lunes, 9 de marzo de 2009

Vasos de cristal

Nota: Para escribir lo que van a leer aquí hice algo nuevo. Me propuse escribirlo como si fuera una mujer y de la edad de mi madre. Ella tiene más de setenta años. Y salió esto, que tiene un estilo levemente diferente a lo que suelo escribir.
Menos el nombre de la protagonista, lo demás de la historia es  real. En realidad la creación absoluta no existe. Pero eso es otra historia...


Cada vez que camino por esa cuadra me parece verla, vestida con un impermeable negro y sus pasos cortos, como si escapara de algo, tal vez de la lluvia.
No sé cómo comenzamos a ser amigas. Bueno, amigas. En realidad más bien esa clase de personas que de alguna manera coinciden en la vida por motivos tangenciales, como en este caso, los de vecindad.
Me acuerdo que la conocí cuando mi madre, ya mayor, se mudó a aquel departamento de la calle Austria.
Luisina vivía en el piso de abajo y ya era un personaje. Algunos la llamaban “la loca esa”. Creo que la máxima transgresión de la que pudieron acusarla fue la de cruzar al almacén en camisón con el impermeable encima y nada más, defecto imperdonable para los encargados de los edificios de mirada ociosa. Luisina no gastaba. No podría decir que fuera tacaña tampoco. Tal vez la infancia la fue moldeando para caer en esa trampa inevitable de la clase media que consiste en pensar siempre y solamente en el futuro.
Si me invitaba con algo, lo hacía en tasas irrompibles o en vasos de plástico, de esos que señalan casi inequívocamente de una u otra forma que la vida pasa por un período de provisionalidad. Los vasos “buenos” estaban guardados y eran buenos de verdad, de cristal.
Ella era enfermera y en un país como la Argentina llegar a tener varias propiedades siéndolo, no es tarea fácil. No invertía en su persona casi nada. Se vestía con ropa barata y con un gusto que no era el mío. Sin embargo todo en su casa parecía nuevo y sin uso, a fuerza de fundas en los sillones, alfombritas en los pisos plastificados y protectores en los picaportes dorados –“para que no se gasten con el uso”- decía.
En todo lo que fuera conseguir cosas más baratas para la casa era una experta. A fuerza de caminar, había dejado su departamento muy bien puesto. En eso sí que tenía gusto.
Luisina era así. Peso que tenía, peso que guardaba para poder comprar otra propiedad. Y se ve que los administraba bien porque llegó a tener tres departamentos. Por esa época, yo tenía una especie de inmobiliaria que consistía en el número de teléfono de mi casa y poco más. Llegué a ayudarla a alquilarlos varias veces. Nunca le cobraba comisión. No hubiera podido. Yo ayudaba a mi marido con lo que sacaba y podía darles algún gusto a los chicos de vez en cuando. No me faltaba nada y no le iba a andar cobrando sabiendo como era.
En un principio ella vivía con su madre que falleció al poco tiempo de conocerla. Además tenía una hermana que vivía en Curaçao.
Y no era fea. Si se hubiera vestido mejor y pintado, poniéndose algo de vida en la cara, habría perdido ese aire algo desteñido que la acompañaba. Nunca supe si había tenido un novio o algo parecido. Nunca me habló de nada de eso y nunca se lo pregunté. Tal vez le hubiera venido bien tener un gato pero ella no hubiese consentido un rayón en el piso ni una cortina de voilé rasgada. Tampoco parecía tener amigos o amigas. Me hablaba de alguna prima a la que nunca conocí. En el balcón encerado tenía muchas plantas que había criado a partir de gajos arrancados de por aquí y por allá.
Una vez me regaló una cartera. Fue una sorpresa porque además del gasto, le había acertado con el gusto. ¿Conocía mi estilo? ¿Sería acaso el de ella también y del que se privaba vaya a saber por qué motivos? Nunca lo supe.
Luego de unos años de conocerla empezó a sentir unas molestias en el brazo izquierdo. Ella no le daba importancia al principio. Mientras conversábamos se tocaba el hombro pero después continuaba como si nada. Después comenzó a inflamársele. A pesar de que se daba calor en la zona con una almohadilla que le insistí que se comprara, no parecía mejorar.
Es que al final, aunque venga disfrazado, el cáncer se presenta y lo hace como Greta Garbo cuando bajaba de aquellos autos y no se podía ignorar su presencia entre fotógrafos y luces.
Yo sabía de su enfermedad porque varias veces fuimos al especialista. Sin embargo ella parecía negarla. Pero sin artificio, con la naturalidad que la llevaba a decir: “voy a ir a visitar a mi hermana en Curaçao cuando me sienta mejor”, cosa que nunca hizo ni hubiera hecho de estar sana porque gastar en un viaje de ese tipo no figuraba entre lo que se permitía.
Un día me llamó para que la acompañara a su internación en el Hospital Rivadavia. La sorpresa vino porque, según me dijo una de las religiosas que cuidaban a los enfermos allí, nadie la había visitado en los cinco días que estuvo. Le aclaré que yo no era familiar. Con la sensación de estar mintiendo un poco le dije que era una amiga.
Cuando Luisina salió parecía estar un poco mejor y siguió con su vida. Iba a decir que normal para ella, pero creo que no soy nadie para juzgar si era normal o no.
Iba al hospital en donde trabajaba, administraba lo que tenía, y seguía con preocupaciones sobre la pintura de alguno de sus departamentos, persiguiendo a algún electricista que no había cumplido un trabajo y cosas así. Pero eso no duró.
La siguiente vez que fui con ella al hospital le pregunté al médico sobre el pronóstico de su enfermedad. Me dijo que no le quedaba mucho tiempo. Ella seguía hablándome como si todo eso fuera a pasar, como si estuviéramos tomando algo fresco en vasos de plástico y luego vinieran los de vidrio.
Volvió a salir pero no por mucho tiempo. En la última internación, ya nadie hubiera podido decir que no le pasaba nada. Llegó a decirme -De ésta no salgo ¿verdad?- No le respondí nada. Supongo que mi cara le habrá mostrado muchas cosas, no lo sé. Creo que le dije algo sobre si quería que le trajera un camisón más abrigado porque estaba haciendo frío.
Se murió sola en aquel hospital porque en ese momento yo no estaba acompañándola. Tampoco hubo muchas personas en su entierro en el cementerio de La Chacarita. Supongo que alguna de esas pocas mujeres que estaban serían la prima y alguna compañera del hospital.
Al poco tiempo viajó su hermana desde Curaçao. Era muy distinta a ella, parecía una mujer de mundo. Fumaba apoyando el codo es las caderas y se quedaba así mientras hablaba. No parecía interesada por el dinero que obtendría de las propiedades de Luisina.
Me dijo que su hermana le había contado sobre mi y me pidió que las vendiera por ella cuando la sucesión estuviera lista.
Y así fue, pero a ella si le cobre comisión. Antes fue desprendiéndose de las cosas que Luisina había juntado con tanto esmero.
A mi me quedaron los vasos de cristal.

