domingo, 11 de enero de 2009

Los sentenciados

Subía la cuesta empinada de la duna que iba hasta aquella cabaña veraniega con la mochila al hombro y la respiración agitada, que señalaba su furia más que el resultado del ejercicio forzado. Se enjuagó el sudor de la cara que fue a parar parte a su bermuda y parte a la arena caliente que la sorbió como un alcohólico al último trago de la botella o tal vez como lo hace un niño amamantado que toma con fuerza el pecho indefenso de su madre.
Las sandalias se atascaban en la subida y los ojos mostraban el aire salvaje que siempre había tenido, ahora fogoneado por la pasión. Gritó para descargar todo lo que pasaba en su interior. Parecía que la brisa espesa de la tarde quisiera frenarlo, removiendo su pelo y su barba. Ella todavía no lo había visto pero si lo hubiera hecho, solo hubiera reconocido del Tomás que conocía, esos dientes blancos y parejos que brillaban aún más con el alarido, un quejumbroso sonido que se profiere mirando hacia arriba, al cielo, para que lo escuche quien lo tiene que escuchar y si fuera posible el resto del universo. Así fue ese grito esforzado, duro como las rocas de la playa.
La puerta de madera barnizada, cubierta a medias por la luz que golpeaba de lleno sobre el techo, los árboles y los sillones de madera, era el último límite -ahora casi etéreo- que lo separaba de Marina.
Ella lo vio llegar con el acompasado entrar y salir del aire de su pecho, tenso y mojado, traspasando el algodón negro de lo que tenía puesto. Pero no se detuvo en el detalle de la vestimenta. No en el puño en alto, ni en la mandíbula tensa y levemente temblorosa. No.
Los ojos, la mirada de Tomás, eran un abismo negro que encerraba muchas cosas que ella no hubiera querido ver y que estaban allí. Era inútil retirar la cara para evitar que la imagen se fuera, como quien trata de escapar del flash de una cámara fotográfica que golpea con el velo de una momentánea capa de niebla brillante. Allí estaba todo y ella desnuda ante él. Un despojo distinto, el que no se puede ocultar con la ropa porque esas cosas no pueden taparse, tal vez si con alguna mentira que no estaba dispuesta a decir.
Él ya sabía. No importaba cómo, ni quién. Y no lo iba a negar. Para qué si era cierto. Y escuchó aquellos gritos desaforados e implacables, que le sonaban con más fuerza al ver los brazos velludos y bronceados por el sol que se alzaban hacia ella como las garras de una fiera.
-¡Por que tuviste que acostarte con ese tipo! ¡Vos sabés lo que estás traicionando! ¿No te importa que digan que sos una puta?- y muchas otras cosas. Pero no cualquier cosa. Así era Tomás.
Era como un potro bien entrenado y como un jinete experto. Galopaba cuando era necesario, soltando la rienda para correr por la playa, como habían hecho los dos muchas veces entre la espuma blanca que volaba desparramada entre las patas veloces de los caballos. Pero cuando era necesario, el antebrazo fuerte que ella había acariciado incontables veces, jugando con los caminos que formaban esa venas hinchadas, entrecruzadas en aquel peculiar dibujo, ponía el ritmo justo al paso, manteniendo a voluntad la marcha. Por eso, no decía lo que no quería decir. No le estaba diciendo que era una cualquiera, ni que lo había traicionado a él, no. Y eso era una de las cosas que amaba de ese hombre. El sabía que había palabras irremediables de las que no se vuelve, caminos que no tienen retorno. Pero ahora había otros senderos posibles.
Tomás la tomaba por el cuello y la presionaba en aquel grado justo, solamente conocido por ellos dos, antes de que la fuerza se convirtiera en otra cosa, en algo oscuro.
Ella inmóvil, escuchaba y pensaba. Su cuerpo además le había ordenado que derramara lágrimas que mojaban la mano de él.
-¿Por qué? ¿Por qué?- Le preguntaba Tomás que ya no podía decir más que eso. Había explorado en su interior las posibilidades que se le habían ocurrido: Que él tal vez no fuera suficiente para ella. Que simplemente lo había tomado como una aventura o que… otro montón de cosas que no lo conformaban en absoluto porque ya sabía la respuesta y la consecuencia.
Allí como estaba, con la cabeza echada atrás, el pelo aclarado por el sol y esos ojos que dejaban de ser azules para mostrar inmediatamente otras cosas, Marina parecía indefensa. Y lo estaba. Ahora él se sentía capaz de ahogarla con sus propias manos.
Con ese traje de baño celeste y el pañuelo enorme y colorido que usaba como falda, sus largas piernas parecían no sostenerla.
No entendía por qué no le respondía, que no se rebelara, que no le exigiera que la soltara. ¿Acaso ella iba a dejar que la ahogara? ¿No se iba a defender de lo que podía ser fatal?
Pero Marina seguía siendo fiel a si misma, dejando que la explorara por dentro, entregando todo lo que era, aún esas cosas que ella hubiera querido ocultar en los meandros del alma, en la mayoría de los casos accesible solamente a otra clase de luz.
Ella habló y dijo –apenas como un formalismo- que, en aquella época, todavía ninguno de los dos estaba seguro del otro, Que había tenido miedo y que había sido débil. No dijo -aunque sabía que de todas formas no hacía falta- que aquel otro hombre en cierta forma la había contenido.
Tomás dijo: -Vos sabías que ya estaba decidido. Deberías haberlo sabido.
La supuesta fatalidad de aquel error de apreciación ya no podía cambiar lo que sabía que iba a hacer desde el momento mismo de entrar en la cabaña. Ella lo miró esperando lo irremediable.
Afuera todavía estaba sobre la mesa el sombrero de paja que ella usaba y la mochila que él había dejado antes de entrar.
Como si nada pasara o nada pudiera alterar aquel orden, las olas que se veían desde lo alto de aquel médano, dibujaban sus líneas blancas de espuma extendiéndose por ambos lados hasta donde se perdía la vista.
Las golondrinas iban y venían a sus nidos en los parantes del techo, indiferentes a lo que ocurría detrás de la puerta cerrada.
Él se había sentado y su respiración se hacía más lenta. Ya no la miraba. Su vista se había perdido, vagando por los entresijos de lo que desde hacía unos minutos ya era pasado.
Marina con la delicadeza de la que era capaz, puso su mano sobre la cabeza de él y la dejó, casi inmóvil, flotando en aquel pelo oscuro.
Tomás le dijo entonces -¿Por qué apenas me tocás y no enredás tu mano en el pelo cómo lo hacés siempre?
La sentencia había sido pronunciada.

