jueves, 24 de septiembre de 2009

Leyendas del Paraguay: La señal.

Las columnas de humo se elevaban sobre el horizonte sin nubes, lo que inevitablemente presagiaba lo peor.
Carmen Mena de Ayala, dejó de mirar hacia Asunción de la que sólo podía ver algunas cúpulas ahora espectrales y llamó a Lucinda, la más joven de las criadas de aquella casa sin hombres. Le pidió que preparara el coche de paseo de dos caballos, mientras iba colocando en baúles aquello que pudiera salvar de los soldados brasileros.
Esa palabra, salvar, permanecía presente mientras colocaba sin orden el menaje de plata, sus joyas, monedas de oro y otros objetos de valor que pudieran servir después. Así mantenía viva la esperanza de que Lucio y sus dos hijos volvieran. No tenía noticias de ninguno desde hacía tiempo. Eran siete meses desde la última y breve carta de Lucio. A partir de aquel momento los rumores le proporcionaron algo a lo que aferrarse. Y eso porque había tomado en cuenta únicamente los  benevolentes. ¡Qué tonta había sido al enorgullecerse de ver a Lucio con el uniforme del ejército del Paraguay, con sus galones dorados y sus botas relucientes! Fue aquel día caluroso de hacía casi un año, en el portón de la casa familiar.
Lo que más le costaba era quitarse la alianza. Abandonarla le exigía un sacrificio que sin fuerzas asumía la forma de un ritual. El anillo no es un amuleto -se dijo- y lo dejó en el cofre que cerró con un golpe seco. Comenzó a llenar de inmediato el siguiente cajón.
Las mujeres se sobresaltaron ante el olor acre que el viento al cambiar su rumbo había trasladado a las afueras, otrora de apacibles quintas. Hicieron el esfuerzo de varios hombres subiendo aquellos cajones al coche. Ya no distinguían cuáles eran los trabajos que en otras épocas hubieran requerido el auxilio de un varón porque lo habían olvidado.
Carmen tomó una pala y con Vicenta y Lucinda fueron al monte. Los caballos parecían querer alejarse de la casa, contrariamente a lo que habían hecho siempre.
Tardaron un buen rato en cavar el pozo, sin detenerse en el cansancio, ni en los ruidos extraños que llegaban en dirección de la casa.
Cuando terminaron de enterrar todo, cubrieron el lugar con hojas y ramas. Carmen les dijo a las dos muchachas que volvieran al coche. Permaneció sola unos minutos.
Después la vieron llegar en silencio y así regresaron las tres.
Ya en la casa, otra de las mujeres entró agitada y le entregó una carta. La había traído corriendo casi todo el camino desde la ciudad. Lloraba y le decía que se había escapado de los soldados y del fuego.
Carmen apenas la consoló pasándole la mano por el pelo porque allí tenía ese sobre con el escudo oficial al que ya había aprendido a temer. Luego de abrirlo con el abrecartas filoso de Lucio, comenzó a buscar casi sin leer, lo único que le importaba de esa hoja igual a otras que ya había visto. Esta vez le habia tocado a ella. Lucio estaba muerto.
Se resistió a dejarse abatir. Todavía podía recuperar a sus hijos, ahora que todo terminaba.
El fin se hizo presente con el humo. Lo había anhelado sin imaginar que se colaría por las ventanas de su casa.
-¡Señora Carmen!- resonó el grito ahogado de Lucinda mientras entraba aferrada de la cintura por un soldado que empuñaba en su otra mano un pistolón.
¡Sueltela! -exigió la mujer- Por toda respuesta recibió unos perdigones en el hombro izquierdo que el arma en pulso errático arrojó tosiendo en una nube gris.
El hombre se le acercó. Ella se apoyaba en el escritorio para no caer, mientras se oían los gritos de Lucinda que aquel soldado borracho no soltaba.
Casi sin fuerzas, Carmen tomó del escritorio el abrecartas. Dudosa fortuna la de tener el valor suficiente para poder enterrárselo al hombre entre el pecho y el estómago. El soldado se derrumbó a sus pies, dejando a la chica.
Carmen quedó inmóvil. Espantada miró a Lucinda que huía. Por otra puerta entraron dos soldados. Todo terminó para ella.
El fuego fue el señor del lugar aquel 2 de febrero de 1861, mientras los soldados saqueaban lo que quedaba y se aprovechaban de las que antes de eso ya creían haberlo perdido todo.
La noche larga vió arder la casa de quien fuera Carmen Mena, viuda de Ayala.
No lejos de allí, un rosario de plata anudado a una rama, señalaba con su cruz el lugar en donde Carmen había guardado su esperanza en cofres, para una familia que ya no existía.
Lucinda volvió al bosque pero nadie encontró la señal.
Algunos creen ver, aún hoy, bajo la luz de la tarde que escapa entre los árboles, el brillo de una cruz.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Segundas oportunidades.

Esto fue escrito para el taller literario de María C. La consigna era utilizar las palabras o frases que se enumeran a continuación:

aislado
tributo
Santa Rosa
treinta indígenas
histórica victoria
segunda oportunidad
proyecto
tensión a la sombra
televisión
una pareja
No tienes más invitaciones

Aquí va lo que salió.
Segundas oportunidades

El taxi daba vueltas en ese pueblo ficticio llamado “Las casitas” que no era otra cosa que un barrio aislado de la ciudad de Río Gallegos. Aislado a modo de tributo a la ceguera que consiste en quitar del medio lo que no se quiere ver. Los prostíbulos están prohibidos, pero no las “whiskerías”. Rodrigo Ferrero nunca encontró la diferencia entre esos dos términos. Como cuando en Santa Rosa, La Pampa, había rescatado a esas pobres treinta indígenas paraguayas que -según el que las transportaba- iban a cuidar chicos en los campos de la zona.

