martes, 21 de abril de 2009

El llanto de los perros


Esto fue publicado en el taller literario virtual del Blog de María C. La consigna era utilizar la frase “Cabezón, cebate un mate” en el texto y salió esto que bien puede estar en este blog, para compartirlo con ustedes si es que no lo han leído.

Sentado frente a la pava, el Chango observaba las formas cambiantes del vapor que parecía amenazarlo creciendo hacia el techo, mientras trataba de imaginar qué decirle a ella cuando volviera.
La tensión en sus ojos enrojecidos, el fuego, el humo de la leña y la ginebra, creaban una nebulosa imagen amarillenta y movediza sobre las encaladas paredes.
Aquel rancho, casi invisible desde el camino vecinal, se derramaba en dirección opuesta al sol que se iba yendo, vacío de nubes, por el oeste.
-¿Por qué la Negrita se empecina en llevarme la contra? Si sabe que me tiene agarrado y que me pongo como loco cuando se va a la mañana a la estancia de enfrente. Ahí están todos esos peones que la miran y piensan quién sabe qué cosas. Como si yo no me diera cuenta o no me importara. ¿Para qué trabaja? ¡Si no necesita nada! ¡Seguro que quiere comprarse trapos! Ya sabe que a mi me gusta así, limpita nomás y que me da igual lo que se ponga.
Lobo ladraba afuera y rasguñaba la puerta con la pata derecha desde hacía horas, según le pareció a él. -¡Callate perro del demonio! ¡Te voy a dar en el hocico con el cinto si no te vas!- El perro enderezó las orejas al oírlo pero siguió con su quejido desacompasado que por momentos confundía al hombre, como si escuchara un llanto humano.
-Que no me venga con que no le digo que la quiero. ¿Le parecerá que hace falta? Pucha que me da calor decírselo…
-Aquella vez que la encontré hablando no se qué macanas con el puestero aquel y le pegué, después le pedí perdón y le dije que la quería. ¡Rojo me puse de la vergüenza que me dio! No la pude mirar a los ojos en todo el día. Igual se ve que me perdonó en serio porqué al rato me dijo: “¡Cabezón, cebate un mate!” Me acuerdo de las paces… Si… -Por un momento, el hombre aflojó los puños apretados que desplegaban, sobresaliendo de la piel gruesa, un entramado de venas hinchadas. Bajo esas manos, y en la mesa sin pintar, podía ver las vetas retorcidas de la madera, como caras humanas deformes que lo miraban con muecas murmurantes o acusadoras.
-¡Al mediodía, comiendo solo, a veces me imagino que anda por ahí tirada en un catre con alguno de esos tipos! ¡Tu macho soy yo carajo! ¡Que se atreva a negarlo! Pero no puede. Nunca va a poder… -Su cara de orgullo al pensar aquello, le hubiera dicho más a su mujer que esas pocas palabras ahora gritadas- ¿Sabrá que me saco la bronca que me provoca hachando troncos? Ya tenemos leña de sobra para todo el invierno por su porfía.
El perro seguía con su ladrido disonante. El Chango apuró otra ginebra. Si hubiera podido ver a través de la botella parda de barro cocido, se habría dado cuenta de que apenas quedaba un sorbo más y después nada.
-No entiende, no se da cuenta de que no soporto que mire a otros hombres, que les hable. Desde hace unos días, ya no puedo sacármela de la cabeza ni un minuto cuando no está. Sabe que el pensar en que tiene cerca a otro me vuelve loco. Lo sabe bien. Pero igual discute como esta mañana y se quiere ir. Encima me llora y yo como un sonzo aflojo y la dejo que se vaya.
Que quiere la plata para no se qué cosas, dice. Hiervo por dentro, me ciego y tampoco la puedo escuchar. Ni me acuerdo si hoy le grité o algo… En cambio cuando vuelve, cuando vuelve… ella sabe que soy otro. Negrita no te vayas más ¡No te me vayas…! -Se agarró la cabeza con las dos manos revolviéndose el pelo, moqueando.
Afuera el viento arrastraba el humo de la chimenea y al ladrido del perro, el que no había dejado de rascar la puerta hasta descascarar la pintura verde, acusando al azul anterior.
-¡Lobo salí de acá! ¡Te voy a dar con la hebilla! –El hombre se tambaleaba hacia la puerta, con los ladridos rompiéndole la cabeza, tratando de sacarse el cinturón de cuero al mismo tiempo.
Adentro y sobre la cama, estaba la Negrita. El techo parecía mirarle el cuello abierto, y el reguero viscoso y ya frío señalaba -allí en el piso de cemento- al hacha muerta desde la mañana.


Si la obsesión fuera amor
la muerte sería su acto.


Vill_Gates, Junio 2008.

lunes, 6 de abril de 2009

La mano tendida (2da. Parte)