viernes, 2 de enero de 2009

Maira

El haz de luz azul del sellador eléctrico avanzaba lentamente sobre la piel sintética de la mano de Maira, quien miraba fijamente como iba desapareciendo el plástico sobrante de la reparación.
-Ya es la tercera vez. Antes nunca te pasaba esto- le dijo Hugo mientras trabajaba sobre el dorso rosado de aquella mano izquierda, sin levantar la vista.
-Me distraje al desenchufar algo en la cocina, Hugo. Una chispa me alcanzó. Pero no me dolió.
Hugo la miró inexpresivamente. El cable del aparato eléctrico que había visto estaba chamuscado de una manera nada habitual.
Los ojos azules de Maira bailaban mientras decía: –Estuve tratando de contar como lo hacía tu hija y pude llegar hasta cuatrocientos billones doscientos mil setecientos treinta y uno. Ahí lo dejé.
-¿Para qué hiciste eso? ¿Cuánto tardaste? –dijo Hugo con una mueca que bien hubiera podido pasar por una sonrisa.
-Me acordé de que a eso jugaba tu hija María. Tardé toda la noche mientras dormías. Y no me pareció divertido.
Hugo recordó en un instante a María, a Sonia, su mujer y al virus inexplicable que las había arrasado junto a miles de personas hacía diez años.
También recordó a María, su hija, aprendiendo a contar.
Hacía unas semanas que Maira tenía un comportamiento extraño y le hablaba insistentemente de su hija. Además habían empezado esas quemaduras accidentales. Había revisado los sistemas de diagnóstico y no había visto nada anormal.
Le había hecho la última actualización en el año 2087, solamente dos años atrás, aumentándole la capacidad de los bancos de memoria varias veces más que el modelo original de fábrica, además de otras mejoras menores. Como jefe de investigaciones de Sistemas de Rostro Agradable, pudo hacerse un modelo casi a medida.
Maira lo ayudaba con todo lo de la casa, que le parecía más grande desde que su mujer y su hija no estaban.
Revisó el dorso de la mano de Maira y dijo –Como nueva. ¿Será la última vez? Era conciente que una máquina no podía cometer ese tipo de errores. Modelos casi similares e incluso menos sofisticados los había en la medicina. También Eran pilotos de vehículos de transporte y hacían otras áreas en las que demostraban la inexistencia de errores. Salvo algunos de programación. Y eso aún seguía siendo humano, claro.
-Habláme más de María.
-Ya te he contado todo de ella, Maira.
-Tiene que haber más.
-En tu programación puse todo lo que pude recordar.
-Pero tiene que haber más –dijo Maira con una voz que denotaba cierta impaciencia.
-No hay nada más. María vivió solamente doce años.
-Es que no es suficiente… Debe faltar algo. Yo he leído…
-¿Qué leíste?
-En los libros los padres abrazan a sus hijos y los besan; les cuentan cuentos antes de dormir, los llevan a la playa. También los alientan cuando se desaniman y se complacen con ellos cuando hacen las cosas bien.
-El agua no te hace bien y no necesitás estudiar. Ya sabés lo necesario.
Maira lo miraba con esos ojos que parecían verdaderos -aunque diferentes de los de su hija- mientras le decía: –Pero yo no puedo llorar como en los recuerdos que tengo.
-No tenés esa capacidad. ¿Para que querrías hacerlo?
-¿No te gustaría que me pareciera más a ella?
Hugo no le respondió.
-Ya sé que no puedo ser ella, pero pensé que te gustaría que me pareciera más porque sino, no puedo entender por qué me diste sus recuerdos.
-Sos una buena compañía, Maira –dijo Hugo.
-Si, lo se. Sobre todo cuando cae el sol y oscurezco las ventanas para que puedas ver el mar sin que te moleste el sol y me siento en la alfombra para hablar como lo hacía ella.
Todo eso era cierto. La casa estaba construida sobre un acantilado a ochenta kilómetros de Mar del Plata. La vista desde la sala amplia le permitía ver el mar hasta el horizonte.
-Así está bien Maira, todo está muy bien. No hay nada que pueda querer que no estés haciendo.
Ella se retiró diciendo que estaría en la cocina.
Pasó la tarde y después de la cena que Maira había preparado, Hugo se fue al pequeño laboratorio en el sótano para estudiar unos nuevos prototipos de piel artificial que le habían llegado. Los podría probar con Maira. Tal vez fueran más resistentes a la electricidad. Luego de unos minutos de estar allí la luz se cortó. El generador de emergencia se encendió y el panel de la pared le indicó con una alarma sobre un cortocircuito en la cocina y la activación del sistema de incendio.
Al llegar vio el resplandor de fuego reflejado en el techo y a Maira en el piso con un cable en la mano, de la que salían fuego y humo blanco. Ella decía –“¿Qué más puedo hacer?” “¿Qué más puedo hacer?” hasta que de pronto ya no habló.
Hugo, desconectó la energía, pero ya era tarde.
¿La pena que sentía era por ella o por si mismo?
¿Hasta dónde se podía forzar al destino? A él no le había bastado con las fotografías o filmaciones de su hija. Quería un poco más. ¿Era eso? ¿Solo un poco más?
Entonces recordó a Xania, la robot con los recuerdos de Sonia, su mujer, que tuvo ese accidente fatal, al caer por el acantilado hacia el mar.

