domingo, 8 de febrero de 2009

La mano tendida

Casi nadie hablaba con Adolfo. Por lo menos no se podía hacer directamente sin exponerse a recibir un puñetazo en los lugares en donde dolía más. Los golpes en la cara eran los peores porque la vista de la sangre que probablemente se escapara por la boca o la nariz, era una invitación para que los preceptores preguntaran por el causante y eso tenía un castigo aún peor, que él mismo se ocupaba de retribuir después.

Lo único que se podía hacer era dirigirse a sus laderos y pedir una “audiencia” que casi nunca concedía. Era la forma de demostrarnos a todos los chicos de aquel orfanato que él era el más fuerte y por lo tanto a quién más debíamos temer, aún más que a los castigos de los preceptores.
Y allí estaba yo pidiendo hablar con el, en el recreo largo después del almuerzo, en aquel sol de enero de 1962 -que en Buenos Aires suele tener de cómplice a la humedad- tratando de hablar con uno de sus compinches, guardaespaldas o lo que fueran. Guardianes que no necesitaba pero que lo hacían ver más poderoso y por lo tanto más temido.
La tercera negativa de “audiencia” -creo que fueron tres, si- hizo que me decidiera. El estaba allí en un rincón del patio, con un ángulo de visión perfecta para controlarlo todo; para ver los movimientos de cada uno de los trescientos y tantos internados del instituto. Tenía siempre en las manos un silbato atado con un cordón rojo que hacía girar en el aire y que, con estudiada seguridad, guardaba en el bolsillo delantero de su camisa arremangada, antes de asestar a quien fuera, el primer puñetazo aleccionador.
Caminé hacia él, ante la mirada incrédula de sus laderos, quienes supongo que me compadecerían por las consecuencias de hablarle o apenas sostenerle la mirada por más tiempo del que Adolfo mismo determinaba en cada caso; tiempo que solía ser breve y de consecuencias contundentes.
Creo que es necesario aclarar que el tipo era excepcionalmente fuerte y me llevaba más de dos cabezas de altura, además de tener dieciséis años, tres más que yo. Ya nomás verle el cuello como el de un toro, hacía que los golpes anticipados por la imaginación doliesen más aún que los reales. Además parecía llevar los antebrazos tensos como para disparar la mano cerrada hacia donde fuera necesario.
Era consciente de su fortaleza y realmente la tenía, vaya que si. Yo sabía defenderme bien pero a su lado parecía débil y mal alimentado. Además, a esa edad, a uno le parece que los más grandes tienen mundos de experiencia que los más chicos no hemos descubierto. En realidad la mayoría de los que estábamos allí no teníamos nada de mundo, salvo el especial, cercado y olvidado del instituto en el que vivíamos. Pero había alguien que no encajaba en ese patrón y era precisamente Adolfo. Él se había escapado y estado dos semanas afuera. Lo habían perseguido como si fuera un asesino peligroso y finalmente lo habían encontrado, con un cigarrito en la boca, en un puesto del Mercado de Abasto, mientras cargaba una bolsa, dicen que de zanahorias. Si no lo hubieran descubierto de improviso, seguro que se les escapaba. Justo por eso quería hablar con él. Era el único que lo había hecho y no había dicho cómo ni por dónde. Todos decían que le habían pegado para que hablara y que las marcas que tenía en la espalda eran por eso; varas de madera o correas de cuero que no habían logrado hacerlo hablar. Eso le agregaba un aura extra que lo convertía en alguien distinto, temido pero admirado. No importaba que lo hubieran atrapado después.
Cuando me recibió lo hizo sin comprender mi atrevimiento. Y me preguntó, casi sin entonación interrogativa -Qué queres.
Y yo, como no tenía mucho que perder -ya sabía lo que me iba a costar- le dije –Tengo que hablar con vos. Quiero preguntarte algo.
Miró alrededor -allí donde nadie parecía estar mirando pero desde donde surgían todas las miradas, agazapadas, temerosas o aparentemente distraídas- y dijo -mejor te vas- levantando un poco el tono, como para que lo escucharan todos.
En ese momento me acordé del papel arrugado que tenía en el bolsillo y tuve el valor suficiente para decirle simplemente “No”.
Creo que fue más la sorpresa que la sensación de desafío lo que lo llevó a hacer lo que muy pocas veces hacía, me agarró del cuello de la camisa. Creo que incluso me levantó algo del piso y me miró tratando de descubrir qué tenía yo en mente.
Luego de un rato, vaya a saber qué cosas pasaron por su cabeza, me dijo –Pulga, más te vale que desaparezcas de acá ya mismo porque…
-Desde ese momento siempre fui para él “Pulga”. Pero le respondí -No. Tengo que hablar con vos.
Me soltó y creo que antes de que llegara al piso me dio un puñetazo en el estómago con el que terminé en el suelo. Me ahogaba, pero no era la primera vez que recibía un golpe así. En esos lugares la sobrevivencia a los golpes es una de las primeras cosas que se aprende.
Todos ahora miraban sin disimulo lo que pasaba. Adolfo buscaba a algún preceptor que lo hubiera visto pero no lo encontró.
Yo tardé unos segundos en recuperarme. Parecía que nadie se movía e incluso que todos los sonidos inevitables en un patio hubieran cesado, como si alguien hubiera desconectado el volumen de una de esas películas que nos pasaban allí de vez en cuando.
Me levanté y mirándolo a los ojos, a pesar de mi estómago, le dije. –podes molerme a palos si queres pero tenemos que hablar. La cara de Adolfo decía que su paciencia se había agotado. No se desafiaba a Adolfo de esa manera.
Trató de asirme nuevamente de la camisa. Esta vez no fue deliberadamente al cuello sino que me tomó instintivamente de donde pudo. Lo hizo desde el bolsillo de mi camisa desde donde asomaba el papel; el que me había dado valor para llegar hasta ahí.
Al notarlo, lo sacó y dijo teatralmente, como había hecho al principio –A ver qué tiene éste acá.
Creo que me hubiera dejado matar por ese rectángulo blanco y escrito con prolija cursiva.
Me acuerdo que grité, agarrado por esa mano que parecía de acero. Pensaba que ese papel era lo más valioso que tenía, lo único valioso en realidad -¡Devolveme eso! ¡Dame ese papel! Creo que me soltó para evitar que alguien pudiera ver que yo le gritaba. Además era evidente que tenía curiosidad de lo que podía significar aquella nota. Esa clase de cosas no se le escapaban.