Aquellos hombres terminaron sin condena porque no se pudo demostrar que efectivamente las iban a hacer trabajar, pero no precisamente como niñeras.
El conductor miró por el espejo cuando, el policía se despachó con una carcajada. Su jefe le había hablado de una histórica victoria contra la trata de blancas. Nunca comprobó los rumores de que el tipo también estaba metido en el negocio, o que recibía su parte, que se callaba, o que no hacía nada: lo que para el caso y a su modo de ver, era lo mismo. Como premio, unos días después, le habían dado dos balazos. Pero la vida le había dado una segunda oportunidad porque el plomo apenas si había rozado el corazón. La otra bala en la pierna le había provocado esa pequeño rengueo que ya casi ni se notaba y mucho dolor. Dolor también por el proyecto trunco de ser entrenador de boxeo en la escuela de Policía que su maldita pierna le impidió realizar. O la maldita bala.
Le indicó al conductor -que ya se había dado cuenta de que él era policía- que diera otra vuelta por entre esas casas con vidrieras enormes y luces rojas. Y él se había dado cuenta de que el tipo tenía miedo. Mejor así.
Hacía frío. Debía de hacer diez grados bajo cero. Las chicas se paseaban con esos tapados negros y largos con muy poca ropa debajo. Tenía que esperar, recién eran las once.
El chofer no podía disimular la tensión a la sombra de la pared trasera del local en la que lo hacían esperar con el motor apagado.
-Toma lo tuyo. Volvete a Río Gallegos. No me conoces. Nunca me viste. ¿Está Claro? –le dijo al chofer. El hombre no le contestó. Ferrero estaba seguro de que le había quedado todo más que claro. Luego prendió un cigarrillo. Realmente hacía mucho frío. Entró tratando de parecer un cliente más. Seguramente no lo conseguiría. No había bajado de un auto caro ni usaba un reloj de oro. Tampoco invitaría tragos.
Cerca de la barra había una televisión muda que nadie miraba. Una pareja reía: forzadamente ella y alcohólicamente él.
Se acercó a la barra, pidió un whisky de los baratos con soda. Era horrible. Sobre todo porque ya no tomaba. Tampoco es que fuera un alcohólico. Eso le recordó por un instante que Laura ya no estaba. Rápidamente pensó en otra cosa. Hacía calor. Había mucho humo en el aire y ese olor rancio de la adrenalina mezclado con otras cosas que allí nadie se ocupaba en disimular.
También vio un escenario, un micrófono y un aparato que parecía de los de karaoke. ¿Alguien usará esto aquí? – se preguntó.
Preparó el número en el celular pero no hizo ninguna llamada. Le dijo al de la barra –Estoy buscando algo distinto.
-¿Usted no es de por aquí verdad? –Y recibió como respuesta un “No” y seguidamente un “Buenos Aires”.
-Bueno, hay chicas de Perú, de Paraguay... Mientras lo escuchaba vio una mujer muy alta y rubia, con el pelo recogido y que estaba de espaldas, sentada en una zona oscura. Se la señaló al cantinero.
-No, esa es Tatiana, pero ella no trabaja, es decir, ella solamente canta.
-Ah ¿Y qué canta?
-Ya va a ver. Por ahí usted tiene suerte con ella… quién sabe. El cantinero le hizo una seña y la mujer, subió al escenario. Pulsó un botón en el aparato de música y comenzó a cantar.
El viejo policía no pudo quitar la vista de los ojos grandes y azules de la mujer que cantaba en un idioma que no conocía, algo que parecía de amor, pero también triste.
Le dio un poco de rabia que nadie le prestara demasiada atención. Cuando terminó, la mujer se acercó a la barra y le pidió al barman un vaso de agua. El policía no podía quitarle los ojos de encima a aquellos otros, como no los había visto nunca. La mujer lo notó y apartó los suyos como hacía siempre con los clientes del lugar pero eso duró muy poco porque aquella mirada no era como las que allí había conocido.
-Muy bueno lo que cantó, aunque debo reconocer que no entendí ni una palabra -dijo Ferrero.
-Es ucraniano -dijo ella con una media sonrisa- La canción se llama “Lo que tenemos que olvidar”.
-Olvidar –dijo el policía sin dejar de mirarla y siguió -¿Por qué aquí?
Cualquiera que los hubiera escuchado hubiera jurado que esa conversación había comenzado bastante tiempo antes.
-Vine en un barco. Hace años. Siempre canté –respondió ella.
-¿Vino sola desde tan lejos? –La mujer asintió pero se detuvo y no siguió hablando ese castellano recientemente aprendido. El policía entendió y no le preguntó nada más. Pero ambos se seguían mirando como si no pudieran dejar de hacerlo.
Ferrero pensó que tenía que seguir con lo que lo había llevado hasta allí. Pulsó el botón de enviar y el teléfono hizo la llamada que había premarcado. No habló y cortó.
Cinco minutos después las luces rojas del local se confundieron con las azules que proyectaban por los ventanales los autos de la policía.
Los federales entraron, pidieron los papeles de todos. Siete menores extranjeras fueron sacadas de allí, entre otras mujeres. Que algunas fueran extranjeras era la excusa para que ellos estuvieran en ese lugar. Más tarde habría revuelo en la ciudad y mucha gente poderosa se pondría nerviosa. Harían llamados, pero eso no importaba ahora.
Otro policía le dijo a Ferrero -¿A ella también la llevamos?
-No, ella es cantante aquí. El otro hombre empezaba a dibujar una sonrisa pero la mirada de Ferrero provocó una mueca inconclusa.
Cuando terminó de entregar citaciones y acabaron las detenciones Tatiana dijo: ¿No tienes más invitaciones? El hombre confundido le preguntó ¿Invitaciones…?
-Quiero decir, citaciones.
¿Para usted? No, no ¿La acerco a algún lado o…?
-Vivo en la ciudad. Puedo llamar un taxi…
-No hay problema, la acerco.
Siguieron mirándose.
Al otro día también.
Ella no volvió a Ucrania y él olvidó el boxeo.