domingo, 21 de diciembre de 2008

La hora del perdón

-Hola Luis ¿Fuiste a la oficina?
-Hace tres semanas que no voy, ya sabés. Hoy me sentía un poco mejor.
-Últimamente salís poco...
-Fui a ver a Oscar Kraft.
-Ah... ¿Cuanto tiempo pasó de aquello? ¿Diez, doce años?
-Si, doce, más o menos.
-¿Cómo te recibió? ¿Te trató bien?
-Me hizo esperar cuarenta y cinco minutos. La secretaria dijo que estaba ocupado.
-Podría haberte hecho pasar antes.
-María, tal vez estaba ocupado en serio. Además no todo el mundo tiene por qué saber que tengo cáncer y que me estoy muriendo. Me hubiera gustado incluso que siendo mi mujer nunca te enteraras.
-Voy a hacer de cuenta que no oí eso Luis.
-Lo que pasó cuando trabajaba con él fue por mi culpa.
-No todo. Pero ¿Para qué fuiste?
-Para pedirle perdón.
-Ese impulso tuyo de querer arreglar cuentas con todos ahora…
-Si, siento que tengo que hacerlo. Tal vez sea algo egoísta porque nace a partir de una necesidad mía y no demasiado por lo que pueda haberle pasado al otro.
-Si vas a pedir perdón, no creo te exijan mucho más que las palabras…
- No te burles, es en serio. Por ahí se sintió afectado de alguna manera.
-No me burlo. No creo que le haya importado mucho. Se habrá olvidado pronto después de que renunciaste. El tipo era bastante duro.
-Eso parecía pero sé que no era así. Una vez me dijo… Nada, no importa.
-¿Qué te dijo?
- No tiene importancia.
- Bueno, si empezaste a contarlo, terminá de hacerlo, por favor.
-Me dijo, con esa forma medio solemne que tenía para hablar “Yo a usted lo quiero”.
-Uh. Te iba a hacer la broma respecto a las preferencias del tipo, pero mejor no.
-Mejor no. Te acordás que en ese entonces yo recién estaba empezando en aquella empresa y pensaba que el cargo de gerente me quedaba grande. Acabábamos de resolver un asunto bastante delicado y en uno de los pasillos de la fábrica mientras caminábamos él me dijo eso y después, supongo que para no sentirse incómodo, comentó algo así como que era bueno que el gerente general y el de un área se llevaran bien. Fue raro porque siempre nos tratamos así, de usted.
-¿Y qué le dijiste?
-Nada. Entendí bien lo que significaba eso y no lo iba a arruinar con algún chiste fácil.
-No lo ibas a arruinar porque en ese momento el tipo era como tu viejo.
-Habíamos quedado en que yo me casaba con vos pero no con tu parte de psicóloga ¿No? Pero ahora da igual. El asunto es que después empecé a exigirle cosas que él no tenía que por qué hacer. No por mi causa, por lo menos. ¿A mi qué me importaba que el tipo que hiciera negocios raros con uno del Directorio o que anduviera con la secretaria? Todavía me acuerdo de la foto que él tenía en el escritorio con los tres hijos. En realidad lo de los negocios nunca lo supe con certeza… y además no era cierto.
-¿Cómo que no era cierto? ¿Cómo lo sabés?
-Porque me lo acaba de decir. Los negocios los hacía el Director y él lo ayudaba con los contactos. Pensaba tener un respaldo si las cosas se ponían difíciles.
-¿Te lo dijo él? Fue una especie de confesión. Vaya… Bueno el respaldo no le sirvió, el también se tuvo que ir de allí.
-Creo que lo hizo para que quedara claro que yo estaba equivocado, nada más. -Tal vez. Lo de reprocharle el asunto de la secretaria, ya ves, no estuvo tan mal. Cuando la mujer se enteró no le hizo ninguna gracia. Me la encontré hace unos días, esta sola, según me dijo.
-Pero no era la manera, María. Al fin y al cabo yo no era nadie. Oportunidades para decirle las cosas de otra forma no faltaban. El me contaba mucho. Lo que pasa es que yo era joven o más bien, más inmaduro que ahora.
-Lo decís como si tuvieras setenta años y tenés treinta y ocho. Tiene sentido querer que los padres, reales o no, sean mejores. Vos querías que él fuese mejor.
-Puede ser… pero yo también podría haber sido mejor. Metí la pata muchas veces.
-Ahora me vas a decir que vos y la secretaria esa…
-No.
-Ah.
-Y si hubiera pasado no te lo hubiera contado. Para qué. Pero ese no es el punto. Quise arreglar algo y por eso fui a verlo.
- Yo a vos no tengo nada que reprocharte. Creo que lo sabés.
-Mmm... Una vez me limpié las manos con grasa del auto en las toallas de hilo del baño chiquito.
- Si, ya lo sabía. Las tiré. Las manchas no salieron.
-Nunca me dijiste nada.
-¿Para qué? Recuerdo bien todo lo que había pasado ese día. No te iba a agregar más problemas por unas toallas, por muy bonitas que fueran.
-Gracias mi amor.
-De nada. Bueno y cómo siguió lo de Kraft.
-Después de contarme lo de los negocios de los directores, se levantó a acompañarme a la puerta. Se lo veía cómo abatido o abrumado. No entendí bien.
-¿Pero que te contestó cuando le pediste perdón?
-Que tenía que seguir trabajando. Se levantó y me acompañó a la puerta.