Primera parte aquí

Caminaban en la oscuridad y su sombra se iba alargando a medida que se alejaban de los faroles que cadenciosos pendían de los cables en las bocacalles. El viento en las hojas de los plátanos hacía que Adolfo se detuviera confuso a escuchar si alguien los seguía. Así, ocultándose y mirando de a ratos para atrás en esa semipenumbra, se golpeó en donde la frente se mezcla con el pelo, contra el filo de un cartel de “prohibido estacionar”. La sangre comenzó a manar lentamente.
El Pulga, sacó de su bolsillo un pañuelo blanco -casi inmaculado y perfectamente doblado- y se lo ofreció a su compañero que miraba esa mano como escuchando dirigida a él. Miraba ese cuadradito de tela y luego a los ojos del Pulga como esperando una explicación que lo sacara de la ignorancia de aquel ofrecimiento desinteresado. En el Hogar esas cosas no pasaban.
-Toma esto, limpiate ahí- Le dijo el Pulga, que tuvo que señalarle la herida con el pañuelo. Finalmente Adolfo al tomarlo, no sin un gesto de desconfianza casi involuntario, le dijo -Tenemos que llegar al Mercado de Abasto y no queda muy cerca- Era cierto, pero el comentario respondió más a la incomodidad que a la necesidad del dato.
La sangre cesó de brotar. Ambos siguieron caminando -cegados por el amanecer- mientras llegaban a la zona del Abasto, evitando la transitada avenida Corrientes.
Los camiones cargados se agolpaban en las calles laterales del edificio que al Pulga le pareció gigantesco. Lo vio como un teatro, rodeado de artistas que se confundían en los verdes, amarillos y naranjas de las frutas y verduras que parecían moverse por si mismas, ocultando a quien las portaba.
Mientras se acercaban a una de las entradas, el Pulga escuchó entre los ruidos de la gente y sus cosas, un extraño fraseo musical que se colaba por entre los bultos. La música del instrumento encajaba perfectamente con aquel lugar. Se quedó ahí parado pensando, como si recordara, lugares que nunca había conocido, evocados por la música alegre pero melancólica que hacían nacer de unas teclas redondas y muy pequeñas, los dedos gruesos de un hombre. El intérprete era alto y fornido. De tanto en tanto interrumpía la interpretación para saludar, dibujando un gesto con su gorra, a alguna mujer que tal vez no conocía.
-Adolfo miró el efecto que la música causaba en su compañero y le dijo: - Es una verdulera.
Su interlocutor no comprendió y le dijo- ¿Cuál? Es que hay muchas mujeres en el mercado.
-No. Verdulera se llama el acordeón que está tocando- dijo Adolfo casi sin escuchar y señalando al intérprete a quien había venido a buscar.
Don Antonio, puestero legendario del mercado, ahora tenía empleados que despachaban la verdura por él; era viudo y su acento italiano no había desaparecido luego de cuarenta años de haber abandonado Nápoles. Adolfo conocía la historia de boca del protagonista, que lo había acogido como empleado en el puesto en su escapada anterior, antes de que lo encontraran.
Se acercó, entre el espacio que le dejaba la música de aquel instrumento que había empezado a conocer y se puso frente a frente al hombre.
El músico al verlo, terminó la melodía con un melancólico y cadencioso fine.
-¡Adolfo! –gritó entusiasmado.
-Por favor don Antonio, que esta vez no quiero que me agarren.
Al ver esa herida dijo el hombre -Vamos a que te vean la testa.
-Es que no estoy solo, vengo con alguien del hogar también…
-Ajá- dijo el italiano con los brazos en asa por detrás del acordeón, mirándolos como si hubieran hecho una travesura sin importancia por el hecho de haberse escapado. Miró al Pulga y le preguntó: -¿Cómo te llamas?
-Marcos- respondió con mal disimulado pudor el Pulga, como si se hubiera desnudado algo de su alma allí mismo, en la calle, delante de todas esas personas desconocidas. Hacía mucho tiempo que nadie le preguntaba su nombre.
Don Antonio se acomodó la gorra y les hizo una seña con la mano para que lo siguieran.
Al llegar a la casa que Adolfo conocía, les dijo que esperaran allí. Ellos se sentaron en los sillones de hierro forjado del patio rodeado de jazmines del país que florecían y crecían en las paredes, sin que el dueño de casa las hubiese regado o podado jamás. El aroma suave y dulzón hizo que se quedaran dormidos, lo que duró poco. No habían pasado más que diez minutos y don Antonio ya estaba allí con una mujer de mas o menos la misma edad que él, con un vestido celeste y una bolsa en la mano. Tenía el pelo rubio rojizo atado por detrás en una trenza que le rodeaba la nuca y sus rellenas mejillas sonrosadas se hinchaban más aún con la risa de su saludo. Después de escuchar los nombres de los chicos decidió que Marcos se llamaba “Marco” y lo siguió llamando así.
Le preguntó a Adolfo, que a todas luces parecía el mayor de los dos -¿Son hermanos? La pregunta tomó por sorpresa a los chicos, sobre todo a Adolfo que tratando de no quedar expuesto ante la pregunta de una persona extraña, respondió: Si es mi hermano- y al mismo tiempo atraía bruscamente al Pulga hacia él, de manera que sus brazos chocaron, mientras dejaba la mano en el brazo opuesto de Marcos.
Si hay algo que Marcos jamás pudo olvidar fue ese gesto, más allá de las palabras. La mano casi de hierro de Adolfo que conocía muy bien, esta vez en una actitud que le era desconocida.
Adolfo tomó conciencia de la situación, nunca había tenido un gesto semejante con nadie, y soltó a Adolfo, ante la risa contenida de don Antonio. Marcos quedó disimuladamente conmocionado y escuchó aturdidamente que la Sra. Ornella, así se llamaba la mujer, que les habló sobre un desayuno y que curaría la herida de Adolfo.
Ambos fueron a la casa de la mujer que estaba pared por medio y se sentaron en silencio a desayunar, café con leche, pan con manteca y dulce de leche, en cantidades extraordinarias para ellos.
Don Antonio volvió al mercado y ante la insistencia de la mujer en que descansaran en una de las habitaciones de sus hijos que ya grandes se habían ido de allí, se derrumbaron en las camas.
Marcos se despertó horas después y no vio en la cama de al lado a Adolfo. Se levantó con cierta inquietud, abrió la puerta que daba a uno de los patios. Allí estaba él, hablando con don Antonio pero no quiso acercarse
-No tenía usted porqué hacer esto, Don Antonio –dijo Adolfo.
-Hijo no es nada. Cuando te llevaron me dio mucha pena. Además no había terminado de enseñarte a tocar mi acordeón…
Adolfo rió y lo corrigió diciendo –Verdulera, don Antonio- mientras miraba el “Anconetani” de la marca escrito en el instrumento.
-Si, es cierto que te lo había explicado…
-Don Antonio, nos tenemos que ir… Necesitamos la plata.
-No creas que me olvidé. Las deudas son las deudas. Hoy no se habla de eso, se quedan en mi casa hasta mañana –lo dijo con un tono imperativo, señalando el piso del patio con el dedo índice– Si llega a pasar algo, saltan por la pared a lo de Ornella. Esta noche comen y duermen como Dios manda en mi casa— agregó al final.
A la noche la comida fue copiosa como el desayuno y Adolfo se dio cuenta que entre esos dos viudos había algo más que una mera vecindad y se alegró por Don Antonio ¡Cómo le costaría dejar ese lugar! Después se fueron a dormir temprano. Adolfo le dijo antes a Marcos: -Acá está tu pañuelo, la señora lo lavó.
-Gracias. Ahora Adolfo empezaba a pensar en el misterio del origen del pañuelo ése, tan blanco, de la misma manera en que Marcos pensaba en el silbato que Adolfo llevaba colgado del cuello.
-Pulga, lo de que somos hermanos que dije cuando vino la señora Ornella, en fin… yo… Vos sabés que no es verdad… lo que quise decir es que… Bueno… –Adolfo hablaba moviendo los puños cerrados pegados a su cuerpo, como inmovilizado por un enemigo más poderoso que él.
-Está bien. Lo entendí. No me tenés que explicar nada.
A Marcos no le importaba lo que Adolfo acababa de decir. El otro gesto era lo que le había quedado grabado.
A la mañana siguiente fueron con don Antonio, no sin antes desayunar y después despedirse de Ornella, al puesto en el Abasto. El hombre tomó un puñado de billetes de un cajón y le dijo a Adolfo –Esto es por tus dos semanas de trabajo acá y… esto otro a cuenta para cuando vuelvas.
Adolfo tragó antes de poder responder, con mucho esfuerzo -Muchas…gracias. -Les va a servir para ese viaje largo que tienen que hacer. Ambos se dieron la mano.
Marcos no pudo captar la fuerza del apretón de manos. Luego el hombre también le estrechó la mano a él y después se fueron.
Caminaron por allí, con el alma más iluminada aunque no sin un dejo de tristeza.
Los pasos se hicieron cortos a medida que se alejaban por esas calles llenas de olores frutales, y de cajones de madera, en donde se escuchaba la música de un acordeón melancólico, en un vals que había empezado a tocar un verdulero italiano en un puesto del mercado.
Nota: Si quieren leer una historia verídica del Acordeón Anconetani, hagan click en el nombre arriba.