Miró hacia todos lados y sentenció en voz baja –En el baño de arriba, diez minutos después de que apaguen las luces, hoy a la noche.
Todos volvieron a hacer como si nada hubiera pasado. Pero algo había pasado. Yo estaba “vivo” todavía y solo había recibido un puñetazo. Adolfo miraba a todos provocadoramente como diciéndoles “Acá no pasó nada. Sigan haciendo lo que sea que tengan que hacer” pero un observador atento hubiera notado que me siguió con la mirada preguntándose quién sería y qué tramaba aquel chico que se le atrevía de ese modo.
Yo estaba feliz, poco me importaba saber cómo iba a salir del dormitorio por la noche con los celadores dando vueltas para llegar hasta el baño. Ni siquiera estaba seguro de lo que iba a hacer Adolfo pero había logrado lo que quería: que me escuchara. Lo que venía después ya se vería.
Fueron la inconsciencia y la ansiedad las que hicieron que pegara un salto de la cama unos segundos después de que se apagaran las luces del dormitorio, un barracón interminable y oscuro, me vistiera rápido, abriera la puerta y corriera hasta el baño casi como un autómata. Allí me escondí en donde pude. Recuerdo todavía los pasos que se acercaban mientras el goteo de decenas de canillas mal cerradas hacía que no pudiera prestar atención a nada más que a esos ruidos desacompasados.
Luego de un rato la puerta se abrió. El corazón me latía cada vez con más fuerza. Si me descubrían no iba a tener otra oportunidad para hablar con Adolfo.
-Veo que viniste- Fue lo primero que dijo saliendo de la oscuridad y después siguió. -Que sea la última vez que me hablas así delante de todos porque… porque no va haber próxima vez. Me parece recordar que me mostró el puño cerrado.
-Si me decis lo que quiero saber no va a haber próxima vez- le dije.
No podía ver bien su cara pero, la curiosidad jugó bastante bien el papel que tenía asignado en aquella ocasión.
-¿Qué es eso que tenías anotado en el papel? Es la letra de Alicia, la Secretaria del Director y ella no anda por ahí dando mensajes a los internos.
-Si, es de ella- le respondí. Lo averiguó para mí, nos llevamos bien. El se quedó esperando más que eso y le dije.
-Quiero que me digas cómo te escapaste porque tengo que salir.
-Estás loco y no se porqué no te muelo a palos acá mismo. Bueno, no es el mejor momento, después me molerían a palos a mi ¿Qué pensas que soy, una monjita de la caridad? ¿Para eso me hiciste venir? Creía que ese papel tenía la dirección de algo importante
-Si, para mi es importante.
Adolfo me miraba dudando entre patearme o irse. No hizo ni una cosa ni la otra y se quedó allí parado.
Hablaba para mi mismo cuando le dije monocorde -Sé que te escapaste por una ventana de arriba. Nadie sabe más que eso pero lo voy a intentar de todas maneras esta misma noche. Ahora.
-No vas a poder bajar. Son dos pisos hasta la calle.
-No importa, me las voy arreglar.
Él seguía sin entender lo que había pasado y me dijo sin que sonara desafiante –No lo vas a hacer. No te vas a animar. Y se fue.
A pesar de que hacía calor, recuerdo que sentí frío. Me creí solo como nunca lo había estado. Solo entre cientos de personas a las cuales no les importaba nada de mí y el único que podía ayudarme se acababa de ir. En realidad, él no tenía porque hacerlo. Cada uno pensaba en si mismo allí, no tenía por qué importarle lo que a mi me pasara.
Entonces creí comprender que tenía que intentarlo, a pesar del castigo si me encontraban. Recordé lo que decían que le habían hecho a Adolfo pero no me importó.
Tenía que llegar hasta esa ventana del piso de arriba. Todo parecía desierto pero la escalera estaba al final de un largo corredor. Una vez que saliera de mi escondite no tendría donde ocultarme, tampoco sabía si alguien estaría vigilando allí, al final del pasillo.
Caminé tan despacio como pude, escuchando los propios pasos y mi respiración. No vi a nadie. La escalera fue fácil. La ventana que buscaba no tenía rejas. Tenía que ser esa.
Desde allí no se veía nada más que la cornisa que llegaba hasta la esquina del edificio con el muro que daba a la calle enfrente, a una distancia considerable.
Pensé que tal vez, si llegaba a la esquina caminando por la cornisa, podría encontrar por donde bajar. No tenía miedo pero no veía nada. Subí al alféizar de la ventana, desde allí mis zapatos viejos parecían amoldarse a la angosta cornisa de mampostería gastada y sucia del otro lado. Si caminaba bien pegado a la pared, tal vez podría lograrlo…
Y fue así que resbalé -las palomas no solían dejar allí nada demasiado sólido- y mi mente se anticipó a la caída hacía algún lugar allá abajo.
Cuando ya me preparaba para lo peor, la mano de acero que ya conocía me tomó del brazo como si levantara una pluma.
Miré la oscuridad bajo mis pies y la cara de Adolfo mientras él me subía sin esfuerzo hacia la ventana. Allí preguntó ¿Qué es esa dirección del papel?
Yo le respondí -Es donde posiblemente viva mi madre.
Él cambió la cara perturbado. Algo como eso le pasaría a cualquiera de los internados. Casi ninguno conocía a sus padres. Adolfo tampoco...
-Ya te había dicho que estabas loco ¿No es cierto Pulga? Eso queda en la provincia de Misiones, a medio país de aquí.
-No me voy a quedar. Voy a ir aunque no sepa donde queda ese lugar ni vaya a haber nadie que me sostenga en el próximo resbalón.
Él miraba confundido, hasta que -nunca pude comprender porqué lo hice- le dije –Veni conmigo.
El miró me miró fijamente a los ojos, luego hacia abajo, parecía recordar cosas. Luego fijó sus ojos en algún lugar indeterminado, en la oscuridad del interior del edificio, como buscando a qué aferrarse para negarse a la propuesta y finalmente dijo: -Seguime y hace exactamente lo que te diga. Sacate los zapatos… -Y otra serie de instrucciones. Recuerdo bien que me caían las lágrimas, creo que él nunca lo notó.
Y así nos escapamos.
Caminando juntos en la oscuridad de la calle desierta a esa hora, iluminados por los faroles que se bamboleaban por el viento. Parecíamos hermanos que volvían de alguna aventura. Eso era precisamente lo que acababa de empezar.
Nos fuimos los dos a buscar a mi madre.
No hubo pacto, ni condiciones, simplemente nos fuimos. Nunca hubiera imaginado las cosas que tendrían que pasar antes de saber algo de ella.
Pero esa es otra historia.