Ella rememoró toda aquella conversación de hacía tres semanas mientras trataba asimilar lo que le había dicho Oscar Kraft allí, en el entierro de Luis.

-La última vez que vino a verme no me animé a decirle que le agradecía muchas cosas que había hecho por mí, María. A pesar de los problemas yo… lo… apreciaba. A la semana de su visita fui a pedirle perdón a mi mujer y… bueno ahora decidimos vernos seguido. Quien sabe.
- Se lo ve muy bien Oscar. Gracias por venir
-No gracias a él. No sabía que estaba enfermo, no me lo dijo… No dejes de llamarme si necesitás algo. Lo que sea.
-Gracias.

Mientras un montón de imágenes y sentimientos encontrados la aturdían, María pensó que Luis no se había equivocado.

miércoles, 8 de octubre de 2008

Escape

-¿Y que le vas a decir a Darío? -dijo Irene mientras terminaba de zurcir un pantaloncito azul gastado y remendado muchas veces en el mismo lugar.
-No sé, no me preguntes. –fue la respuesta de Rubén, apartando la cara y apretando los puños como dos mazas, sin darse cuenta.
-Deberías haber pensado antes de… hacer eso que hiciste –dijo la mujer como en un reproche inusual en ella.
-Tendría que haber pensado muchas cosas antes de hacerlas –respondió él mirándola esta vez a los ojos de una manera casi salvaje y con un sentido inequívoco.
-Ella acusó el golpe pero sin moverse siguió dando puntadas a la tela. No pudo evitar, lo habría intentado de haber sido posible, que se le escaparan dos lágrimas, que finalmente apartó como queriendo que desaparecieran y que él no notara.
-Soy un animal –pensó Rubén- Cómo le voy a hacer creer que me arrepiento de estar con ella.
La única persona que en su vida lo había acompañado en las buenas y en las muchas malas estaba allí sentada, llorando.
Irene nunca le había gritado, ni lo había acusado de nada, ni le había dicho que era torpe como otras, simplemente lo había querido así como era. La única que podía serenar su furia contenida con un silencio o que entendía sin que él explicara nada.
Finalmente le dijo, parándose a mirar por la ventana hacia la calle mal iluminada –No me hagas caso. Sabés cómo soy– Nunca le había pedido perdón a nadie. Esa era la manera más parecida que tenía de hacerlo.
La mujer lo miró allí parado. A pesar de que le había dolido lo que había dicho, sabía que la quería. Eso había sido solo una demostración de que estaba nervioso y que lo que venía era terrible para él, para todos. La figura de su espalda enorme, recortada por la luz de mercurio de afuera, le devolvía la imagen de un hombre casi derrotado.
Antes le había dicho que se bañara y se afeitara para dar mejor impresión. Además le había planchado la única camisa decente que le quedaba. Una celeste lisa que ella le había comprado.
En ese momento se preguntó por qué lo quería. Y allí frente a ese hombre no demasiado alto, pero muy fuerte, se daba cuenta que junto a él tenía una indescriptible sensación de protección y seguridad, desde la primera vez que lo había visto, cómo si nada pudiera pasarle estando a su lado.
Siempre se había asombrado al ver esas manos enormes tocarla, cuando sabía que podían herir y hasta matar… y acaso lo habían hecho. Tal vez lo que los otros temían de él fuera lo que ella más quería ¿Estaría loca por eso?
Pero todo se iba a acabar en media hora o menos. Se quedaría sola, sola con su hijo de cinco años. Sola… sola…
Empezó a temblar y tomó conciencia de que su mano fría había pinchado con la aguja a la otra. Una gota roja y pequeña comenzaba a crecer allí. No fue consciente del quejido que dejó escapar pero él si.
Rubén se acercó y al ver la sangre, a pesar de la mortecina luz que dejaba ver la mesa vacía, le tomó la mano, y puso la pequeña herida en su boca.
Ella casi podría decir que la había curado de muchas maneras porque esa sensación de protección volvió a ella casi de inmediato. Y le pidió que la abrazara pero deliberadamente no le quiso decir “por última vez”.
El tiempo pasaba y él era consciente de eso.
Rubén le besó la frente hasta que le dijo –Traélo a Darío.
-Ella no dijo nada y fue a buscar al chico.
El se arrodilló para estar a la altura de su hijo.
-Papá ¿Te vas a ir?
-Si.
-¿Cuándo vas a volver? Los chicos de la escuela dicen que vas a ir a la cárcel porque sos malo.
Nunca se había considerado a si mismo de ese modo. Había aprendido desde chico, de quien lo había criado, que la gente mala era la que hacía cosas malas y ahora, de boca de su hijo, se veía como un mal hombre. Tal vez si se hubiera dado cuenta antes de robar aquella primera ferretería o de matar al guardia… Hubiera querido que nada de eso hubiera pasado pero era tarde y ahora había hecho lo que creía mejor para ellos dos. Quería que estuvieran bien y además apartarlos de él para no hacerles daño. No, no encontró nada en su vida que le interesara, salvo esas personas que estaban allí.
-Darío, solo quiero que recuerdes una cosa. No importa lo que te hayan dicho ni lo que te digan. Tenés que saber que te quiero -y lo abrazó. El abrazo fue tan fuerte que casi podría haberle hecho daño. Pero ni él ni su hijo fueron conscientes de eso.
-Papá, yo también te quiero mucho y te voy a esperar para siempre.
Rubén escuchó aquellas palabras como si fueran una pequeña esperanza y en cierto modo una forma de escape, distinto a los otros que había vivido.
Le hizo a Irene una seña para que se lo llevara, como habían quedado, a casa de una vecina. La policía llegaría en cualquier momento. El la había llamado para entregarse y no quería que Darío viera todo.
Al ponerse de pie, respiró profundamente. Lo que había decidido hacer era duro, tal vez jamás regresaría. Pero ahora tenía fuerzas para enfrentarlo.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Dejar el mar