martes, 18 de agosto de 2009

El centavo

La luz se filtraba por la persiana entreabierta. Luego de bostezar, Adolfo miró el despertador que marcaba las ocho treinta. El minutero señalaba una moneda de un centavo sobre la mesa de noche.
Recordó que su avión de regreso salía a la una de la tarde. Tendría tiempo de comprar algo para Ana, su hija menor, que mañana estrenaría cinco años.
En la puerta sonaron unos golpes nada corteses. Se puso la bata y preguntó quién llamaba.
-Abra, es la policía -respondió alguien desde el otro lado.
Al abrir, vio a tres hombres de civil que inmediatamente le preguntaron en alemán -¿Es usted Adolfo Wolf?
-Si -respondió lacónicamente, en la misma lengua que había aprendido de su familia de origen austríaco.
-Está usted arrestado por el robo del Centavo.
Sorprendido, les dijo que seguramente todo se trataría de un error. Por todo comentario le indicaron que se vistiera. Lo hizo con rapidez.
Uno de los hombres tomó de la mesa de noche el centavo y dijo -Espero que no vaya a decirnos que esto también se trata de un error. Adolfo no se acordaba de dónde podría haber salido aquella moneda.
En el automóvil en el que lo trasladaron logró que quien parecía ser el jefe le dijera que aquella moneda, el centavo, era una moneda valiosísima -“Parte de nuestra historia” -subrayo. Eso era lo que decían que había robado. De todas formas pensaron que les estaba tomando el pelo con su pregunta sobre la moneda.
Mientras le hablaban no pudo dejar de ver, al detenerse en un semáforo, a una niña de más o menos la edad de su hija Ana, montada en una minúscula bicicleta rosada. Solamente él se percató del riesgo de ser atropellada que corría aquella criatura en medio del tránsito.
Llegaron al edificio de la policía, una especie de Palacio, como muchos de los edificios de ese minúsculo país. El lugar en donde tuvo lugar el interrogatorio no se parecía en nada a lo que se podría pensar respecto de esa clase de lugares. Era un gran salón con muebles antiguos, cielorraso alto y unos ventanales formados por paños de vidrio rectangulares más pequeños, desde donde se podía ver el lago, a orillas del cual se encontraba aquella ciudad.
Le preguntaron varias veces sobre lo qué había hecho desde su llegada, cuarenta y ocho horas atrás. Repitió hasta el cansancio que era químico y que se encontró allí -a mitad de camino de la ruta de ambos- con el representante de la firma para la que trabajaba, con el propósito de recoger unas muestras para llevar a su país. Le dijeron que el ácido clorhídrico con el que habían abierto la vitrina del museo en donde estaba el centavo, era de la misma composición que la de los frascos que habían encontrado en su hotel. De nada sirvió decirles que tenía un permiso para llevar esos preparados en el avión, gestionado por la empresa.
Le dijeron que quedaría detenido y que un abogado de oficio lo defendería. No conocía a nadie allí, por lo que no se le ocurrió proponer otra cosa.
El abogado que lo visitó por la tarde lo saludó con una inclinación de cabeza a la usanza de aquel lugar. No pudo distinguir si lo que aquella cara indicaba era una especie de sonrisa. El hombre se presentó y desplegó un grueso portafolios con papeles.
Era alto, y bastante corpulento, pero no podría afirmar que obeso, por lo menos según lo veía desde la silla desde la que lo observaba. Bien peinado y de barba pelirroja muy cuidada. Los ojos grises le resultaron familiares. Vestía un traje príncipe de Gales con chaleco, perfectamente planchado, una corbata de terciopelo borravino enmarcada en una impecable camisa blanca. Adolfo habría jurado, sin verlos, que sus zapatos estaban muy bien lustrados.
Luego de leerle la acusación con calma, el abogado le dijo que, si se declaraba culpable, la pena podría ser sensiblemente menor. Después de un rato de escuchar el recitado de normas y tecnicismos legales, el acusado inquirió.
-¿Es que usted no va a preguntarme si soy inocente?
-No es necesario -le respondió el abogado.
Adolfo dijo con la toda la paciencia de la que fue capaz -¿Podría preguntarle por qué piensa eso?
-Aquí está todo -dijo señalando la gruesa carpeta. No hay resquicio para dudas.
-¿Qué es todo? Por lo menos podría escuchar cuál es mi versión de los hechos, respondió.
-Pero no comprende que no es necesario…
-Si usted no cree en mi ¿Cómo puedo pretender que me vaya a creer el juez?
-Mi función es dictar una sentencia lo más justa posible -le respondió con una parsimonia que parecía formar parte de su personalidad.
-¿Dictar sentencia, usted, quiere decir?
-Si. Si no se lo dije antes, discúlpeme. Soy su abogado y su juez.
-Pero...
-Lo que le correspondería, en caso de ser hallado culpable, son veinticinco años de prisión por robo.
-¿Veinticinco años por robar un centavo? Usted debe estar bromeando.
-Aquí nunca hay robos. Además el centavo no es uno cualquiera, creo se lo han explicado.
-¿Y qué es eso de que usted además de mi abogado en el juez?