martes, 27 de enero de 2009

Monstruos

Estar solo en el piso de abajo de su casa durante una noche de tormenta, no era una de las cosas que más le gustaran a Lisandro. Pero ahí estaba, jugando con sus autos en la alfombra gastada de la sala de estar.
A través de la ventana, los relámpagos iluminaban el patio. El agua que mojaba la ventana, parecía deslizarse lentamente sobre la superficie del vidrio, proyectando extrañas sombras sobre las cortinas semitransparentes.
Laura estaba arriba, viendo televisión, una película de esas de amor. Lisandro no entendía qué podría tener de entretenido ver a una pareja darse besos y hablar durante toda la película y que no pasara nada más. Era muy aburrido. Además su hermana, mucho más grande que él no iba a cambiar de canal. A veces no le gustaba tener cinco años. Nadie parecía hacerle demasiado caso.
De todas formas no estaba muy tranquilo sentado en la alfombra y mirando de reojo la ventana ocasionalmente iluminaba. Trataba de contar los segundos desde el repentino aparecer de esa luz blanca y el trueno. Su padre le había explicado que el tiempo transcurrido entre la luz y el sonido indicaba la lejanía del relámpago y que incluso se podía calcular la distancia en donde había caído. Sería entonces terrible ver y escuchar el fogonazo al mismo tiempo. Probablemente fuera algo equivalente a la muerte. O por lo menos así lo pensaba el.
Otra cosa que le preocupaba era que los truenos no lo dejaban escuchar aquellos otros ruidos, menos estridentes pero no por ello menos peligrosos: el sonido de los monstruos.
Tenía miedo a los monstruos. Nunca había visto uno de verdad pero si en las películas. Su madre le había dicho una vez, lo recordaba bien, que los monstruos no existían. Las palabras exactas que había usado eran “…Hay animales peligrosos e incluso personas malas, pero monstruos como esos que te dan miedo, no existen”. Se lo había dicho mostrándole de dónde venían los ruidos que temía: una madera chirriante, por ejemplo, o un gato que caminando por el patio parecía -en una corrida fugaz- alguien que deliberadamente pretendía asustarlo. ¡Y cómo lo lograba!
Un día vio que el cielo se había puesto negro, como si absorbiera toda la luz. Una capa de nubes espesa avanzaba y se tragaba el sol. Y después vino el viento y la lluvia, pero ningún monstruo.
Ahora, los relámpagos se sucedían unos a otros y las gruesas gotas golpeteaban en las ventanas, no podía más que repetirse como si quisiera convencerse de que fuera cierto: “Los monstruos no existen” “Los monstruos no existen”. Tal vez ignorándolos con esa repetición de sonidos podría espantarlos. Pero ¡Qué tonto era! Cómo iba a espantarlos si no existían. Trató de seguir jugando con los autos, uno azul y otro, ambos iluminados por los fogonazos del cielo. Le pareció que esa luz fría y blanca podía llegar a quemarlo. Otro relámpago. Esta vez la distancia entre la luz y el sonido eran menores. No quería pensar que los rayos se acercaban a él. No, no quería.
Ya no podía alejar los ojos del ventanal del patio porque en ese momento se apagaron todas las luces de la casa. Se quedó quieto. Otro trueno le indicó que la única luz que le permitía ver a su alrededor era la que venía del cielo. Se quedo allí, con la vista hacia arriba, mirando esa ventana que le daba miedo. Estaba pensando que ese momento no era el mejor para recordar a películas de terror pero algo que vio por una fracción de segundo -lo que duró ése relámpago- lo paralizó. Bajo el resplandor casi enceguecedor, algo descendía en el patio.
Una figura muy alta, como un pájaro gigante y deforme, se posó allí, una vez que terminó de plegar unas alas como de murciélago.
El sudor y la duda hicieron esos segundos interminables. Otro relámpago mostraba aquello frente al ventanal, como con una especie de capucha que probablemente escondiera unos malignos ojos atentos.
-Los monstruos no existen- se dijo, aunque el latido del corazón le decía lo contrario. Intentó pararse pero no pudo.
-Los monstruos no existen. Tendría que gritar para que viniera Laura. Si esa cosa llegara a entrar, probablemente me mataría pero no lo va a hacer porque no es real. Tiene alas y puede llevarme también pero los monstruos no existen. Si viene Laura también la matará a ella. No debería gritar entonces.
Otro relámpago mostró a aquella figura como abalanzándose sobre el vidrio.
Su maestra le había dicho también que ellos no existían. Quería salir corriendo y esconderse. Tenía miedo y no se podía mover.
Solo escuchaba la lluvia y su respiración.
-¿Lisandro dónde estás? ¡Se cortó la luz! -Gritó Laura, que había bajado lentamente por la escalera y se acercaba a la ventana.
Pero a pesar de todo lo que rondaba su cabeza y el peligro en el que se encontraría también su hermana, se puso de pié al abrirse de golpe el ventanal evidentemente mal cerrado. El viento hizo que la cortina le tapara la cara. Todo estaba oscuro, el agua lo mojaba y le cerraba los ojos hasta que el siguiente relámpago hizo que lo viera.
Frente a Lisandro estaba esa figura que ahora veía bien. Las alas verdes y la capucha se balanceaban hacia él.
-¿Lisandro? ¿Por qué estás afuera? ¡Lisandro, no me asustes! -decía su hermana muy cerca. Lo pudo ver a la sombra de algo oscuro y verdoso.
Lisandro miraba a su enemigo, mientras ambos -su monstruo y él- se mojaban en la lluvia.
-¡Lisandro entrá que te estás mojando! ¿No tenés miedo?
Sin siquiera darse cuenta de que se estaba empapando, él le respondió: -Ya no.
Lo que allí había era una especie de toldo que se había desprendido de alguna ventana cercana por efecto del viento, hasta engancharse con un cable en el patio.
Un monstruo que había sido derrotado por Lisandro.