Apoyado en la baranda de popa de aquel buque, veía como se alejaban la estela espumosa y el sol hacia la ciudad que había dejado ya por cuarta o quinta vez. Liverpool no era tan atractiva, como la mujer que había conocido allí.
El día anterior a embarcar, todo había girado en torno a una foto que Bridget, una inglesa de ojos verdes y tal vez algo rolliza para los cánones rioplatenses, había querido darle y que había rechazado. La imagen la mostraba en la puerta de la tabaquería de sus padres. El castaño de su pelo parecía pelirrojo al ser atravesado por el sol esquivo de aquella ciudad.
Había rechazado la foto con el argumento de que no le gustaban. Cada vez que miraba una no percibía la alegría, el frío, ni la pena tal vez oculta tras una cara aparentemente apacible. Lo que ocurría realmente en el momento exacto en que la película capturaba esos fortuitos rayos de luz, decía él, no estaba presente.
Sin creerle del todo, ella había buscado en los bolsillos interiores del gabán que llevaba puesto como ahora, para ver si en llevaba la foto de algún familiar o de otra mujer y desmentir aquella idea. El recordaba incluso la sensación de plácida desnudez que le había producido que lo palpara, allí sentados como estaban en un Pub con poca luz y olor a humo de cigarrillos baratos.
Su cara barbada había sonreído por la cálida proximidad que ella le había provocado con esa espontánea revisión, pero enseguida apartó una idea de su mente.
Toda esa charla respecto de las fotos había sido una excusa. Poseer esa imagen era recordarla más de lo que estaba dispuesto a aceptar hasta ese momento.
Ya tenía treinta y cinco años y sabía que había llegado el tiempo de establecerse en algún lado. Ser marino mercante pasando tres meses en Buenos Aires y el resto del año vaya a saber dónde, había contribuido a que no tuviera prácticamente a nadie que lo esperara de la manera que ahora echaba en falta, aunque a veces lo negara.
Había prometido amores, regalado anillos, incluso una vez había elegido iglesia en varios puertos. Por supuesto que nada se había concretado.
Por eso había tenido que abandonar la ruta del Mediterráneo y pasarse a la del Atlántico Norte y ahí es cuando apareció Bridget.
En un principio, trato de evitar los bares del puerto para no repetir historias, pero a ella la había conocido comprando tabaco en un negocio de King Street.
El viento transversal que había empezado a soplar, hacía que el barco se moviera un poco, como arrastrándose pesadamente sobre el mar indeterminadamente grisáceo.
Nunca se habían prometido nada. Pero ella siempre parecía haberlo esperado al volver su barco a puerto. Por eso el rechazo de aquella foto de una inglesa de ojos verdes, que quería una casa e hijos.
Ya no quería estar solo. Dejaría el mar. Abrochó su gabán y subió el cuello que se confundió con la barba.
Si se lo propusiera, probablemente Bridget vendría con él a Buenos Aires. El aceptaría aquel empleo en la Naviera y buscaría algún lugar más grande para vivir.
¿Pero en qué estaba pensando? Había evitado la foto para no recordarla y ahora la estaba evocando casi involuntariamente.
El viento sopló más fuerte, las manos comenzaron a enfriársele y las introdujo en los bolsillos del abrigo. La derecha tocó algo y lo sacó. Era una postal de Liverpool, de King Street, que reproducía una pintura al estilo de los artistas parisinos de Montmartre. La miró con detenimiento. La dio vuelta. Estaba fechada el 6 de septiembre de 1962, el día en que se habían despedido en el muelle. Tenía escrita una breve frase con letra de ella y decía “Para que no te olvides de Liverpool”.
Miró al horizonte y al cielo sobre él, donde ya habían comenzado a asomarse algunas estrellas pálidas.
Finalmente, pensó en que ya no podía hacer otros planes.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