-Nuestro sistema judicial es expeditivo. Nadie se ha quejado jamás de parcialidad o injusticia.
-Le repito que soy inocente. Pero eso da igual ¿Verdad? Si usted va a ser el juez… De todas formas hubiera esperado que por lo menos me escuchara antes de juzgar que soy culpable.
-El hombre le respondió -¿Pero acaso lo he juzgado ya?
-Su actitud me lleva a pensar que si lo ha hecho porque, solamente ha leído esos papeles que tiene ahí, dijo Adolfo señalando el portafolios del abogado-juez.
-¿Eso es lo que piensa? -preguntó esta vez con cierta sorpresa aquel hombre.
-Hubiera esperado que fuera usted más comprensivo. Tal vez escuchándome pueda descubrir algo que sus papeles no dicen, pero supongo que no tengo derecho a pedir eso.
-Si ese es su deseo, adelante, por favor.
El acusado contó todo lo que había hecho desde su llegada. Su trabajo, la gente que había visto y todo lo relacionado con la noche en la que supuestamente había sucedido lo que le endilgaban.
Mientras hablaba, sobre el alféizar de la ventana, aterrizó un gran pato blanco. Adolfo se preguntó qué haría allí ese animal. Su interlocutor no pareció haberlo visto. Cualquiera se hubiera sorprendido, teniendo en cuenta que estaban en un tercer piso, según calculaba.
-¿Dice usted que no sabe de dónde provino el centavo que estaba sobre la mesa de noche? Le pregunto el abogado pacientemente.
-Puede ser que lo haya dejado allí el día anterior. Tal vez sea un vuelto de algo, no lo recuerdo.
-¿Eso es lo que va a decir en el juicio? Le dijo el defensor.
-Pero es la verdad. No recuerdo otra cosa.
-Ya veo –dijo el otro hombre que siguió escuchando con mucha atención, eso no podía negarse. Adolfo creyó captar por momentos, algo de comprensión, pero nunca creyó haberlo convencido con su relato. El hombre se limitaba a mirarlo con esos ojos grises, como de bruma, dentro de la cual, imaginó, todo podía ser sospechoso.
La sensación era sobrecogedora porque siempre había supuesto que por lo menos habría cierta empatía, forzada por la relación reo-abogado, pero él no la captó. Tuvo finalmente la sensación de haber sido ya condenado.
Cuando terminó de decirle todo y no pudo recordar nada más, aquel hombre esperó unos segundos y con la misma serenidad que había manifestado desde el principio, finalmente le dijo, como sabiendo de antemano la respuesta - ¿Es eso todo?
-El acusado se limitó a decir –Si, es todo.
Bueno, entonces por el momento hemos terminado -dijo el abogado.
-Ah, otra cosa más ¿Piensa usted que lo encuentro culpable?
Adolfo no quiso contestarle ante lo inesperado de la pregunta y sobre todo de la respuesta que hubiera querido darle.
Ante el silencio, aquel hombre tomó su reloj de bolsillo del chaleco y abrió su tapa de oro. Sobre ella había grabado en relieve un cordero de plata y detrás un estandarte que no alcanzó a ver bien. Le llamó la atención que al abrirse, el cordero quedaba mirando hacia su lado y no hacia su dueño como sería usual. Al levantar la vista observó que el hombre tenía la mirada fija en él, como si estuviera terminando de comprender algo.
Se alejó de la silla con cierta majestad, le hizo la misma reverencia que cuando llegó y desapareció por la puerta.
En un momento, dos policías lo llevaron otra vez al ascensor. Uno de ellos, el que iba atrás, cerca de él, dijo -Un gran hombre el señor abogado. Es admirado aquí por su forma de aplicar la justicia. Nunca se equivoca.
En la calle y antes de subir al automóvil, pudo ver que un hombre de riguroso traje negro tiraba con una correa de cuero una vaca lechera que caminaba acompasadamente, lo cual debía ser habitual en esa ciudad porque nadie la miraba.
El lugar en donde el coche se detuvo estaba frente a una plaza muy bien compuesta, de estilo francés, con arreglos de flores, formando dibujos dispuestos entre caminos, estatuas y fuentes. Tres ovejas comían el césped y no parecían prestarle atención a las flores que se veían bastante apetitosas.
Ya en el edificio, lo introdujeron por un pasillo y vio las celdas. Aquello parecía más un establo, con paja en el piso, baldes y sogas colgadas de vigas de madera.
-¿Acaso esperarán que me ahorque? –pensó Adolfo.
En ese momento recordó que era claustrofóbico. Un escalofrío le recorrió la espalda cuando vio el grosor de los barrotes y la pesada puerta. Lo encerraron allí. El les gritó -¡Por favor no, que tengo claustrofobia! ¡Acérquenme a una ventana! -pero nadie hizo nada. Comenzó a traspirar, su respiración se agitó y creyó perder el conocimiento.
La luz de la persiana lo despertó. Estaba absolutamente empapado en la cama del hotel. Esa pesadilla le había parecido muy real. Decidió que compraría cuanto antes el regalo de cumpleaños de Ana y que se iría de inmediato al aeropuerto. Ella quería esa granja de juguete que había visto en un catálogo con todos sus animales.
Eran las ocho y treinta. El minutero señalaba la moneda de un centavo allí sobre la mesa de noche.
En la puerta sonaron unos golpes nada corteses.