domingo, 29 de marzo de 2009

Los visitantes

Laguna Grande había tenido un opaco esplendor, antes de que los trenes dejaran de llegar. Ya no quedaban, ni en el recuerdo, las formaciones que habían corrido por las vías cargando algodón, tabaco y pasajeros que -también ellos- habían desaparecido de los andenes como el polvo que se lleva el viento.
El camino desde la ruta, de unos tres kilómetros de tierra apisonada, parecía haberse ensanchado por el tránsito de las camionetas de los canales de televisión, algún diario y de no pocos curiosos que venían desde pueblos vecinos.
La plaza central, perfecto cuadrilátero, tenía como contrincantes al banco y al cine. Como impasible árbitro, San Martín se lucía en una estatua de a pié. Es que Laguna Grande nunca había llegado a ser un pueblo rico como para permitirse una estatua ecuestre en bronce del general libertador.
Los pocos pobladores que quedaban allí se reían del nombre de su localidad. No sabían a cuál laguna se refería porque no había ninguna en cien de kilómetros a la redonda. Ni se habían tomado el trabajo de averiguarlo. En realidad, no les importaba, ahora que casi ya no vivía nadie, salvo ellos, tan pocos, que casi podían contarse con los dedos de las manos.
Dos perros dormían en el medio en la calle 25 de mayo frente a lo que había sido una venta de maquinaria agrícola. Se sentían molestos por tener que levantarse ocasionalmente por el desusado tránsito de molestos vehículos.
El cine estaba cerrado y el banco era ahora una confitería que por esos días estaba repleta. Alcira y Mateo se esforzaban en atender a toda esa gente que ya se había dado cuenta de que allí faltaban por lo menos dos o tres personas más para servirlos como era debido. Los dos trataban de contrarrestar el mal humor con una sonrisa, pero no lo conseguían. De todas maneras la gente no tenía otro lugar adonde ir y el café no era tan malo.
A un par de tiros de piedra de allí, la estación de tren abandonada servía de refugio a un periodista que no se resignaba al polvo que su traje oscuro mostraría en el noticiero de las nueve de la noche. Entrevistaba a Braulio, un ex peón rural que gesticulaba contando: –Yo solamente vi las luces. Pero don Atanasio, que en paz descanse, llegó a contarme que había escapado de ellos.
-¿Cómo se los describió?
-Y mucho no dijo porque se murió.
-¿Le contó algo de su experiencia en cautiverio?
-No, no me habló nada de ese lugar Cautiverio que usted dice.
Sobre la vereda de la plaza, Alcira ofrecía sus especialidades regionales: Dulce de calabazas, de moras, higos confitados y panes caseros -“que amasé con mis propias manos”- según les contaba a sus nuevos clientes, mientras ellos le preguntaban sobre los visitantes. Ella respondía con monosílabos mientras contaba las monedas del cambio y guardaba celosamente los billetes con que le habían pagado.
En un desvencijado banco de la plaza un hombre de un diario regional trataba de hilar una historia coherente frente a un papel que veía borroso. La botellita de whisky casi vacía le había nublado bastante más que la vista y esta vez le costaba mucho redactar. Siempre se había jactado de que con dos o tres hechos –que eran lo de menos- podía crear una crónica atrapante y creíble. Pero el sol y la bebida no le estaban jugando una buena pasada esa tarde.
En la cuadra siguiente, una reportera demasiado rubia y de tacos altos, se quejaba de que el almacén, el único que había, no tenía el agua mineral que ella solía tomar. Miraba una ristra de chorizos de campo como si fuera una serpiente que la amenazaba con la rugosidad oscura de su piel. Ramírez, el dueño, logró convencerla de que no iba a encontrar esa bebida en otra parte y aprovechó para venderle otra marca. Ella se fue tratando de evitar que sus tacos se hundieran en la calle de tierra.
El hotel estaba repleto. Delia había tenido que pedir prestadas sábanas a sus vecinas. La mayoría eran de colores muy vivos y no se correspondían con sus respectivos juegos. Ella pensaba que mientas todo estuviera relativamente limpio no habría quejas.
Al entrar en las habitaciones, los pasajeros no podían dejar de notar el olor a encierro y al limón de un desodorante de ambientes, de los más baratos.
En lo que había sido un comedor, las luces iluminaban a una mujer que no parecía sentirse incómoda con las cámaras y los micrófonos.
-Aquí tenemos en exclusiva a la Sra. Bermúdez que conocía estrechamente a quien comenzó con los avistamientos y que luego murió en circunstancias aún no explicadas ¿Podría decirnos lo que le dijo él antes de morir? –preguntó el entrevistador.
-Bueno, yo era su vecina –respondió la mujer con un gesto cómplice y mirando a la cámara- El me contó que vio la bola de luz y que era muy grande. Si, muy grande. Apareció detrás de los eucaliptos a la entrada del pueblo.
-¿Por qué no hay marcas en el campo de ese aterrizaje?
-Es que Atanasio me dijo que la bola flotaba en el aire a unos metros, por eso debe ser que no se nota nada.
-¿Le hizo referencia a los extraterrestres?
-Bueno si, que lo habían querido llevar. Estaba asustado. Acá todos creemos que eso fue lo que lo mató. El susto. O tal vez algo que le hicieron ellos –diciendo esto último con un cierto dejo de aprensión.
La mujer continuó hablando y los que estaban detrás de la cámara la escuchaban atentos, especialmente los habitantes del pueblo, congregados para asistir a la función, algunos de los cuales asentían con la cabeza como si escucharan a un niño recitando una poesía cursi en un acto escolar. Uno de ellos le hizo un chistido y ella dijo –Ah si. Quería aprovechar para llamar la atención de las autoridades de la zona para que asfalten el camino. En caso de una emergencia no podemos ir al hospital zonal, especialmente los días de lluvia en que todo se hace un barrial espantoso.
El entrevistador pensaba en buscar una parte de terreno chamuscado para mostrar una imagen del supuesto lugar del aterrizaje. Pensaba que, en todo caso, resultaría fácil encender un poco de combustible en alguna mata de pasto por ahí y enfocar la cámara.
La viuda Ortega cocinaba un puchero de gallina para los tres arrendatarios de habitaciones de su casa porque el hotel estaba lleno. No podía disimular su sonrisa. Pero estaba exhausta. Había corrido al pobre animal toda la mañana hasta poder atraparlo. Desplumarlo le llevó varias horas.
En la plaza, alguien de un diario interrogaba a los vecinos y todos repetían las mismas palabras, que habían visto la luz fulgurante en la noche, que conocían al pobre Atanasio y que creían que su muerte estaba relacionada con los extraterrestres. Alguno se animó a decir que le parecía que eran perversos, fogoneado por las preguntas del periodista que buscaba quien le dijera que desde ese pueblo se urdía una invasión extraterrestre, lo que sería un excelente titular para leer por la mañana, mordiendo una tostada de pan con mermelada.
A la noche, la rubia de los tacos salió a fumar un cigarrillo a la puerta del hotel. Miraba al cielo estrellado casi extasiada y preguntaba en voz alta un poco para si misma y otro poco para el camarógrafo gordo que la acompañaba -¿Habrá vida ahí arriba en el espacio? Es decir, ¿Gente como yo? El camarógrafo pensó, exhalando el humo de su cigarrillo, sin responderle, que sería mejor que no existiera esa clase de vida allí arriba.
Y la Sra. Bermúdez lloraba para una radio la suerte de su amigo muerto, especulaba sobre los extraterrestres y la bola de luz, mientras por dentro pensaba que esa historia que todos los vecinos habían inventado, podría prolongar la vida agónica de ese pueblo por un tiempo más, a costa del pobre Atanasio que se había muerto de viejo y nada más.