La gloria y la niebla

El auto avanzaba a buena velocidad por la cabecera del puente. El cartel indicador señalaba que del otro lado se encontraría con “Marin County” y pensó que, en cualquier caso, habría valido la pena cruzar el famoso puente y ver el paisaje desde allí. Al llegar a la mitad de esa estructura roja, el transito comenzó a hacerse menos fluido, hasta que unos metros más adelante se detuvo por completo. Bueno -pensó Julio-, eso le permitiría mirar hacia la bahía y al paisaje circundante con más detenimiento.
Estaba cansado, el profesor del San Francisco Opera se había apiadado de él y le había prestado su auto para que tomara la tarde libre. Lo del puente parecía una buena idea pero… algo pasaba porque la gente se estaba bajando de los coches. Miró a los lados y casi todos los conductores hablaban por sus teléfonos móviles.
Mientras observaba esa escena, vio que en el carril de al lado estaba, atrapado allí igual que él, a José Loria, el tenor argentino famoso en el mundo y que presentaba una temporada en el mismo teatro en donde él tenía su beca de perfeccionamiento. Se lo veía hablar con cierta vehemencia por el celular, mientras bajaba del auto. Pensó que podría ser una oportunidad para conocerlo y también descendió del suyo.
Cuando Loria cortó la comunicación, él se acercó y tendiéndole la mano le dijo -Loria, soy Julio Rocha. Mucho gusto.
-Ah, otro argentino atascado en el puente. Bueno, hablar con un compatriota puede ser algo gratificante mientras esperamos la hora que probablemente estemos aquí.
-¿Hora?
-Eso parece. Un camión de combustible volcó en el otro extremo y tienen que quitarlo, además de lo que se derramó. La verdad es que no tengo apuro. Salí a despejarme un poco del ensayo y no quería volver al hotel.
-Yo también salí del teatro para airearme. Elegimos el mismo camino, parece.
-¿Usted estaba en mi teatro también? –Lo de mi teatro sonó como su fuera realmente suyo.
-Si, también canto. Su mismo registro, estoy en la beca del SFO –dijo Julio, pronunciando las siglas a la usanza norteamericana.
-Esa beca tiene muchos postulantes y debió haber pasado pruebas duras… pero yo a usted lo escuche el año pasado… en el Colón. Si… Buena interpretación si, muy buena, la recuerdo.
-Gracias. Fue la primera vez que canté Tristán e Isolda en público. Tal vez no fuera tan buena…
-Si claro que estaba allí, me gusta la opera ¿A usted no? -dijo con ironía y una sonrisa- Además amigo, la falsa modestia no ayuda en este negocio.
Julio recordó la fama de divo que tenía aquel hombre que había cantado en todo el mundo y solo le dijo -Excelente su Turandot.
-Gracias, gracias. Me gusta mucho Turandot –miró al mar con los ojos brillosos y dijo, -en realidad me gusta mucho cantar.
Julio no entendió el comentario. Es algo que daba por supuesto, como a él, también le gustaba mucho cantar, y dijo -Si claro - por única respuesta.
-Nadie entiende lo que es estar arriba del escenario y recibir lo que da el público.
-Bueno, a mi no me han dado mucho aún.
-Todavía tiene suerte entonces. Ya verá lo que significa. Es como un vicio y glorioso a la vez.
-Creo que entiendo lo que dice. Alguna vez me vi frente al escenario como un mendigo de aplausos.
-Exactamente. Somos como huérfanos que en vez de pedir un plato de comida rogamos por un aplauso. Todas las horas de ensayo, viajes y fatigas no son nada al lado de un solo aplauso.