sábado, 1 de agosto de 2009

Desde lo alto

Miró por el ventanal pero no vio el brillo de la costa, ni a las gaviotas. Lo que ese hombre de sienes grises observaba desde el piso 132 de la Torre de la Humanidad, sede del gobierno mundial, eran las nubes oscuras que se acercaban y los aviones de combate que custodiaban a lo lejos aquel conjunto de edificios.

Tenía sed. Quería un café o alguna otra bebida. Pidió simplemente que le trajeran “algo para tomar”. Ya se encargaría el asistente de acercarle varias cosas para elegir.
-Sr. Presidente, lo esperan los representantes de la Corporación Minera del Pacífico. Creo haberle avisado que estaba presente el Consejero de Oceanía- dijo una voz que no salía de ninguna parte en especial.
-Cancele todo eso, hágales espacio en la agenda… para mañana… o pasado. Llame al general Schwarz y dígale que pase directamente, por favor.
Luego de 15 minutos de reunión, el general entró al ascensor pálido, lo que contrastaba con su habitual semblante rubicunda.
El presidente del mundo se había sentado en uno de los extremos de la larga mesa de reuniones del Consejo. Se tomó la cabeza y cerró los ojos.
Mientras le latían las venas de la frente recordó destellos de la carrera que lo había llevado allí: la sanción de la Constitución Mundial del 2121, en la cual había participado como redactor; su elección como Presidente en el 2130; la reforma que había propiciado para darle más ejecutividad al gobierno y la prórroga del mandato del Presidente por tiempo indefinido. Eso lo había beneficiado. Pero enseguida se corrigió y pensó que eso había beneficiado al mundo en su conjunto.
La centralización en las decisiones en él, había acelerado considerablemente la solución de algunos problemas. Había sofocado las revueltas políticas, raciales y religiosas mediante todos los medios a su disposición. Todos. La paz general estaba por encima de circunstancias y aún de personas individuales. Y lo había logrado.
Muchos gozaban de prosperidad. Unos más que otros. Eso sería siempre así pensó, mientras firmaba con su pluma de platino un montón de decretos ahora innecesarios. De todas formas –se dijo- con que una sola persona estuviera en mejor situación que antes de la reforma, ya habría habido un avance. Para eso había querido el poder y había hecho todo lo que estaba a su alcance para lograrlo. Algunos pensaban que era un tirano. No comprendían que lo que importaba eran los objetivos. Lo demás era secundario. La Humanidad debía sobrevivir al hombre.
Ahí afuera estaban los representantes de las compañías mineras que querían un aumento de regalías de explotación del 0,6%. Eso significaría un encarecimiento de un 5,1% en el precio de los alimentos alrededor del mundo. Fundamentalmente alteraría el Bienestar, una de las premisas que había jurado defender al asumir su cargo. Cientos de millones de personas pasarían a ser más pobres con una simple decisión suya. Podría conceder el aumento o ser generoso y darles el 0,8% porque ahora todo daba lo mismo.
Un vaso de jugo de naranjas estaba intacto a su lado. Ya no recordaba que se lo habían servido unos minutos antes, cuando había elegido entre veinticuatro clases de jugos de fruta del mundo.
Pensó en lo que había dejado para estar allí. El gobierno del mundo lo exigía todo. No tenía mujer, ni hijos, más allá de alguna relación temporal como la que ahora mantenía con la Comisionada de Comercio. Atractiva, pero demasiado calculadora. Tal vez por eso la consideraba un sofisticado y peligroso entretenimiento.
En la mesa tenía las proyecciones de producción de oro del próximo mes y el informe secreto del agotamiento de la última mina de uranio en Namibia.
Se levantó y fue hacia su escritorio. Allí estaba el maletín acerado con el escudo del gobierno: cinco brazos entrelazados, que representaban a los continentes, con una paloma blanca en el centro. Pasó su mano por la esquina acerada pero la apartó ante la sensación rugosa y fría del metal.
Desde lo alto contempló un mundo sin posibilidades de producir energía. En un mes se paralizaría la industria y el comercio. El pánico de apoderaría de las ciudades y millones morirían de hambre o de miedo. El Bienestar es algo a lo que nadie renuncia voluntariamente una vez probado. Ya no podía garantizar lo que todos querían.
Bastante sufrimiento había habido en los últimos tiempos con las catástrofes naturales, las que probablemente fueran amplificadas por los conglomerados mediáticos, más allá de algún dato más o menos inquietante.
En el horizonte, ya muy oscuro, un barco se alejaba de aquella isla fortificada ¿De qué le serviría ahora su carga o su rumbo?
Había especulado con las fuentes alternativas de energía que -si bien habían progresado- no alcanzaban a cubrir las crecientes necesidades actuales. Había mantenido todo en secreto, solamente él y dos o tres personas de su confianza sabían lo del uranio. Había neutralizado las filtraciones en la prensa y en las redes. Ya tenía experiencia en esas neutralizaciones. Hace poco había dejado sin posibilidad de sustento económico a los fundamentalistas religiosos. Esos incultos que lo despreciaban por oponerse a sus creencias. No los odiaba, simplemente nunca había creído en ellos ni en sus ideas. Eran un obstáculo al Progreso. En los últimos meses se habían mostrado inusitadamente activos, según los informes de inteligencia. Parecían incluso haber ganado algunos adeptos.
La lluvia había empezado a empapar los vidrios exteriores. Inexplicable en aquella época del año. La falta de luz fue compensada por los sistemas y notó que el flujo de aire parecía más cálido, tal vez para compensar el frío que vino con la oscuridad.
Pensó en los niños de la India que se bañaban despreocupados en el Ganges y sintió pena por ellos. También se representó a los de la ciudad de Rosinha, vecina a Río de Janeiro, jugando al fútbol sin saber lo que sucedería. No podía permitir que sufrieran y no lo haría.
Mucha gente había perdido la capacidad de soportar el dolor. El no iba a ser el espectador ni responsable del recomienzo de esos padecimientos. Nadie podría culparlo por evitar lo que de otra forma sería irremediable.
Un relámpago iluminó toda la estancia y fue cegado por su resplandor.
Un llamado de su asistente lo hizo reaccionar.
-No estoy para nadie… por el resto del día.
-Pero señor Presidente… el representante de…
-No estoy para nadie.
Se acercó a su escritorio y tomó el maletín metálico. Lo abrió y contemplo lo que sería el destino inmediato de los hombres que orgullosamente él forjaría.
Introdujo las series de números: cuatro, cero, uno. Luego cero, cero, tres y finalmente dos, cero, cuatro. Con una sonrisa triunfal dio vueltas a la llave, presionando luego el botón rojo.
Alrededor del mundo todos los misiles atómicos fueron disparados.
Sin que fuera algo planeado, la primera bomba explotó en aquella isla. El fuego nuclear vaporizó los cristales que acababan de explotar junto al Presidente del mundo, cuyo último pensamiento fue que, por su causa, los niños de la India y de Brasil estaban dejando finalmente de sufrir.

miércoles, 22 de julio de 2009

La propia sombra

-Está bien, no me voy a escapar, y además tenes mi pistola -dijo Garrido, el policía recién desarmado, elevando levemente las manos- a Juan Sosa, uno de los criminales más buscados del país, ex compañero de su brigada. La agitada respiración de ambos hablaba del breve forcejeo por el control de la Glock 9 milímetros que un aparente golpe de suerte había hecho cambiar de manos. El perseguidor ahora era el reo y viceversa.