lunes, 9 de marzo de 2009

Vasos de cristal

Nota: Para escribir lo que van a leer aquí hice algo nuevo. Me propuse escribirlo como si fuera una mujer y de la edad de mi madre. Ella tiene más de setenta años. Y salió esto, que tiene un estilo levemente diferente a lo que suelo escribir.
Menos el nombre de la protagonista, lo demás de la historia es  real. En realidad la creación absoluta no existe. Pero eso es otra historia...


Cada vez que camino por esa cuadra me parece verla, vestida con un impermeable negro y sus pasos cortos, como si escapara de algo, tal vez de la lluvia.
No sé cómo comenzamos a ser amigas. Bueno, amigas. En realidad más bien esa clase de personas que de alguna manera coinciden en la vida por motivos tangenciales, como en este caso, los de vecindad.
Me acuerdo que la conocí cuando mi madre, ya mayor, se mudó a aquel departamento de la calle Austria.
Luisina vivía en el piso de abajo y ya era un personaje. Algunos la llamaban “la loca esa”. Creo que la máxima transgresión de la que pudieron acusarla fue la de cruzar al almacén en camisón con el impermeable encima y nada más, defecto imperdonable para los encargados de los edificios de mirada ociosa. Luisina no gastaba. No podría decir que fuera tacaña tampoco. Tal vez la infancia la fue moldeando para caer en esa trampa inevitable de la clase media que consiste en pensar siempre y solamente en el futuro.
Si me invitaba con algo, lo hacía en tasas irrompibles o en vasos de plástico, de esos que señalan casi inequívocamente de una u otra forma que la vida pasa por un período de provisionalidad. Los vasos “buenos” estaban guardados y eran buenos de verdad, de cristal.
Ella era enfermera y en un país como la Argentina llegar a tener varias propiedades siéndolo, no es tarea fácil. No invertía en su persona casi nada. Se vestía con ropa barata y con un gusto que no era el mío. Sin embargo todo en su casa parecía nuevo y sin uso, a fuerza de fundas en los sillones, alfombritas en los pisos plastificados y protectores en los picaportes dorados –“para que no se gasten con el uso”- decía.
En todo lo que fuera conseguir cosas más baratas para la casa era una experta. A fuerza de caminar, había dejado su departamento muy bien puesto. En eso sí que tenía gusto.
Luisina era así. Peso que tenía, peso que guardaba para poder comprar otra propiedad. Y se ve que los administraba bien porque llegó a tener tres departamentos. Por esa época, yo tenía una especie de inmobiliaria que consistía en el número de teléfono de mi casa y poco más. Llegué a ayudarla a alquilarlos varias veces. Nunca le cobraba comisión. No hubiera podido. Yo ayudaba a mi marido con lo que sacaba y podía darles algún gusto a los chicos de vez en cuando. No me faltaba nada y no le iba a andar cobrando sabiendo como era.
En un principio ella vivía con su madre que falleció al poco tiempo de conocerla. Además tenía una hermana que vivía en Curaçao.
Y no era fea. Si se hubiera vestido mejor y pintado, poniéndose algo de vida en la cara, habría perdido ese aire algo desteñido que la acompañaba. Nunca supe si había tenido un novio o algo parecido. Nunca me habló de nada de eso y nunca se lo pregunté. Tal vez le hubiera venido bien tener un gato pero ella no hubiese consentido un rayón en el piso ni una cortina de voilé rasgada. Tampoco parecía tener amigos o amigas. Me hablaba de alguna prima a la que nunca conocí. En el balcón encerado tenía muchas plantas que había criado a partir de gajos arrancados de por aquí y por allá.
Una vez me regaló una cartera. Fue una sorpresa porque además del gasto, le había acertado con el gusto. ¿Conocía mi estilo? ¿Sería acaso el de ella también y del que se privaba vaya a saber por qué motivos? Nunca lo supe.
Luego de unos años de conocerla empezó a sentir unas molestias en el brazo izquierdo. Ella no le daba importancia al principio. Mientras conversábamos se tocaba el hombro pero después continuaba como si nada. Después comenzó a inflamársele. A pesar de que se daba calor en la zona con una almohadilla que le insistí que se comprara, no parecía mejorar.
Es que al final, aunque venga disfrazado, el cáncer se presenta y lo hace como Greta Garbo cuando bajaba de aquellos autos y no se podía ignorar su presencia entre fotógrafos y luces.
Yo sabía de su enfermedad porque varias veces fuimos al especialista. Sin embargo ella parecía negarla. Pero sin artificio, con la naturalidad que la llevaba a decir: “voy a ir a visitar a mi hermana en Curaçao cuando me sienta mejor”, cosa que nunca hizo ni hubiera hecho de estar sana porque gastar en un viaje de ese tipo no figuraba entre lo que se permitía.
Un día me llamó para que la acompañara a su internación en el Hospital Rivadavia. La sorpresa vino porque, según me dijo una de las religiosas que cuidaban a los enfermos allí, nadie la había visitado en los cinco días que estuvo. Le aclaré que yo no era familiar. Con la sensación de estar mintiendo un poco le dije que era una amiga.
Cuando Luisina salió parecía estar un poco mejor y siguió con su vida. Iba a decir que normal para ella, pero creo que no soy nadie para juzgar si era normal o no.
Iba al hospital en donde trabajaba, administraba lo que tenía, y seguía con preocupaciones sobre la pintura de alguno de sus departamentos, persiguiendo a algún electricista que no había cumplido un trabajo y cosas así. Pero eso no duró.
La siguiente vez que fui con ella al hospital le pregunté al médico sobre el pronóstico de su enfermedad. Me dijo que no le quedaba mucho tiempo. Ella seguía hablándome como si todo eso fuera a pasar, como si estuviéramos tomando algo fresco en vasos de plástico y luego vinieran los de vidrio.
Volvió a salir pero no por mucho tiempo. En la última internación, ya nadie hubiera podido decir que no le pasaba nada. Llegó a decirme -De ésta no salgo ¿verdad?- No le respondí nada. Supongo que mi cara le habrá mostrado muchas cosas, no lo sé. Creo que le dije algo sobre si quería que le trajera un camisón más abrigado porque estaba haciendo frío.
Se murió sola en aquel hospital porque en ese momento yo no estaba acompañándola. Tampoco hubo muchas personas en su entierro en el cementerio de La Chacarita. Supongo que alguna de esas pocas mujeres que estaban serían la prima y alguna compañera del hospital.
Al poco tiempo viajó su hermana desde Curaçao. Era muy distinta a ella, parecía una mujer de mundo. Fumaba apoyando el codo es las caderas y se quedaba así mientras hablaba. No parecía interesada por el dinero que obtendría de las propiedades de Luisina.
Me dijo que su hermana le había contado sobre mi y me pidió que las vendiera por ella cuando la sucesión estuviera lista.
Y así fue, pero a ella si le cobre comisión. Antes fue desprendiéndose de las cosas que Luisina había juntado con tanto esmero.
A mi me quedaron los vasos de cristal.