-Lo he visto casi respirar esos aplausos…
-Si, es verdad. Son como el aire para mis pulmones pero lo que en parte lo opaca y no me deja disfrutarlo es que… -se interrumpió de golpe y dijo- Mire, ¿Ve aquellas nubes bajas de allá? El cielo está radiante pero por más lejos que parezcan estar, en unos minutos nos envolverán. La niebla de aquí se presenta de repente y lo cubre todo.
A Julio le pareció que el hombre exageraba porque lo que parecían unas nubes estaban bastante lejos como para llegar tan pronto. Lo tomó como una excentricidad de aquel hombre.
-Me estaba diciendo que no puede disfrutar totalmente de lo que hace. Nadie diría eso al verlo. Antes de venir aquí, con mi mujer veíamos unos videos suyos y comentábamos que…
-Su mujer ¿Lo entiende a usted? Es decir, ¿Ella tolera la competencia del premio en el escenario y vivir como vivimos?
-Julio pensó brevemente y le dijo –Si creo que si, tal vez porque ella es artista también. Sufre en parte los sacrificios. Ahora se quedó sola en Buenos Aires, por ejemplo.
-Yo nunca lo logre…Nadie comprende a los artistas, tal vez otros artistas, si. Pero en realidad no somos capaces de comprender lo más profundo del otro. Nacemos con una especie de defecto congénito. Esa extraña sensación placentera e inimitable que produce el aplauso solo puede entenderla el que la recibe. Esos aplausos no nos los dan. En realidad los robamos.
-Siempre supuse que ella lo entendería, lo que no sé es si el de Arriba comprenderá ese afán de aplausos que tenemos, a veces parece malsano…
-¿Dios? Él es el causante, nos hizo así. Una especie de drogadependientes que no podemos vivir sin la gloria de la ovación que apenas comienza y ya se acaba. Y mientras más cantamos más la queremos. Supongo que Él me quiere así, como a un enfermo incurable. De alguna manera estamos solos con esto. Lo que nos falta nos hace buscar la aprobación de los demás, como un anhelo que nunca se apaga.
Julio vio como la niebla de la que le había hablado Loria comenzaba a ocultar la luz y en pocos segundos los envolvió como si estuviera anocheciendo.
-No quiero estar solo- dijo Julio como para si mismo.
-Yo tampoco quería. No encontré ninguna que me quisiera así… un vicioso de la gloria –dijo como burlándose de si mismo.
El hombre vio el efecto que sus palabras habían causado en su joven colega y le dijo –No, a usted no le va a pasar. Se esforzará. Supongo que también tendrá que intentar comprender lo que hace su mujer ¿Ella canta?
-No. Pinta y muy bien. Es verdad, nunca me pregunté que le pasaba a ella cuando exponía, voy a tener que empezar a considerarlo. Qué egoísta soy…
Las luces del puente se encendieron y el aire borroso comenzaba a mojarlos. La gente volvía a sus autos y encendía los faros. Se sentía el frío húmedo a pesar de que había cesado el viento.
-Mire, adelante ya se mueven los coches -dijo Loria- Supongo que debemos irnos.
-Fue un honor haberlo conocido, voy a ir a verlo uno de estos días.
-Le mando entradas para la platea. Pase algún día entre ensayo y ensayo.
-Le tomo la palabra.
Los dos se dieron la mano como si se hubiesen conocido desde hacía mucho tiempo y emprendieron la marcha a sus coches.
Mientras conducía en la niebla el cantante famoso y maduro que había estado muchas veces en esa ciudad y en muchas otras, pensó cómo nunca antes que en algún lugar debía existir otra oportunidad para él.