-Te desarmé con facilidad a pesar de que pareces en buen estado físico.
-Debo estar un poco lento.
-¿Cómo me encontraste?
-Buscando.-Siempre fuiste perseverante. Pero no lo habrás hecho por amor a la justicia ¿O sí?.
-No. Fue por amor al botín. Con los tres millones que te robaste podemos hacer muchas cosas. Además les hiciste creer a todos que yo era tu cómplice y con lo que me toca me voy a dar por bien pago.
-Bueno, tenía que cubrirme. No era mi intención perjudicarte. Vos sabes cómo es esto -dijo Sosa con sorna.
Pero algo estaba mal en lo que terminaba de decirle Garrido y con un leve temblor del arma, lo interrogó: -¿Quiénes son los otros que saben de la plata?
-No pensarás que iba a venir acá sin cubrirme. En lo que no me equivoqué es en asumir que no venías armado a casa de tu novia. Supongo que a ella no le gustará. Consciente de su nerviosismo, Sosa dijo: -Bueno ahora se acabó, no hay caramelito ni final feliz para vos.
-Tan mal no lo hice. Te encontré en la casa de esta novia, aunque también te seguí a lo de la otra.
El otro hombre escuchó ese dato como si le hubieran robado algo del bolsillo y le respondió: -Esto se acaba ahora. No me dejas más remedio que matarte.
-¿Estás seguro que se va a terminar? Los otros te van a buscar. Cuando tengan la plata no vas a valer un centavo.
-Por última vez, Canta quiénes son los otros.
-¿Para qué hablar si me vas a matar igual? Conozco lo que sos capaz de hacer y vine asumiendo el riesgo. Se te ve en la cara que aunque tenes la pistola no estás seguro. Creíste como siempre que tenías todo bajo control. Nadie tiene control todo el tiempo. Viste viejo, algunas veces las cosas se salen de lo previsto y no sabemos lo que puede pasar. Apenas se puede controlar la forma de la propia sombra -Terminó de decir Garrido, como atravesando el suelo con la vista.
-A mi no me vas a hacer entrar en tus jueguitos psicológicos de primer año de la Escuela de Policía.
Pero Garrido siguió: -Fue un error ir tan seguido a buscar fondos al escondite. Yo no voy a poder disfrutar del botín, pero vos tampoco.
-¡Vos no sabes dónde está la plata! -dijo amenazante el ladrón.
Pero ese grito, casi una explosión de furia, fue un triunfo para el policía a quien la muerte rondaba, pero no dijo nada, solo hizo una mueca, como una borrosa sonrisa involuntariamente enigmática.
Sosa, apretando bien la mandíbula, continuó -Te jodiste vos mismo. Probablemente seas el único que sepa de mí y de la plata -Mientras hablaba gesticulaba moviendo la pistola.
-Está bien, ganaste ¿Puedo fumar un último cigarrillo?
-¡No! -respondió otra vez con furia el ladrón.
-Bueno, estoy preparado -dijo el policía sin apartar la vista de su pretendido victimario. Sosa, al tacto, comprobó que había quitado los dos seguros y tiró para atrás el martillo de la pistola.
Garrido supo ahora con seguridad que le iba a disparar.
-Lo siento -dijo Sosa apuntado a un lugar exacto del pecho del policía, dando dos pasos hacia atrás y separando las piernas.
Se escuchó un disparo y el fogonazo se reflejó en la habitación. Pero el sonido del disparo no era el esperado. Además Garrido no se había caído y no sólo eso sino que no se le notaba el impacto en el pecho.
Disparó por segunda vez. El hombre que tendría que estar muerto o por lo menos herido, avanzó hacia él. Sosa pudo hacer un tercer disparo pero ya no hubo otro.
El policía, aprovechando la confusión, preparó un rápido gancho derecho al mentón de su adversario como si fuera un boxeador profesional y consiguió derribarlo. Sosa parecía atontado más por la sorpresa que por el golpe y no se movió demasiado.
En el suelo, Garrido lo dio vuelta sin problema y le colocó precintos en las manos detrás de la espalda y en los pies. Luego marcó un número en el celular.
El hombre en el piso, después de maldecidlo, dijo -¡Balas de fogueo!- y no habló más.
-Te dije que te creía capaz de matarme. No me iba a arriesgar, sabes que tengo familia. Me desarmaste porque quise, así lo tenía pensado. Y no, nadie más sabe de vos ni de la plata.
Poco después, los patrulleros dejaron su huella de luz azul y roja en las paredes de la casa y poco después se llevaban a Sosa.
El policía salió a fumar un cigarrillo a la calle mientras pensaba que había logrado encontrar a aquel hombre tras dos años. Dos largos y pacientes años.
No sabía en donde estaba el dinero, pero el nerviosismo de Sosa le había señalado inequívocamente que estaba en alguno de los pocos lugares que había visitado en la última semana. Para eso había hecho todo ese montaje y había dejado que le quitara pistola. Lo podría haber atrapado fácilmente o aún matado.
Devolvería el dinero si lo encontraba. Siempre había pensado que no podría traspasar la línea de hacer algo como matar sin necesidad o quedarse con algo ajeno.
Recordó con ironía todo lo que había hecho en esos dos años, hasta su entrenamiento con boxeadores y se detuvo ante el pequeño sermón que le había dado a Sosa sobre el control.
En realidad todo eso se lo había dicho a sí mismo. Sabía que su afán de tratar de controlar todo era en el fondo una debilidad, una manifestación de inseguridad, aunque las cosas -esta vez- hubieran salido bien.
Miró como las volutas de humo de su cigarrillo proyectaban sus lentas sombras sobre la pared blanca. Tuvo el impulso de modificar el trayecto errático del humo pero finalmente permaneció inmóvil, observándolo.