domingo, 8 de febrero de 2009

La mano tendida

Casi nadie hablaba con Adolfo. Por lo menos no se podía hacer directamente sin exponerse a recibir un puñetazo en los lugares en donde dolía más. Los golpes en la cara eran los peores porque la vista de la sangre que probablemente se escapara por la boca o la nariz, era una invitación para que los preceptores preguntaran por el causante y eso tenía un castigo aún peor, que él mismo se ocupaba de retribuir después.

Lo único que se podía hacer era dirigirse a sus laderos y pedir una “audiencia” que casi nunca concedía. Era la forma de demostrarnos a todos los chicos de aquel orfanato que él era el más fuerte y por lo tanto a quién más debíamos temer, aún más que a los castigos de los preceptores.
Y allí estaba yo pidiendo hablar con el, en el recreo largo después del almuerzo, en aquel sol de enero de 1962 -que en Buenos Aires suele tener de cómplice a la humedad- tratando de hablar con uno de sus compinches, guardaespaldas o lo que fueran. Guardianes que no necesitaba pero que lo hacían ver más poderoso y por lo tanto más temido.
La tercera negativa de “audiencia” -creo que fueron tres, si- hizo que me decidiera. El estaba allí en un rincón del patio, con un ángulo de visión perfecta para controlarlo todo; para ver los movimientos de cada uno de los trescientos y tantos internados del instituto. Tenía siempre en las manos un silbato atado con un cordón rojo que hacía girar en el aire y que, con estudiada seguridad, guardaba en el bolsillo delantero de su camisa arremangada, antes de asestar a quien fuera, el primer puñetazo aleccionador.
Caminé hacia él, ante la mirada incrédula de sus laderos, quienes supongo que me compadecerían por las consecuencias de hablarle o apenas sostenerle la mirada por más tiempo del que Adolfo mismo determinaba en cada caso; tiempo que solía ser breve y de consecuencias contundentes.
Creo que es necesario aclarar que el tipo era excepcionalmente fuerte y me llevaba más de dos cabezas de altura, además de tener dieciséis años, tres más que yo. Ya nomás verle el cuello como el de un toro, hacía que los golpes anticipados por la imaginación doliesen más aún que los reales. Además parecía llevar los antebrazos tensos como para disparar la mano cerrada hacia donde fuera necesario.
Era consciente de su fortaleza y realmente la tenía, vaya que si. Yo sabía defenderme bien pero a su lado parecía débil y mal alimentado. Además, a esa edad, a uno le parece que los más grandes tienen mundos de experiencia que los más chicos no hemos descubierto. En realidad la mayoría de los que estábamos allí no teníamos nada de mundo, salvo el especial, cercado y olvidado del instituto en el que vivíamos. Pero había alguien que no encajaba en ese patrón y era precisamente Adolfo. Él se había escapado y estado dos semanas afuera. Lo habían perseguido como si fuera un asesino peligroso y finalmente lo habían encontrado, con un cigarrito en la boca, en un puesto del Mercado de Abasto, mientras cargaba una bolsa, dicen que de zanahorias. Si no lo hubieran descubierto de improviso, seguro que se les escapaba. Justo por eso quería hablar con él. Era el único que lo había hecho y no había dicho cómo ni por dónde. Todos decían que le habían pegado para que hablara y que las marcas que tenía en la espalda eran por eso; varas de madera o correas de cuero que no habían logrado hacerlo hablar. Eso le agregaba un aura extra que lo convertía en alguien distinto, temido pero admirado. No importaba que lo hubieran atrapado después.
Cuando me recibió lo hizo sin comprender mi atrevimiento. Y me preguntó, casi sin entonación interrogativa -Qué queres.
Y yo, como no tenía mucho que perder -ya sabía lo que me iba a costar- le dije –Tengo que hablar con vos. Quiero preguntarte algo.
Miró alrededor -allí donde nadie parecía estar mirando pero desde donde surgían todas las miradas, agazapadas, temerosas o aparentemente distraídas- y dijo -mejor te vas- levantando un poco el tono, como para que lo escucharan todos.
En ese momento me acordé del papel arrugado que tenía en el bolsillo y tuve el valor suficiente para decirle simplemente “No”.
Creo que fue más la sorpresa que la sensación de desafío lo que lo llevó a hacer lo que muy pocas veces hacía, me agarró del cuello de la camisa. Creo que incluso me levantó algo del piso y me miró tratando de descubrir qué tenía yo en mente.
Luego de un rato, vaya a saber qué cosas pasaron por su cabeza, me dijo –Pulga, más te vale que desaparezcas de acá ya mismo porque…
-Desde ese momento siempre fui para él “Pulga”. Pero le respondí -No. Tengo que hablar con vos.
Me soltó y creo que antes de que llegara al piso me dio un puñetazo en el estómago con el que terminé en el suelo. Me ahogaba, pero no era la primera vez que recibía un golpe así. En esos lugares la sobrevivencia a los golpes es una de las primeras cosas que se aprende.
Todos ahora miraban sin disimulo lo que pasaba. Adolfo buscaba a algún preceptor que lo hubiera visto pero no lo encontró.
Yo tardé unos segundos en recuperarme. Parecía que nadie se movía e incluso que todos los sonidos inevitables en un patio hubieran cesado, como si alguien hubiera desconectado el volumen de una de esas películas que nos pasaban allí de vez en cuando.
Me levanté y mirándolo a los ojos, a pesar de mi estómago, le dije. –podes molerme a palos si queres pero tenemos que hablar. La cara de Adolfo decía que su paciencia se había agotado. No se desafiaba a Adolfo de esa manera.
Trató de asirme nuevamente de la camisa. Esta vez no fue deliberadamente al cuello sino que me tomó instintivamente de donde pudo. Lo hizo desde el bolsillo de mi camisa desde donde asomaba el papel; el que me había dado valor para llegar hasta ahí.
Al notarlo, lo sacó y dijo teatralmente, como había hecho al principio –A ver qué tiene éste acá.
Creo que me hubiera dejado matar por ese rectángulo blanco y escrito con prolija cursiva.
Me acuerdo que grité, agarrado por esa mano que parecía de acero. Pensaba que ese papel era lo más valioso que tenía, lo único valioso en realidad -¡Devolveme eso! ¡Dame ese papel! Creo que me soltó para evitar que alguien pudiera ver que yo le gritaba. Además era evidente que tenía curiosidad de lo que podía significar aquella nota. Esa clase de cosas no se le escapaban.