domingo, 11 de enero de 2009

Los sentenciados

Subía la cuesta empinada de la duna que iba hasta aquella cabaña veraniega con la mochila al hombro y la respiración agitada, que señalaba su furia más que el resultado del ejercicio forzado. Se enjuagó el sudor de la cara que fue a parar parte a su bermuda y parte a la arena caliente que la sorbió como un alcohólico al último trago de la botella o tal vez como lo hace un niño amamantado que toma con fuerza el pecho indefenso de su madre.
Las sandalias se atascaban en la subida y los ojos mostraban el aire salvaje que siempre había tenido, ahora fogoneado por la pasión. Gritó para descargar todo lo que pasaba en su interior. Parecía que la brisa espesa de la tarde quisiera frenarlo, removiendo su pelo y su barba. Ella todavía no lo había visto pero si lo hubiera hecho, solo hubiera reconocido del Tomás que conocía, esos dientes blancos y parejos que brillaban aún más con el alarido, un quejumbroso sonido que se profiere mirando hacia arriba, al cielo, para que lo escuche quien lo tiene que escuchar y si fuera posible el resto del universo. Así fue ese grito esforzado, duro como las rocas de la playa.
La puerta de madera barnizada, cubierta a medias por la luz que golpeaba de lleno sobre el techo, los árboles y los sillones de madera, era el último límite -ahora casi etéreo- que lo separaba de Marina.
Ella lo vio llegar con el acompasado entrar y salir del aire de su pecho, tenso y mojado, traspasando el algodón negro de lo que tenía puesto. Pero no se detuvo en el detalle de la vestimenta. No en el puño en alto, ni en la mandíbula tensa y levemente temblorosa. No.
Los ojos, la mirada de Tomás, eran un abismo negro que encerraba muchas cosas que ella no hubiera querido ver y que estaban allí. Era inútil retirar la cara para evitar que la imagen se fuera, como quien trata de escapar del flash de una cámara fotográfica que golpea con el velo de una momentánea capa de niebla brillante. Allí estaba todo y ella desnuda ante él. Un despojo distinto, el que no se puede ocultar con la ropa porque esas cosas no pueden taparse, tal vez si con alguna mentira que no estaba dispuesta a decir.
Él ya sabía. No importaba cómo, ni quién. Y no lo iba a negar. Para qué si era cierto. Y escuchó aquellos gritos desaforados e implacables, que le sonaban con más fuerza al ver los brazos velludos y bronceados por el sol que se alzaban hacia ella como las garras de una fiera.
-¡Por que tuviste que acostarte con ese tipo! ¡Vos sabés lo que estás traicionando! ¿No te importa que digan que sos una puta?- y muchas otras cosas. Pero no cualquier cosa. Así era Tomás.
Era como un potro bien entrenado y como un jinete experto. Galopaba cuando era necesario, soltando la rienda para correr por la playa, como habían hecho los dos muchas veces entre la espuma blanca que volaba desparramada entre las patas veloces de los caballos. Pero cuando era necesario, el antebrazo fuerte que ella había acariciado incontables veces, jugando con los caminos que formaban esa venas hinchadas, entrecruzadas en aquel peculiar dibujo, ponía el ritmo justo al paso, manteniendo a voluntad la marcha. Por eso, no decía lo que no quería decir. No le estaba diciendo que era una cualquiera, ni que lo había traicionado a él, no. Y eso era una de las cosas que amaba de ese hombre. El sabía que había palabras irremediables de las que no se vuelve, caminos que no tienen retorno. Pero ahora había otros senderos posibles.
Tomás la tomaba por el cuello y la presionaba en aquel grado justo, solamente conocido por ellos dos, antes de que la fuerza se convirtiera en otra cosa, en algo oscuro.
Ella inmóvil, escuchaba y pensaba. Su cuerpo además le había ordenado que derramara lágrimas que mojaban la mano de él.
-¿Por qué? ¿Por qué?- Le preguntaba Tomás que ya no podía decir más que eso. Había explorado en su interior las posibilidades que se le habían ocurrido: Que él tal vez no fuera suficiente para ella. Que simplemente lo había tomado como una aventura o que… otro montón de cosas que no lo conformaban en absoluto porque ya sabía la respuesta y la consecuencia.
Allí como estaba, con la cabeza echada atrás, el pelo aclarado por el sol y esos ojos que dejaban de ser azules para mostrar inmediatamente otras cosas, Marina parecía indefensa. Y lo estaba. Ahora él se sentía capaz de ahogarla con sus propias manos.
Con ese traje de baño celeste y el pañuelo enorme y colorido que usaba como falda, sus largas piernas parecían no sostenerla.
No entendía por qué no le respondía, que no se rebelara, que no le exigiera que la soltara. ¿Acaso ella iba a dejar que la ahogara? ¿No se iba a defender de lo que podía ser fatal?
Pero Marina seguía siendo fiel a si misma, dejando que la explorara por dentro, entregando todo lo que era, aún esas cosas que ella hubiera querido ocultar en los meandros del alma, en la mayoría de los casos accesible solamente a otra clase de luz.
Ella habló y dijo –apenas como un formalismo- que, en aquella época, todavía ninguno de los dos estaba seguro del otro, Que había tenido miedo y que había sido débil. No dijo -aunque sabía que de todas formas no hacía falta- que aquel otro hombre en cierta forma la había contenido.
Tomás dijo: -Vos sabías que ya estaba decidido. Deberías haberlo sabido.
La supuesta fatalidad de aquel error de apreciación ya no podía cambiar lo que sabía que iba a hacer desde el momento mismo de entrar en la cabaña. Ella lo miró esperando lo irremediable.
Afuera todavía estaba sobre la mesa el sombrero de paja que ella usaba y la mochila que él había dejado antes de entrar.
Como si nada pasara o nada pudiera alterar aquel orden, las olas que se veían desde lo alto de aquel médano, dibujaban sus líneas blancas de espuma extendiéndose por ambos lados hasta donde se perdía la vista.
Las golondrinas iban y venían a sus nidos en los parantes del techo, indiferentes a lo que ocurría detrás de la puerta cerrada.
Él se había sentado y su respiración se hacía más lenta. Ya no la miraba. Su vista se había perdido, vagando por los entresijos de lo que desde hacía unos minutos ya era pasado.
Marina con la delicadeza de la que era capaz, puso su mano sobre la cabeza de él y la dejó, casi inmóvil, flotando en aquel pelo oscuro.
Tomás le dijo entonces -¿Por qué apenas me tocás y no enredás tu mano en el pelo cómo lo hacés siempre?
La sentencia había sido pronunciada.