viernes, 10 de julio de 2009

El descanso

El piano parecía no querer salir por la puerta que comunicaba la sala de estar con el comedor. María veía esa imagen como una síntesis perfecta del próximo abandono de aquella casa en la que había nacido. A su mamá le resultaba grande ahora que Julio se había ido a trabajar al interior y sobre todo porque su papá había fallecido unos meses antes. Pero de eso no quería acordarse.
Terminó de guardar platos y cubiertos en unas cajas, mientras observaba como Pucho, el Terrier de su padre, no entendía todo ese movimiento y la miraba como esperando una palabra de aclaración que no iba a darle porque también estaba confundida.
Algunos de los muebles se quedarían allí porque no podían llevarlos. Eso se había arreglado con los compradores, quienes elogiaron algunas de las cosas, como el aparador con espejo biselado del comedor y la cama matrimonial. Era imposible hacerles lugar en un departamento como el que habían conseguido cerca de allí para las dos y para julio cuando volviera. Si es que alguna vez su hermano volvía, porque probablemente no pasaría mucho tiempo antes de que se casara.
Nunca había sido tan consciente de que aquellas cosas que habían estado presentes desde siempre en su vida, bosquejaban una vida casi sin cambios. Pero eso era una mera ilusión. Desde que su padre había fallecido nada había sido igual en aquella casa. Pero apartó nuevamente eso de su memoria.
Su madre parecía estar atareada con los preparativos de la mudanza. María creía que disimulaba cualquier manifestación de emoción para no preocuparla a ella.
Esa noche, la última que pasaron en aquel caserón del barrio de Flores, fue muy especial. Su madre había preparado algo de comer para las dos con lo poco que había quedado en la cocina. La heladera ya no estaba, como la mayoría de las cosas.
Luego durmieron en la cama matrimonial de su mamá. El camastro parecía más pequeño en la habitación semivacía. A la mañana siguiente cerrarían todo.
Pucho casi no durmió. Creyó escucharlo durante la noche, con su respiración agitada, vagando por la casa. Quién sabe lo que pasaría por su cabeza.
Antes de irse, María hizo algo que se dijo que no iba a hacer pero que no pudo evitar. Recorrió cada habitación, cada patio, como pasando lista a las cosas que pudieran haber quedado olvidadas. En realidad, lo que hacía era recordar las que ya no estaban. Al llegar a la sala de estar vio a Pucho debajo del sillón en el que su papá leía y escuchaba la radio cuando llegaba de trabajar. Siempre se escondía allí cuando él se sentaba. Recordó la pipa con ese tabaco de olor dulzón que el decía que “tenía chocolate”, cosa que nunca le había creído.
Ella se había olvidado de que el sillón se quedaría allí. Pucho ladró cuando ella pasó cerca, pero casi sin pensar, apartó la vista del sillón y del perro.
La mañana se estiró más de lo que hubieran querido mientras acomodaban las cosas. Les pareció que las escondían en vez de guardarlas en cajas.
A eso de las dos de la tarde un vecino se ofreció a llevarlas al “departamento nuevo” como María lo llamaba. Les costó bastante convencer a Pucho de que saliera. Por nada del mundo quería salir de abajo del sillón de su padre que era otro de los muebles que se quedaría en la casa. Ante sus ladridos, tuvieron que cerrar todas las puertas interiores para que se diera cuenta de que ellas se iban.
Esa tarde de domingo varios vecinos salieron a despedirlas. Como si todos hubieran estado esperando atentos el momento justo de la partida. Mamá pareció algo emocionada. Pucho se calmó un poco.
Ya en el auto dejó de ladrar, aunque por momentos se le agitaba la respiración y dejaba escuchar levemente esos quejidos que siempre interpretábamos como de disconformidad o de sufrimiento.
El departamento nuevo quedaba a más o menos diez cuadras de la casa y tenía una plaza cerca. Eso era bueno porque así podrían sacar a pasear a Pucho, lo cual era toda una novedad. Cuando se tiene una casa con patios como era la de ellos, sacar a pasear al perro era algo que casi no se hacía.
Los primeros días no fueron fáciles. María iba al colegio. Ese año lo terminaba. Dejando a su madre sola se quedaba intranquila, sobre todo porque Pucho parecía desconocerlas a las dos y a su nuevo hábitat. Tenía un lavadero que, aunque pequeño, sería como su propia habitación. Pero él buscaba algo más. Se sentaba junto a la puerta por horas con esa actitud que tienen los perros cuando está por llegar alguien, que en este caso nunca llegaba. Lo cierto es que los tres estaban muy ansiosos e incluso madre e hija se despertaban de noche y amanecían cansadas. La tercera noche que durmieron allí, María se levantó a tomar agua. Al pasar por la puerta vio los ojos brillantes de Pucho, inmóvil en la entrada del departamento. Que le iba a decir, si ni su madre ni ella habían todavía terminado de adaptarse al cambio. No dejó de sentir pena por él.
En el piso cerca de la puerta estaba la correa marrón con que su madre lo llevaba ahora a pasear. ¿Pretendería salir a la calle a esa hora? Serían como las tres de la mañana. Colgó la correa en su lugar y escuchó la respiración agitada y esos casi imperceptibles silbidos. El perro parecía mirar a través de ella, como viendo otra cosa o a otra persona.
En los días siguientes las dos mujeres se despertaron de noche y el perro parecía no dormir. Eso nunca había pasado en la casa, según recordaba María.
El sábado las dos se levantaron tarde y desayunaron mirando por la ventana. Con un poco de esfuerzo podían ver, -imaginar que veían- el techo de su vieja casa. Desde ese piso séptimo se divisaban varias cuadras de aquella zona todavía no invadida por los edificios de departamentos como en el que vivían ahora.
María pensó, mientras miraba a Pucho, si a su padre le gustaría el lugar donde vivían, pero alejó rápidamente esa pregunta de su mente como quien se guarece de la lluvia repentina.
El perro parecía cansado también, apenas había comido algo esa mañana. No era frecuente porque siempre lo había visto voraz por las mañanas.
La tarde del domingo se acercaba lentamente. María quería salir un poco a caminar, a cualquier cosa. A eso de las cinco convenció a su madre para ir a caminar al sol, a tomar un café en algún bar frente a la plaza o hacer algo fuera de allí, las dos solas. Su madre asintió no muy convencida.
Mientras se arreglaban, Pucho comenzó a ponerse nervioso, ambas escucharon sus cortos ladridos. Quién sabe si presintió que no lo llevarían con ellas.
Al salir y antes de que su madre terminara de cerrar la puerta, Pucho corrió por la puerta entreabierta hacia el pasillo -¡Pucho!- gritó María -¿Dónde vas? Y se perdió por las escaleras. María volvió por la correa.
Se veía que el perro quería salir también. Era comprensible.
Al llegar a la puerta de abajo vieron a unas personas que cargaban bultos. Ninguna de ellas dijo haber visto al perro.
Caminaron varias cuadras. Fueron hasta la plaza, les preguntaron a varias personas si lo habían visto pero no pudieron encontrarlo.
Ya cansadas, volvieron al departamento a eso de las siete con una extraña sensación de vacío. No hablaron ni se dijeron nada. Tomaron un té frente a la ventana mientras el sol se ocultaba muy cerca de donde estaba la vieja casa.
A eso de las ocho de la noche sonó el teléfono y María atendió.
Al colgar, pensó unos minutos antes de hablar con su madre. Fue extraño sentirse detenida por la foto de su padre que descansaba sobre una mesita.
Todo fue como lo esperaba. Su madre no hizo nada más que mirar al piso mientras ella le contaba lo que había sucedido.
La que había llamado era una vecina de la vieja casa. Lo que contó no dejó de parecerle extraño pero fue como si siempre hubiera sabido que algo así pudiera pasar.
Pucho al escaparse corrió las diez cuadras a la casa y saltando por una ventana se metió debajo del sillón que era de su papá quedándose allí. Los nuevos dueños que no lo conocían, trataron de sacarlo pero parece que Pucho les ladró muy fuerte y se asustaron. No hubo forma de sacarlo del sillón. Llamaron a la policía y ante la duda de que estuviera rabioso, lo sacrificaron.