Miró hacia todos lados y sentenció en voz baja –En el baño de arriba, diez minutos después de que apaguen las luces, hoy a la noche.
Todos volvieron a hacer como si nada hubiera pasado. Pero algo había pasado. Yo estaba “vivo” todavía y solo había recibido un puñetazo. Adolfo miraba a todos provocadoramente como diciéndoles “Acá no pasó nada. Sigan haciendo lo que sea que tengan que hacer” pero un observador atento hubiera notado que me siguió con la mirada preguntándose quién sería y qué tramaba aquel chico que se le atrevía de ese modo.
Yo estaba feliz, poco me importaba saber cómo iba a salir del dormitorio por la noche con los celadores dando vueltas para llegar hasta el baño. Ni siquiera estaba seguro de lo que iba a hacer Adolfo pero había logrado lo que quería: que me escuchara. Lo que venía después ya se vería.
Fueron la inconsciencia y la ansiedad las que hicieron que pegara un salto de la cama unos segundos después de que se apagaran las luces del dormitorio, un barracón interminable y oscuro, me vistiera rápido, abriera la puerta y corriera hasta el baño casi como un autómata. Allí me escondí en donde pude. Recuerdo todavía los pasos que se acercaban mientras el goteo de decenas de canillas mal cerradas hacía que no pudiera prestar atención a nada más que a esos ruidos desacompasados.
Luego de un rato la puerta se abrió. El corazón me latía cada vez con más fuerza. Si me descubrían no iba a tener otra oportunidad para hablar con Adolfo.
-Veo que viniste- Fue lo primero que dijo saliendo de la oscuridad y después siguió. -Que sea la última vez que me hablas así delante de todos porque… porque no va haber próxima vez. Me parece recordar que me mostró el puño cerrado.
-Si me decis lo que quiero saber no va a haber próxima vez- le dije.
No podía ver bien su cara pero, la curiosidad jugó bastante bien el papel que tenía asignado en aquella ocasión.
-¿Qué es eso que tenías anotado en el papel? Es la letra de Alicia, la Secretaria del Director y ella no anda por ahí dando mensajes a los internos.
-Si, es de ella- le respondí. Lo averiguó para mí, nos llevamos bien. El se quedó esperando más que eso y le dije.
-Quiero que me digas cómo te escapaste porque tengo que salir.
-Estás loco y no se porqué no te muelo a palos acá mismo. Bueno, no es el mejor momento, después me molerían a palos a mi ¿Qué pensas que soy, una monjita de la caridad? ¿Para eso me hiciste venir? Creía que ese papel tenía la dirección de algo importante
-Si, para mi es importante.
Adolfo me miraba dudando entre patearme o irse. No hizo ni una cosa ni la otra y se quedó allí parado.
Hablaba para mi mismo cuando le dije monocorde -Sé que te escapaste por una ventana de arriba. Nadie sabe más que eso pero lo voy a intentar de todas maneras esta misma noche. Ahora.
-No vas a poder bajar. Son dos pisos hasta la calle.
-No importa, me las voy arreglar.
Él seguía sin entender lo que había pasado y me dijo sin que sonara desafiante –No lo vas a hacer. No te vas a animar. Y se fue.
A pesar de que hacía calor, recuerdo que sentí frío. Me creí solo como nunca lo había estado. Solo entre cientos de personas a las cuales no les importaba nada de mí y el único que podía ayudarme se acababa de ir. En realidad, él no tenía porque hacerlo. Cada uno pensaba en si mismo allí, no tenía por qué importarle lo que a mi me pasara.
Entonces creí comprender que tenía que intentarlo, a pesar del castigo si me encontraban. Recordé lo que decían que le habían hecho a Adolfo pero no me importó.
Tenía que llegar hasta esa ventana del piso de arriba. Todo parecía desierto pero la escalera estaba al final de un largo corredor. Una vez que saliera de mi escondite no tendría donde ocultarme, tampoco sabía si alguien estaría vigilando allí, al final del pasillo.
Caminé tan despacio como pude, escuchando los propios pasos y mi respiración. No vi a nadie. La escalera fue fácil. La ventana que buscaba no tenía rejas. Tenía que ser esa.
Desde allí no se veía nada más que la cornisa que llegaba hasta la esquina del edificio con el muro que daba a la calle enfrente, a una distancia considerable.
Pensé que tal vez, si llegaba a la esquina caminando por la cornisa, podría encontrar por donde bajar. No tenía miedo pero no veía nada. Subí al alféizar de la ventana, desde allí mis zapatos viejos parecían amoldarse a la angosta cornisa de mampostería gastada y sucia del otro lado. Si caminaba bien pegado a la pared, tal vez podría lograrlo…
Y fue así que resbalé -las palomas no solían dejar allí nada demasiado sólido- y mi mente se anticipó a la caída hacía algún lugar allá abajo.
Cuando ya me preparaba para lo peor, la mano de acero que ya conocía me tomó del brazo como si levantara una pluma.
Miré la oscuridad bajo mis pies y la cara de Adolfo mientras él me subía sin esfuerzo hacia la ventana. Allí preguntó ¿Qué es esa dirección del papel?
Yo le respondí -Es donde posiblemente viva mi madre.
Él cambió la cara perturbado. Algo como eso le pasaría a cualquiera de los internados. Casi ninguno conocía a sus padres. Adolfo tampoco...
-Ya te había dicho que estabas loco ¿No es cierto Pulga? Eso queda en la provincia de Misiones, a medio país de aquí.
-No me voy a quedar. Voy a ir aunque no sepa donde queda ese lugar ni vaya a haber nadie que me sostenga en el próximo resbalón.
Él miraba confundido, hasta que -nunca pude comprender porqué lo hice- le dije –Veni conmigo.
El miró me miró fijamente a los ojos, luego hacia abajo, parecía recordar cosas. Luego fijó sus ojos en algún lugar indeterminado, en la oscuridad del interior del edificio, como buscando a qué aferrarse para negarse a la propuesta y finalmente dijo: -Seguime y hace exactamente lo que te diga. Sacate los zapatos… -Y otra serie de instrucciones. Recuerdo bien que me caían las lágrimas, creo que él nunca lo notó.
Y así nos escapamos.
Caminando juntos en la oscuridad de la calle desierta a esa hora, iluminados por los faroles que se bamboleaban por el viento. Parecíamos hermanos que volvían de alguna aventura. Eso era precisamente lo que acababa de empezar.
Nos fuimos los dos a buscar a mi madre.
No hubo pacto, ni condiciones, simplemente nos fuimos. Nunca hubiera imaginado las cosas que tendrían que pasar antes de saber algo de ella.
Pero esa es otra historia.