viernes, 2 de enero de 2009

Maira

El haz de luz azul del sellador eléctrico avanzaba lentamente sobre la piel sintética de la mano de Maira, quien miraba fijamente como iba desapareciendo el plástico sobrante de la reparación.
-Ya es la tercera vez. Antes nunca te pasaba esto- le dijo Hugo mientras trabajaba sobre el dorso rosado de aquella mano izquierda, sin levantar la vista.
-Me distraje al desenchufar algo en la cocina, Hugo. Una chispa me alcanzó. Pero no me dolió.
Hugo la miró inexpresivamente. El cable del aparato eléctrico que había visto estaba chamuscado de una manera nada habitual.
Los ojos azules de Maira bailaban mientras decía: –Estuve tratando de contar como lo hacía tu hija y pude llegar hasta cuatrocientos billones doscientos mil setecientos treinta y uno. Ahí lo dejé.
-¿Para qué hiciste eso? ¿Cuánto tardaste? –dijo Hugo con una mueca que bien hubiera podido pasar por una sonrisa.
-Me acordé de que a eso jugaba tu hija María. Tardé toda la noche mientras dormías. Y no me pareció divertido.
Hugo recordó en un instante a María, a Sonia, su mujer y al virus inexplicable que las había arrasado junto a miles de personas hacía diez años.
También recordó a María, su hija, aprendiendo a contar.
Hacía unas semanas que Maira tenía un comportamiento extraño y le hablaba insistentemente de su hija. Además habían empezado esas quemaduras accidentales. Había revisado los sistemas de diagnóstico y no había visto nada anormal.
Le había hecho la última actualización en el año 2087, solamente dos años atrás, aumentándole la capacidad de los bancos de memoria varias veces más que el modelo original de fábrica, además de otras mejoras menores. Como jefe de investigaciones de Sistemas de Rostro Agradable, pudo hacerse un modelo casi a medida.
Maira lo ayudaba con todo lo de la casa, que le parecía más grande desde que su mujer y su hija no estaban.
Revisó el dorso de la mano de Maira y dijo –Como nueva. ¿Será la última vez? Era conciente que una máquina no podía cometer ese tipo de errores. Modelos casi similares e incluso menos sofisticados los había en la medicina. También Eran pilotos de vehículos de transporte y hacían otras áreas en las que demostraban la inexistencia de errores. Salvo algunos de programación. Y eso aún seguía siendo humano, claro.
-Habláme más de María.
-Ya te he contado todo de ella, Maira.
-Tiene que haber más.
-En tu programación puse todo lo que pude recordar.
-Pero tiene que haber más –dijo Maira con una voz que denotaba cierta impaciencia.
-No hay nada más. María vivió solamente doce años.
-Es que no es suficiente… Debe faltar algo. Yo he leído…
-¿Qué leíste?
-En los libros los padres abrazan a sus hijos y los besan; les cuentan cuentos antes de dormir, los llevan a la playa. También los alientan cuando se desaniman y se complacen con ellos cuando hacen las cosas bien.
-El agua no te hace bien y no necesitás estudiar. Ya sabés lo necesario.
Maira lo miraba con esos ojos que parecían verdaderos -aunque diferentes de los de su hija- mientras le decía: –Pero yo no puedo llorar como en los recuerdos que tengo.
-No tenés esa capacidad. ¿Para que querrías hacerlo?
-¿No te gustaría que me pareciera más a ella?
Hugo no le respondió.
-Ya sé que no puedo ser ella, pero pensé que te gustaría que me pareciera más porque sino, no puedo entender por qué me diste sus recuerdos.
-Sos una buena compañía, Maira –dijo Hugo.
-Si, lo se. Sobre todo cuando cae el sol y oscurezco las ventanas para que puedas ver el mar sin que te moleste el sol y me siento en la alfombra para hablar como lo hacía ella.
Todo eso era cierto. La casa estaba construida sobre un acantilado a ochenta kilómetros de Mar del Plata. La vista desde la sala amplia le permitía ver el mar hasta el horizonte.
-Así está bien Maira, todo está muy bien. No hay nada que pueda querer que no estés haciendo.
Ella se retiró diciendo que estaría en la cocina.
Pasó la tarde y después de la cena que Maira había preparado, Hugo se fue al pequeño laboratorio en el sótano para estudiar unos nuevos prototipos de piel artificial que le habían llegado. Los podría probar con Maira. Tal vez fueran más resistentes a la electricidad. Luego de unos minutos de estar allí la luz se cortó. El generador de emergencia se encendió y el panel de la pared le indicó con una alarma sobre un cortocircuito en la cocina y la activación del sistema de incendio.
Al llegar vio el resplandor de fuego reflejado en el techo y a Maira en el piso con un cable en la mano, de la que salían fuego y humo blanco. Ella decía –“¿Qué más puedo hacer?” “¿Qué más puedo hacer?” hasta que de pronto ya no habló.
Hugo, desconectó la energía, pero ya era tarde.
¿La pena que sentía era por ella o por si mismo?
¿Hasta dónde se podía forzar al destino? A él no le había bastado con las fotografías o filmaciones de su hija. Quería un poco más. ¿Era eso? ¿Solo un poco más?
Entonces recordó a Xania, la robot con los recuerdos de Sonia, su mujer, que tuvo ese accidente fatal, al caer por el acantilado hacia el mar.

