada agitados destinos. Cuatro autos dando vueltas alrededor de la plaza. Era demasiado.
-Hola -saludó una chiquita rubia de no más de diez años, que lo vio allí sentado al volante, con un cigarrillo sin prender en la boca.
-Que tal preciosa, ¿Cómo estás? Ella tenía un vestido rosa pálido a cuadros. Los breteles con volados no dejaban ver sus hombros. Cargaba una bolsa pequeña, también rosa, como una cartera de mujer pero que parecía de juguete.
-Bien ¿También esperás a tu mamá que está en el banco?
-No, yo espero a mi novia -Revolvió en el bolsillo, tenía tres caramelos ácidos frutales, mezclados entre las balas sueltas.
-¿Querés un caramelo?
-Bueno, yo te puedo convidar con galletitas de las que hace mi mamá ¿Te gustan las galletitas con forma de animales?
-Si –le contestó, extendiendo la mano, no sin antes dejar el cigarrillo que había tenido en la boca, soltándolo arriba del asiento donde reposaba su escopeta Remington recortada.
Miró su reloj, Las once y treinta y ocho. La galleta con forma de jirafa estaba buena.
-¿Sabés que después de acá mi mamá me va a llevar a la plaza y vamos con monedas para la fuente de la fortuna?
-¡Ah! ¿Llevarías ésta por mí?
¡Si! Pero me tenés que contar un deseo, sino no vale…
Solo él entendió los tres disparos, deformados por la distancia y los vidrios del banco. Los dos primeros seguidos y el otro unos segundos después. Era la inconfundible marca de ella. El primero para inmovilizar, el segundo para derribar y el tercero para rematar.
-Si, mi deseo es que en el próximo pueblo encontremos el banco de la provincia abierto.
-Bueno, me voy a acordar.
-¿Me convidás otra galleta de animales?
-Solo me quedan dos jirafas y un elefante. ¿Te gustan los elefantes?
El miraba sorprendido la desenvoltura de esa chiquita, que bien podría pasar por hija suya -¿Si elijo el elefante, no te enojás?
-No, mi mamá me enseñó que siempre tengo que darle lo mejor al que me lo pide, pero a veces no me sale… Ahora por ejemplo.
-Bueno, entonces creo que quiero la jirafa. Las once y cuarenta –dijo en voz alta mirando nuevamente el reloj pulsera.
-¿Estás apurado? -lo interrogó ella.
-Si, ya me tengo que ir. ¿Sabías que sos muy simpática?
-Ahora si que te voy a dar la jirafa, me parece –dijo ella coqueta. Extendió la mano y le dio la galleta.
-Bueno, gracias, le respondió él de una manera naturalmente amable y agregó ¿Antes de irte, no me darías la mano?
-Claro –dijo ella. Él no pudo dejar de apreciar la calidez y suavidad de esa mano que contrastó con la tosquedad y rudeza de la suya. Y así se despidieron.
-Vio a la chiquita caminar los pasos que la separaban del banco, muy concentrada en desenvolver el caramelo ácido de naranja que le había dado. A mitad de camino se cruzó con el hombre y la mujer que salían de allí a paso vivo, ambos con el arma en la mano derecha y con abultadas bolsas en la otra, pero no se vieron.
Los dos subieron al auto. La mujer soltó las bolsas en el asiento de atrás, al lado del otro hombre que se había sentado allí con mirada bovina.
-Estamos en hora. Vamos al otro pueblo ¿Tuviste problemas? –dijo él arrancando el auto.
-Un guardia viejo pero inexperto. Nada de cuidado, ya no se va a equivocar nunca más.
-¿Cuánto nos llevamos esta vez?
-No sé, bastante. Ya lo contaremos.
En el camino ella notó que su novio lagrimeaba y le preguntó -¿Te pasa algo mi amor?
-No, nada. Es que mientras esperaba, una nenita ¡Qué linda era! Me dijo que iba a soltar una moneda en la fuente de la plaza pidiendo un deseo por mí. Le dije que quería encontrar el próximo banco abierto.
-Ay, que dulzura de chiquita.
-Si viste, me conmovió -le respondió él, secándose las lágrimas con la manga de la camisa mientras manejaba hasta el pueblo vecino, en donde iba a encontrar al banco provincial abierto.

jueves, 7 de agosto de 2008

El árbol de la vida

Colocó sus manos sobre el árbol y le resulto feliz la coincidencia de ver que las arrugas continuaban sobre la superficie de aquel tronco.
Había venido caminando despacio por el sendero desde la casa nueva hasta el roble que alguna vez había dado sombra a la casa ya inexistente.
Pocos día atrás habían removido lo que quedaba de ella: la vieja chimenea de piedra indiferente al incendio de hacía veinte años. Y si bien ya no estaba, él la veía y también a ella sosteniendo en sus brazos a alguno de los chicos, con el pelo recogido e iluminado por el sol que se colaba entre las ramas frondosas en el estío del ondulado sur de la provincia de Buenos Aires.
Los chicos había crecido y su mujer ya no estaba. Ahora desaparecería también el roble.
Su hijo mayor le había explicado que quitar todo eso había de mejorar los rindes del campo y no había querido decirle nada; ya no.
Le vino a la memoria que su padre había plantado ese árbol y construido la casa el mismo año en que él había nacido, alternando el esfuerzo de la obra con el duro trabajo de arar, sembrar y cosechar. Qué distinto era todo ahora.
Caminó sobre lo que había sido la sala de estar y vio el lugar donde ella siempre colocaba flores cerca de la ventana, ahora tapizado con las pequeñas corolas amarillas que crecían silvestres en el pasto no muy alto. Volvió a mirar al roble y también recordó a los chicos jugando con las bellotas. El vino y la alegría de verlos crecer al sol. Y el volar de las calandrias, los gorriones y sus nidos, un año tras otro. Y también, como algo muy vívido, el primer beso que le dio a ella, bajo ese árbol, mientras se protegían de la lluvia. Recordaba el aroma de la tierra mojada de esa sorpresiva lluvia primaveral.
No eran de pena las lágrimas que habían aparecido furtivamente sobre su cara curtida porque había vivido feliz, hasta que la enfermedad se la había arrebatado.
El tiempo sabe como arrancarle la memoria a uno, pensó y echó una última mirada a ese árbol, descubriéndose la cabeza y mirando a lo alto de la copa. No era justo. Tan viejo como él y tan fuerte que se lo veía pero lo iban a derribar mañana. ¿Dónde irían a parar todos los pájaros? ¿Habría nidos todavía en el otoño?
Se preguntó si sus recuerdos se esfumarían con él viejo árbol, disipándose como la bruma esquiva de la mañana. Se sintió fatigado y antes de irse, recogió con dificultad una bellota del suelo, la miró y luego de lustrarla con la manga del saco, la puso en un bolsillo, mientras volvía por el mismo camino por el que había venido.
Por primera vez, en todos los años de su vida allí, se sintió solo.
Al otro día, los contratistas hicieron su trabajo y temprano a la mañana, luego de podar unas cuantas ramas grandes, el árbol cayó, apenas unas horas después de que aquel otro viejo roble también lo hiciera.