martes, 16 de septiembre de 2008

Magia

La primera vez que tomé píldoras mágicas tenía cinco años. Siempre creí que mi padre las preparaba en secreto. Como era el único farmacéutico del pueblo, la gente lo saludaba por la calle con mucho respeto. “Adiós, don Oscar” y yo pensaba que si supieran lo que hacía en el laboratorio, lo hubieran tratado como si fuera un sabio o una especie de genio.
Como les decía, tenía cinco años cuando tomé la primera de aquellas píldoras. Me había peleado con Anita, mi hermana un año menor. A ella su madrina le había regalado un triciclo y yo quería usarlo. En realidad hubiera preferido una bicicleta. Lo cierto es que el mismo día del regalo, la empuje para usarlo y se cayó, pero no se lastimó. Luego del llanto de ella y la intervención de mi madre, papá nos llevó a los dos al temido Tribunal.
El Tribunal era el escritorio de papá quien se sentaba en su lugar con el acusado enfrente, de manera que uno lo veía más alto, como si fuera enorme y poderoso.
Más atrás se ubicaba el acusador, en este caso acusadora, mi hermana.
Ella contó su parte y yo traté de defenderme solo pero no pude. Atiné decir “Sr. Juez, no me pude contener”. Dada mi confesión, el juez dictó sentencia como en las películas de la televisión, golpeando una antigua llave de hierro muy grande que tenía sobre la carpeta de papeles, como si fuera el martillo de madera. Me aplicó la pena principal que consistió en pedirle perdón a mi hermana “pero de corazón”, lo que así hice y otra accesoria, convenida con la parte acusadora, que consistía en “jugar con ella y cuidarla” toda la tarde. Creo que ya les había dicho que yo era más grande, pero esa parte del castigo realmente me resultaba muy pesada.
Pedí hablar con el juez pero a solas y me fue concedido. Esperamos a que mi hermana se fuera cerrando la puerta, lo que hizo con dificultad. Mi padre la miró de ese modo que nunca voy a olvidar, porque también lo hizo muchas veces conmigo. Esa forma tan de él, tan de papá de mirarnos.
Luego se sentó a mi lado, dispuesto a escuchar.
-No voy a poder, Anita habla y yo no le entiendo y vienen esas otras chicas vecinas y me dicen cosas y gritan. No voy a poder, me voy a escapar.
-La sentencia no se puede cambiar, en eso habíamos quedado- dijo con pretendido rigor.
-¿Vos querés cumplir o simplemente pensás que no vas a poder?
-Yo quiero cumplir papá…
-Mmm… bien, eso es lo que cuenta.
-Pero creo que no voy a poder…
Mi padre se levantó y entró al laboratorio detrás de la farmacia, lugar que siempre estaba cerrado y al que teníamos prohibido entrar mis hermanos y yo. Vaya uno a saber que cosas extrañas sucedían allí dentro, pero nunca entré, se los juro. Bueno, cuando fui grande si.
Al cabo de un rato volvió con un frasco de vidrio marrón en la mano.
-¿Sabés que son éstas? -Preguntó con un tono misterioso que aún recuerdo. Moví la cabeza negando saber cuál podría ser el contenido de aquel frasco.
Sacó de allí unas grageas rojas -Son píldoras mágicas- dijo y agregó -En el caso en que quieras hacer algo bueno y creas que no vas a poder, te pueden ayudar. Se quedó como esperando mi respuesta. Me dí cuenta que tenía que decidir solo.
Tuve mis dudas, pero al final asentí. El no me iba a dar algo que me hiciera mal.
-Tomá una sola. No la mastiques, tenés que tragarla entera –y me acercó un vaso de agua mientras yo miraba de reojo la puerta cerrada del laboratorio.
Solo sé que le pregunté -¿Por qué es roja?
-El rojo es el color de lo posible -dijo.
No entendí, pero tampoco le pregunté nada más. Por fin la tomé.
Me pareció que al principio no pasaba nada.
Mi padre me preguntó -¿Sentís algún efecto?
Yo dudé, pero pensando en lo que habíamos hablado y ante la mirada sonriente de él, le dije que me parecía que iba a poder hacer lo de mi hermana. Y así fue, pasé la tarde cumpliendo el castigo. Recuerdo lo que ella le dijo a papá después: “Marito parecía un señor grande. Se portó muy bien”. Esa noche traté de descubrir en qué consistía la magia de la pastilla roja pero al final me dormí.
Otras veces también apareció la pastilla, una cuando me dio vergüenza actuar disfrazado de soldado de la independencia para un acto del colegio. Otra, cuando no quise hacer los deberes “una hora sin levantarme de la silla” y otras que ya no me acuerdo. Siempre funcionaron, parecían infalibles.
Papá me decía que la receta era secreta y que solo funcionaba conmigo. Javier, mi hermano más grande, me dijo una vez que si quería hacer alguna cosa mala y no me animaba, también podía tomar la pastilla y eso me dio miedo. A veces tuve dudas, pero no dije nada. Siempre confié en papá.
Poco tiempo después le dije que ya no quería tomar más de esas pastillas y a él no pareció molestarle, solo dijo, con una expresión que no entendí, como si mirara más allá de mi “Bien, entonces desaparecerán para siempre”. Y desde ese día nunca más las vi.

Años después lo recordábamos: -Papá, no sabés cuánto extraño aquellas pastillas mágicas ¿Te acordás? No sé si tomar un crédito o esperar a cobrar esos honorarios que nunca me terminan de pagar.
-Me había olvidado de aquellas pastillas de chocolate.
-¡De chocolate! Nunca me lo habías dicho. Ah, por eso no podía morderlas.
-¿Acaso no las habrías tomado si hubieras sabido lo qué eran?
-Siempre me pregunté cómo se te ocurrió esa historia.
-Era solo un pequeño empujón que necesitabas.

Lo que mi padre nunca supo, ahora que ya no está y que también tengo hijos, es que sigo pensando que esas pastillas, eran verdaderamente mágicas.