domingo, 21 de diciembre de 2008

La hora del perdón

-Hola Luis ¿Fuiste a la oficina?
-Hace tres semanas que no voy, ya sabés. Hoy me sentía un poco mejor.
-Últimamente salís poco...
-Fui a ver a Oscar Kraft.
-Ah... ¿Cuanto tiempo pasó de aquello? ¿Diez, doce años?
-Si, doce, más o menos.
-¿Cómo te recibió? ¿Te trató bien?
-Me hizo esperar cuarenta y cinco minutos. La secretaria dijo que estaba ocupado.
-Podría haberte hecho pasar antes.
-María, tal vez estaba ocupado en serio. Además no todo el mundo tiene por qué saber que tengo cáncer y que me estoy muriendo. Me hubiera gustado incluso que siendo mi mujer nunca te enteraras.
-Voy a hacer de cuenta que no oí eso Luis.
-Lo que pasó cuando trabajaba con él fue por mi culpa.
-No todo. Pero ¿Para qué fuiste?
-Para pedirle perdón.
-Ese impulso tuyo de querer arreglar cuentas con todos ahora…
-Si, siento que tengo que hacerlo. Tal vez sea algo egoísta porque nace a partir de una necesidad mía y no demasiado por lo que pueda haberle pasado al otro.
-Si vas a pedir perdón, no creo te exijan mucho más que las palabras…
- No te burles, es en serio. Por ahí se sintió afectado de alguna manera.
-No me burlo. No creo que le haya importado mucho. Se habrá olvidado pronto después de que renunciaste. El tipo era bastante duro.
-Eso parecía pero sé que no era así. Una vez me dijo… Nada, no importa.
-¿Qué te dijo?
- No tiene importancia.
- Bueno, si empezaste a contarlo, terminá de hacerlo, por favor.
-Me dijo, con esa forma medio solemne que tenía para hablar “Yo a usted lo quiero”.
-Uh. Te iba a hacer la broma respecto a las preferencias del tipo, pero mejor no.
-Mejor no. Te acordás que en ese entonces yo recién estaba empezando en aquella empresa y pensaba que el cargo de gerente me quedaba grande. Acabábamos de resolver un asunto bastante delicado y en uno de los pasillos de la fábrica mientras caminábamos él me dijo eso y después, supongo que para no sentirse incómodo, comentó algo así como que era bueno que el gerente general y el de un área se llevaran bien. Fue raro porque siempre nos tratamos así, de usted.
-¿Y qué le dijiste?
-Nada. Entendí bien lo que significaba eso y no lo iba a arruinar con algún chiste fácil.
-No lo ibas a arruinar porque en ese momento el tipo era como tu viejo.
-Habíamos quedado en que yo me casaba con vos pero no con tu parte de psicóloga ¿No? Pero ahora da igual. El asunto es que después empecé a exigirle cosas que él no tenía que por qué hacer. No por mi causa, por lo menos. ¿A mi qué me importaba que el tipo que hiciera negocios raros con uno del Directorio o que anduviera con la secretaria? Todavía me acuerdo de la foto que él tenía en el escritorio con los tres hijos. En realidad lo de los negocios nunca lo supe con certeza… y además no era cierto.
-¿Cómo que no era cierto? ¿Cómo lo sabés?
-Porque me lo acaba de decir. Los negocios los hacía el Director y él lo ayudaba con los contactos. Pensaba tener un respaldo si las cosas se ponían difíciles.
-¿Te lo dijo él? Fue una especie de confesión. Vaya… Bueno el respaldo no le sirvió, el también se tuvo que ir de allí.
-Creo que lo hizo para que quedara claro que yo estaba equivocado, nada más. -Tal vez. Lo de reprocharle el asunto de la secretaria, ya ves, no estuvo tan mal. Cuando la mujer se enteró no le hizo ninguna gracia. Me la encontré hace unos días, esta sola, según me dijo.
-Pero no era la manera, María. Al fin y al cabo yo no era nadie. Oportunidades para decirle las cosas de otra forma no faltaban. El me contaba mucho. Lo que pasa es que yo era joven o más bien, más inmaduro que ahora.
-Lo decís como si tuvieras setenta años y tenés treinta y ocho. Tiene sentido querer que los padres, reales o no, sean mejores. Vos querías que él fuese mejor.
-Puede ser… pero yo también podría haber sido mejor. Metí la pata muchas veces.
-Ahora me vas a decir que vos y la secretaria esa…
-No.
-Ah.
-Y si hubiera pasado no te lo hubiera contado. Para qué. Pero ese no es el punto. Quise arreglar algo y por eso fui a verlo.
- Yo a vos no tengo nada que reprocharte. Creo que lo sabés.
-Mmm... Una vez me limpié las manos con grasa del auto en las toallas de hilo del baño chiquito.
- Si, ya lo sabía. Las tiré. Las manchas no salieron.
-Nunca me dijiste nada.
-¿Para qué? Recuerdo bien todo lo que había pasado ese día. No te iba a agregar más problemas por unas toallas, por muy bonitas que fueran.
-Gracias mi amor.
-De nada. Bueno y cómo siguió lo de Kraft.
-Después de contarme lo de los negocios de los directores, se levantó a acompañarme a la puerta. Se lo veía cómo abatido o abrumado. No entendí bien.
-¿Pero que te contestó cuando le pediste perdón?
-Que tenía que seguir trabajando. Se levantó y me acompañó a la puerta.