martes, 27 de enero de 2009

Monstruos

Estar solo en el piso de abajo de su casa durante una noche de tormenta, no era una de las cosas que más le gustaran a Lisandro. Pero ahí estaba, jugando con sus autos en la alfombra gastada de la sala de estar.
A través de la ventana, los relámpagos iluminaban el patio. El agua que mojaba la ventana, parecía deslizarse lentamente sobre la superficie del vidrio, proyectando extrañas sombras sobre las cortinas semitransparentes.
Laura estaba arriba, viendo televisión, una película de esas de amor. Lisandro no entendía qué podría tener de entretenido ver a una pareja darse besos y hablar durante toda la película y que no pasara nada más. Era muy aburrido. Además su hermana, mucho más grande que él no iba a cambiar de canal. A veces no le gustaba tener cinco años. Nadie parecía hacerle demasiado caso.
De todas formas no estaba muy tranquilo sentado en la alfombra y mirando de reojo la ventana ocasionalmente iluminaba. Trataba de contar los segundos desde el repentino aparecer de esa luz blanca y el trueno. Su padre le había explicado que el tiempo transcurrido entre la luz y el sonido indicaba la lejanía del relámpago y que incluso se podía calcular la distancia en donde había caído. Sería entonces terrible ver y escuchar el fogonazo al mismo tiempo. Probablemente fuera algo equivalente a la muerte. O por lo menos así lo pensaba el.
Otra cosa que le preocupaba era que los truenos no lo dejaban escuchar aquellos otros ruidos, menos estridentes pero no por ello menos peligrosos: el sonido de los monstruos.
Tenía miedo a los monstruos. Nunca había visto uno de verdad pero si en las películas. Su madre le había dicho una vez, lo recordaba bien, que los monstruos no existían. Las palabras exactas que había usado eran “…Hay animales peligrosos e incluso personas malas, pero monstruos como esos que te dan miedo, no existen”. Se lo había dicho mostrándole de dónde venían los ruidos que temía: una madera chirriante, por ejemplo, o un gato que caminando por el patio parecía -en una corrida fugaz- alguien que deliberadamente pretendía asustarlo. ¡Y cómo lo lograba!
Un día vio que el cielo se había puesto negro, como si absorbiera toda la luz. Una capa de nubes espesa avanzaba y se tragaba el sol. Y después vino el viento y la lluvia, pero ningún monstruo.
Ahora, los relámpagos se sucedían unos a otros y las gruesas gotas golpeteaban en las ventanas, no podía más que repetirse como si quisiera convencerse de que fuera cierto: “Los monstruos no existen” “Los monstruos no existen”. Tal vez ignorándolos con esa repetición de sonidos podría espantarlos. Pero ¡Qué tonto era! Cómo iba a espantarlos si no existían. Trató de seguir jugando con los autos, uno azul y otro, ambos iluminados por los fogonazos del cielo. Le pareció que esa luz fría y blanca podía llegar a quemarlo. Otro relámpago. Esta vez la distancia entre la luz y el sonido eran menores. No quería pensar que los rayos se acercaban a él. No, no quería.
Ya no podía alejar los ojos del ventanal del patio porque en ese momento se apagaron todas las luces de la casa. Se quedó quieto. Otro trueno le indicó que la única luz que le permitía ver a su alrededor era la que venía del cielo. Se quedo allí, con la vista hacia arriba, mirando esa ventana que le daba miedo. Estaba pensando que ese momento no era el mejor para recordar a películas de terror pero algo que vio por una fracción de segundo -lo que duró ése relámpago- lo paralizó. Bajo el resplandor casi enceguecedor, algo descendía en el patio.
Una figura muy alta, como un pájaro gigante y deforme, se posó allí, una vez que terminó de plegar unas alas como de murciélago.
El sudor y la duda hicieron esos segundos interminables. Otro relámpago mostraba aquello frente al ventanal, como con una especie de capucha que probablemente escondiera unos malignos ojos atentos.
-Los monstruos no existen- se dijo, aunque el latido del corazón le decía lo contrario. Intentó pararse pero no pudo.
-Los monstruos no existen. Tendría que gritar para que viniera Laura. Si esa cosa llegara a entrar, probablemente me mataría pero no lo va a hacer porque no es real. Tiene alas y puede llevarme también pero los monstruos no existen. Si viene Laura también la matará a ella. No debería gritar entonces.
Otro relámpago mostró a aquella figura como abalanzándose sobre el vidrio.
Su maestra le había dicho también que ellos no existían. Quería salir corriendo y esconderse. Tenía miedo y no se podía mover.
Solo escuchaba la lluvia y su respiración.
-¿Lisandro dónde estás? ¡Se cortó la luz! -Gritó Laura, que había bajado lentamente por la escalera y se acercaba a la ventana.
Pero a pesar de todo lo que rondaba su cabeza y el peligro en el que se encontraría también su hermana, se puso de pié al abrirse de golpe el ventanal evidentemente mal cerrado. El viento hizo que la cortina le tapara la cara. Todo estaba oscuro, el agua lo mojaba y le cerraba los ojos hasta que el siguiente relámpago hizo que lo viera.
Frente a Lisandro estaba esa figura que ahora veía bien. Las alas verdes y la capucha se balanceaban hacia él.
-¿Lisandro? ¿Por qué estás afuera? ¡Lisandro, no me asustes! -decía su hermana muy cerca. Lo pudo ver a la sombra de algo oscuro y verdoso.
Lisandro miraba a su enemigo, mientras ambos -su monstruo y él- se mojaban en la lluvia.
-¡Lisandro entrá que te estás mojando! ¿No tenés miedo?
Sin siquiera darse cuenta de que se estaba empapando, él le respondió: -Ya no.
Lo que allí había era una especie de toldo que se había desprendido de alguna ventana cercana por efecto del viento, hasta engancharse con un cable en el patio.
Un monstruo que había sido derrotado por Lisandro.