10 comentarios:

Maria "C" dijo...

Por alguna razón, de todo lo que llevo leído tuyo hasta ahora, este relato es lo que más me ha conmovido. Vaya una a saber por qué.

Por otro lado, en mi próximo post, si me lo permitís, te citaré :)

Abrazo!

El Gaucho Santillán dijo...

Muy bueno.

Vill, me hizo acordar de gente que he conocido hace muchos años.

Es una pena, pero como su vida la dedican a lo material, cuando no estàn, todo desaparece.

Parecen creer que las mortajas tienen bolsillos.

En fin.

Saludos

Mona Loca dijo...

Hermoso cuento.
Detecto algo distinto en este, que no aparece en los otros.
Se va a reir...es como más sereno. Más acabado...más redondito, no sé.
Es una impresión que tengo.

Cómo hay gente así, de verdad.

Besos, Vill

Yoni Bigud dijo...

Muy buen relato. El recuento de una existencia prolija y triste. Terrible modo de extinguirse, así, con todos los boletos para el olvido.

Un saludo.

Apa dijo...

HOla Vill :Al final de la vida mucha gente tiende a acumular objetos y se aferra a ellos como si les diera alguna energía extra.
Ocurre mucho más seguido de lo que pensamos, el por qué lo sabremos cuando lleguemos a esa etapa, o no.

Salubesos

Mª Antonia dijo...

Querido Vill:
Su relato me ha dejado un halo de tristeza hoy, aunque la narrativa y el fondo, me han gustado tanto o más que los anteriores.
Quizá sea porque he pensado que muchas personas mueren así, solas, sin hacer ruído, como Luisina, y nadie las echa en falta ni las valora . Lástima.
Me pregunto ¿Por qué existe esa costumbre de guardar y guardar para un mañana que nadie sabe si llegará, privándose de disfrutar del momento, de lo que se tiene y se ama?

En fin, sus razones tendría esta señora.

Un abrazo.

El Profe dijo...

Me pasa que cada vez disfruto más de tus relatos, es un muy buen relax para mi. ¡Gracias y seguí así Vill!
¡Saludos!

Ichiara dijo...

Luisina pertenecía sin duda a otra generación, a esa de la escasez, de la pobreza extrema, de la vida al vuelo... y cuando tuvo ocasión se empeñó en recopilar objetos que de alguna manera la hacían propietaria de algo. Tampoco se casó ni tuvo relación, con lo que su herencia material se convirtió para ella en algo muy importante, como si esos objetos le ofrecieran la permanencia en el mundo más allá de su propia vida. Lástima de la hermana, que no supo ver cuánto de Luisina había en esos enseres.

El relato es precioso, Vill, me encantó.

Besos

Makiavelo dijo...

Vill, te mereces un diez.

Está muy bien narrado y es creíble la óptica de la señora mayor que rememora esos años como si estuviera paseando.

Transmite con sentimiento y con la sabiduría que da la experiencia.


Saludos.

Gamar dijo...

Muy bueno, es lo primero que te leo y me voy gratamente sorprendido.
Saludos