Ella rememoró toda aquella conversación de hacía tres semanas mientras trataba asimilar lo que le había dicho Oscar Kraft allí, en el entierro de Luis.

-La última vez que vino a verme no me animé a decirle que le agradecía muchas cosas que había hecho por mí, María. A pesar de los problemas yo… lo… apreciaba. A la semana de su visita fui a pedirle perdón a mi mujer y… bueno ahora decidimos vernos seguido. Quien sabe.
- Se lo ve muy bien Oscar. Gracias por venir
-No gracias a él. No sabía que estaba enfermo, no me lo dijo… No dejes de llamarme si necesitás algo. Lo que sea.
-Gracias.

Mientras un montón de imágenes y sentimientos encontrados la aturdían, María pensó que Luis no se había equivocado.

miércoles, 8 de octubre de 2008

Escape

-¿Y que le vas a decir a Darío? -dijo Irene mientras terminaba de zurcir un pantaloncito azul gastado y remendado muchas veces en el mismo lugar.
-No sé, no me preguntes. –fue la respuesta de Rubén, apartando la cara y apretando los puños como dos mazas, sin darse cuenta.
-Deberías haber pensado antes de… hacer eso que hiciste –dijo la mujer como en un reproche inusual en ella.
-Tendría que haber pensado muchas cosas antes de hacerlas –respondió él mirándola esta vez a los ojos de una manera casi salvaje y con un sentido inequívoco.
-Ella acusó el golpe pero sin moverse siguió dando puntadas a la tela. No pudo evitar, lo habría intentado de haber sido posible, que se le escaparan dos lágrimas, que finalmente apartó como queriendo que desaparecieran y que él no notara.
-Soy un animal –pensó Rubén- Cómo le voy a hacer creer que me arrepiento de estar con ella.
La única persona que en su vida lo había acompañado en las buenas y en las muchas malas estaba allí sentada, llorando.
Irene nunca le había gritado, ni lo había acusado de nada, ni le había dicho que era torpe como otras, simplemente lo había querido así como era. La única que podía serenar su furia contenida con un silencio o que entendía sin que él explicara nada.
Finalmente le dijo, parándose a mirar por la ventana hacia la calle mal iluminada –No me hagas caso. Sabés cómo soy– Nunca le había pedido perdón a nadie. Esa era la manera más parecida que tenía de hacerlo.
La mujer lo miró allí parado. A pesar de que le había dolido lo que había dicho, sabía que la quería. Eso había sido solo una demostración de que estaba nervioso y que lo que venía era terrible para él, para todos. La figura de su espalda enorme, recortada por la luz de mercurio de afuera, le devolvía la imagen de un hombre casi derrotado.
Antes le había dicho que se bañara y se afeitara para dar mejor impresión. Además le había planchado la única camisa decente que le quedaba. Una celeste lisa que ella le había comprado.
En ese momento se preguntó por qué lo quería. Y allí frente a ese hombre no demasiado alto, pero muy fuerte, se daba cuenta que junto a él tenía una indescriptible sensación de protección y seguridad, desde la primera vez que lo había visto, cómo si nada pudiera pasarle estando a su lado.
Siempre se había asombrado al ver esas manos enormes tocarla, cuando sabía que podían herir y hasta matar… y acaso lo habían hecho. Tal vez lo que los otros temían de él fuera lo que ella más quería ¿Estaría loca por eso?
Pero todo se iba a acabar en media hora o menos. Se quedaría sola, sola con su hijo de cinco años. Sola… sola…
Empezó a temblar y tomó conciencia de que su mano fría había pinchado con la aguja a la otra. Una gota roja y pequeña comenzaba a crecer allí. No fue consciente del quejido que dejó escapar pero él si.
Rubén se acercó y al ver la sangre, a pesar de la mortecina luz que dejaba ver la mesa vacía, le tomó la mano, y puso la pequeña herida en su boca.
Ella casi podría decir que la había curado de muchas maneras porque esa sensación de protección volvió a ella casi de inmediato. Y le pidió que la abrazara pero deliberadamente no le quiso decir “por última vez”.
El tiempo pasaba y él era consciente de eso.
Rubén le besó la frente hasta que le dijo –Traélo a Darío.
-Ella no dijo nada y fue a buscar al chico.
El se arrodilló para estar a la altura de su hijo.
-Papá ¿Te vas a ir?
-Si.
-¿Cuándo vas a volver? Los chicos de la escuela dicen que vas a ir a la cárcel porque sos malo.
Nunca se había considerado a si mismo de ese modo. Había aprendido desde chico, de quien lo había criado, que la gente mala era la que hacía cosas malas y ahora, de boca de su hijo, se veía como un mal hombre. Tal vez si se hubiera dado cuenta antes de robar aquella primera ferretería o de matar al guardia… Hubiera querido que nada de eso hubiera pasado pero era tarde y ahora había hecho lo que creía mejor para ellos dos. Quería que estuvieran bien y además apartarlos de él para no hacerles daño. No, no encontró nada en su vida que le interesara, salvo esas personas que estaban allí.
-Darío, solo quiero que recuerdes una cosa. No importa lo que te hayan dicho ni lo que te digan. Tenés que saber que te quiero -y lo abrazó. El abrazo fue tan fuerte que casi podría haberle hecho daño. Pero ni él ni su hijo fueron conscientes de eso.
-Papá, yo también te quiero mucho y te voy a esperar para siempre.
Rubén escuchó aquellas palabras como si fueran una pequeña esperanza y en cierto modo una forma de escape, distinto a los otros que había vivido.
Le hizo a Irene una seña para que se lo llevara, como habían quedado, a casa de una vecina. La policía llegaría en cualquier momento. El la había llamado para entregarse y no quería que Darío viera todo.
Al ponerse de pie, respiró profundamente. Lo que había decidido hacer era duro, tal vez jamás regresaría. Pero ahora tenía fuerzas para enfrentarlo.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Dejar el mar