domingo, 11 de enero de 2009

Los sentenciados

Subía la cuesta empinada de la duna que iba hasta aquella cabaña veraniega con la mochila al hombro y la respiración agitada, que señalaba su furia más que el resultado del ejercicio forzado. Se enjuagó el sudor de la cara que fue a parar parte a su bermuda y parte a la arena caliente que la sorbió como un alcohólico al último trago de la botella o tal vez como lo hace un niño amamantado que toma con fuerza el pecho indefenso de su madre.
Las sandalias se atascaban en la subida y los ojos mostraban el aire salvaje que siempre había tenido, ahora fogoneado por la pasión. Gritó para descargar todo lo que pasaba en su interior. Parecía que la brisa espesa de la tarde quisiera frenarlo, removiendo su pelo y su barba. Ella todavía no lo había visto pero si lo hubiera hecho, solo hubiera reconocido del Tomás que conocía, esos dientes blancos y parejos que brillaban aún más con el alarido, un quejumbroso sonido que se profiere mirando hacia arriba, al cielo, para que lo escuche quien lo tiene que escuchar y si fuera posible el resto del universo. Así fue ese grito esforzado, duro como las rocas de la playa.
La puerta de madera barnizada, cubierta a medias por la luz que golpeaba de lleno sobre el techo, los árboles y los sillones de madera, era el último límite -ahora casi etéreo- que lo separaba de Marina.
Ella lo vio llegar con el acompasado entrar y salir del aire de su pecho, tenso y mojado, traspasando el algodón negro de lo que tenía puesto. Pero no se detuvo en el detalle de la vestimenta. No en el puño en alto, ni en la mandíbula tensa y levemente temblorosa. No.
Los ojos, la mirada de Tomás, eran un abismo negro que encerraba muchas cosas que ella no hubiera querido ver y que estaban allí. Era inútil retirar la cara para evitar que la imagen se fuera, como quien trata de escapar del flash de una cámara fotográfica que golpea con el velo de una momentánea capa de niebla brillante. Allí estaba todo y ella desnuda ante él. Un despojo distinto, el que no se puede ocultar con la ropa porque esas cosas no pueden taparse, tal vez si con alguna mentira que no estaba dispuesta a decir.
Él ya sabía. No importaba cómo, ni quién. Y no lo iba a negar. Para qué si era cierto. Y escuchó aquellos gritos desaforados e implacables, que le sonaban con más fuerza al ver los brazos velludos y bronceados por el sol que se alzaban hacia ella como las garras de una fiera.
-¡Por que tuviste que acostarte con ese tipo! ¡Vos sabés lo que estás traicionando! ¿No te importa que digan que sos una puta?- y muchas otras cosas. Pero no cualquier cosa. Así era Tomás.
Era como un potro bien entrenado y como un jinete experto. Galopaba cuando era necesario, soltando la rienda para correr por la playa, como habían hecho los dos muchas veces entre la espuma blanca que volaba desparramada entre las patas veloces de los caballos. Pero cuando era necesario, el antebrazo fuerte que ella había acariciado incontables veces, jugando con los caminos que formaban esa venas hinchadas, entrecruzadas en aquel peculiar dibujo, ponía el ritmo justo al paso, manteniendo a voluntad la marcha. Por eso, no decía lo que no quería decir. No le estaba diciendo que era una cualquiera, ni que lo había traicionado a él, no. Y eso era una de las cosas que amaba de ese hombre. El sabía que había palabras irremediables de las que no se vuelve, caminos que no tienen retorno. Pero ahora había otros senderos posibles.
Tomás la tomaba por el cuello y la presionaba en aquel grado justo, solamente conocido por ellos dos, antes de que la fuerza se convirtiera en otra cosa, en algo oscuro.
Ella inmóvil, escuchaba y pensaba. Su cuerpo además le había ordenado que derramara lágrimas que mojaban la mano de él.
-¿Por qué? ¿Por qué?- Le preguntaba Tomás que ya no podía decir más que eso. Había explorado en su interior las posibilidades que se le habían ocurrido: Que él tal vez no fuera suficiente para ella. Que simplemente lo había tomado como una aventura o que… otro montón de cosas que no lo conformaban en absoluto porque ya sabía la respuesta y la consecuencia.
Allí como estaba, con la cabeza echada atrás, el pelo aclarado por el sol y esos ojos que dejaban de ser azules para mostrar inmediatamente otras cosas, Marina parecía indefensa. Y lo estaba. Ahora él se sentía capaz de ahogarla con sus propias manos.
Con ese traje de baño celeste y el pañuelo enorme y colorido que usaba como falda, sus largas piernas parecían no sostenerla.
No entendía por qué no le respondía, que no se rebelara, que no le exigiera que la soltara. ¿Acaso ella iba a dejar que la ahogara? ¿No se iba a defender de lo que podía ser fatal?
Pero Marina seguía siendo fiel a si misma, dejando que la explorara por dentro, entregando todo lo que era, aún esas cosas que ella hubiera querido ocultar en los meandros del alma, en la mayoría de los casos accesible solamente a otra clase de luz.
Ella habló y dijo –apenas como un formalismo- que, en aquella época, todavía ninguno de los dos estaba seguro del otro, Que había tenido miedo y que había sido débil. No dijo -aunque sabía que de todas formas no hacía falta- que aquel otro hombre en cierta forma la había contenido.
Tomás dijo: -Vos sabías que ya estaba decidido. Deberías haberlo sabido.
La supuesta fatalidad de aquel error de apreciación ya no podía cambiar lo que sabía que iba a hacer desde el momento mismo de entrar en la cabaña. Ella lo miró esperando lo irremediable.
Afuera todavía estaba sobre la mesa el sombrero de paja que ella usaba y la mochila que él había dejado antes de entrar.
Como si nada pasara o nada pudiera alterar aquel orden, las olas que se veían desde lo alto de aquel médano, dibujaban sus líneas blancas de espuma extendiéndose por ambos lados hasta donde se perdía la vista.
Las golondrinas iban y venían a sus nidos en los parantes del techo, indiferentes a lo que ocurría detrás de la puerta cerrada.
Él se había sentado y su respiración se hacía más lenta. Ya no la miraba. Su vista se había perdido, vagando por los entresijos de lo que desde hacía unos minutos ya era pasado.
Marina con la delicadeza de la que era capaz, puso su mano sobre la cabeza de él y la dejó, casi inmóvil, flotando en aquel pelo oscuro.
Tomás le dijo entonces -¿Por qué apenas me tocás y no enredás tu mano en el pelo cómo lo hacés siempre?
La sentencia había sido pronunciada.