Apoyado en la baranda de popa de aquel buque, veía como se alejaban la estela espumosa y el sol hacia la ciudad que había dejado ya por cuarta o quinta vez. Liverpool no era tan atractiva, como la mujer que había conocido allí.
El día anterior a embarcar, todo había girado en torno a una foto que Bridget, una inglesa de ojos verdes y tal vez algo rolliza para los cánones rioplatenses, había querido darle y que había rechazado. La imagen la mostraba en la puerta de la tabaquería de sus padres. El castaño de su pelo parecía pelirrojo al ser atravesado por el sol esquivo de aquella ciudad.
Había rechazado la foto con el argumento de que no le gustaban. Cada vez que miraba una no percibía la alegría, el frío, ni la pena tal vez oculta tras una cara aparentemente apacible. Lo que ocurría realmente en el momento exacto en que la película capturaba esos fortuitos rayos de luz, decía él, no estaba presente.
Sin creerle del todo, ella había buscado en los bolsillos interiores del gabán que llevaba puesto como ahora, para ver si en llevaba la foto de algún familiar o de otra mujer y desmentir aquella idea. El recordaba incluso la sensación de plácida desnudez que le había producido que lo palpara, allí sentados como estaban en un Pub con poca luz y olor a humo de cigarrillos baratos.
Su cara barbada había sonreído por la cálida proximidad que ella le había provocado con esa espontánea revisión, pero enseguida apartó una idea de su mente.
Toda esa charla respecto de las fotos había sido una excusa. Poseer esa imagen era recordarla más de lo que estaba dispuesto a aceptar hasta ese momento.
Ya tenía treinta y cinco años y sabía que había llegado el tiempo de establecerse en algún lado. Ser marino mercante pasando tres meses en Buenos Aires y el resto del año vaya a saber dónde, había contribuido a que no tuviera prácticamente a nadie que lo esperara de la manera que ahora echaba en falta, aunque a veces lo negara.
Había prometido amores, regalado anillos, incluso una vez había elegido iglesia en varios puertos. Por supuesto que nada se había concretado.
Por eso había tenido que abandonar la ruta del Mediterráneo y pasarse a la del Atlántico Norte y ahí es cuando apareció Bridget.
En un principio, trato de evitar los bares del puerto para no repetir historias, pero a ella la había conocido comprando tabaco en un negocio de King Street.
El viento transversal que había empezado a soplar, hacía que el barco se moviera un poco, como arrastrándose pesadamente sobre el mar indeterminadamente grisáceo.
Nunca se habían prometido nada. Pero ella siempre parecía haberlo esperado al volver su barco a puerto. Por eso el rechazo de aquella foto de una inglesa de ojos verdes, que quería una casa e hijos.
Ya no quería estar solo. Dejaría el mar. Abrochó su gabán y subió el cuello que se confundió con la barba.
Si se lo propusiera, probablemente Bridget vendría con él a Buenos Aires. El aceptaría aquel empleo en la Naviera y buscaría algún lugar más grande para vivir.
¿Pero en qué estaba pensando? Había evitado la foto para no recordarla y ahora la estaba evocando casi involuntariamente.
El viento sopló más fuerte, las manos comenzaron a enfriársele y las introdujo en los bolsillos del abrigo. La derecha tocó algo y lo sacó. Era una postal de Liverpool, de King Street, que reproducía una pintura al estilo de los artistas parisinos de Montmartre. La miró con detenimiento. La dio vuelta. Estaba fechada el 6 de septiembre de 1962, el día en que se habían despedido en el muelle. Tenía escrita una breve frase con letra de ella y decía “Para que no te olvides de Liverpool”.
Miró al horizonte y al cielo sobre él, donde ya habían comenzado a asomarse algunas estrellas pálidas.
Finalmente, pensó en que ya no podía hacer otros planes.