Esa noche María y su madre comieron en silencio y prácticamente sin decir palabra.
Luego durmieron muy profundamente y ninguna de las dos soñó nada. En adelante ya no se despertaron más de noche y descansaron.
Pasados unos días, la madre de María encontró en una caja una foto de Pucho con su marido. Le pareció que era mejor que la que estaba en la mesita y la reemplazó.

martes, 21 de abril de 2009

El llanto de los perros


Esto fue publicado en el taller literario virtual del Blog de María C. La consigna era utilizar la frase “Cabezón, cebate un mate” en el texto y salió esto que bien puede estar en este blog, para compartirlo con ustedes si es que no lo han leído.

Sentado frente a la pava, el Chango observaba las formas cambiantes del vapor que parecía amenazarlo creciendo hacia el techo, mientras trataba de imaginar qué decirle a ella cuando volviera.
La tensión en sus ojos enrojecidos, el fuego, el humo de la leña y la ginebra, creaban una nebulosa imagen amarillenta y movediza sobre las encaladas paredes.
Aquel rancho, casi invisible desde el camino vecinal, se derramaba en dirección opuesta al sol que se iba yendo, vacío de nubes, por el oeste.
-¿Por qué la Negrita se empecina en llevarme la contra? Si sabe que me tiene agarrado y que me pongo como loco cuando se va a la mañana a la estancia de enfrente. Ahí están todos esos peones que la miran y piensan quién sabe qué cosas. Como si yo no me diera cuenta o no me importara. ¿Para qué trabaja? ¡Si no necesita nada! ¡Seguro que quiere comprarse trapos! Ya sabe que a mi me gusta así, limpita nomás y que me da igual lo que se ponga.
Lobo ladraba afuera y rasguñaba la puerta con la pata derecha desde hacía horas, según le pareció a él. -¡Callate perro del demonio! ¡Te voy a dar en el hocico con el cinto si no te vas!- El perro enderezó las orejas al oírlo pero siguió con su quejido desacompasado que por momentos confundía al hombre, como si escuchara un llanto humano.
-Que no me venga con que no le digo que la quiero. ¿Le parecerá que hace falta? Pucha que me da calor decírselo…
-Aquella vez que la encontré hablando no se qué macanas con el puestero aquel y le pegué, después le pedí perdón y le dije que la quería. ¡Rojo me puse de la vergüenza que me dio! No la pude mirar a los ojos en todo el día. Igual se ve que me perdonó en serio porqué al rato me dijo: “¡Cabezón, cebate un mate!” Me acuerdo de las paces… Si… -Por un momento, el hombre aflojó los puños apretados que desplegaban, sobresaliendo de la piel gruesa, un entramado de venas hinchadas. Bajo esas manos, y en la mesa sin pintar, podía ver las vetas retorcidas de la madera, como caras humanas deformes que lo miraban con muecas murmurantes o acusadoras.
-¡Al mediodía, comiendo solo, a veces me imagino que anda por ahí tirada en un catre con alguno de esos tipos! ¡Tu macho soy yo carajo! ¡Que se atreva a negarlo! Pero no puede. Nunca va a poder… -Su cara de orgullo al pensar aquello, le hubiera dicho más a su mujer que esas pocas palabras ahora gritadas- ¿Sabrá que me saco la bronca que me provoca hachando troncos? Ya tenemos leña de sobra para todo el invierno por su porfía.
El perro seguía con su ladrido disonante. El Chango apuró otra ginebra. Si hubiera podido ver a través de la botella parda de barro cocido, se habría dado cuenta de que apenas quedaba un sorbo más y después nada.
-No entiende, no se da cuenta de que no soporto que mire a otros hombres, que les hable. Desde hace unos días, ya no puedo sacármela de la cabeza ni un minuto cuando no está. Sabe que el pensar en que tiene cerca a otro me vuelve loco. Lo sabe bien. Pero igual discute como esta mañana y se quiere ir. Encima me llora y yo como un sonzo aflojo y la dejo que se vaya.
Que quiere la plata para no se qué cosas, dice. Hiervo por dentro, me ciego y tampoco la puedo escuchar. Ni me acuerdo si hoy le grité o algo… En cambio cuando vuelve, cuando vuelve… ella sabe que soy otro. Negrita no te vayas más ¡No te me vayas…! -Se agarró la cabeza con las dos manos revolviéndose el pelo, moqueando.
Afuera el viento arrastraba el humo de la chimenea y al ladrido del perro, el que no había dejado de rascar la puerta hasta descascarar la pintura verde, acusando al azul anterior.
-¡Lobo salí de acá! ¡Te voy a dar con la hebilla! –El hombre se tambaleaba hacia la puerta, con los ladridos rompiéndole la cabeza, tratando de sacarse el cinturón de cuero al mismo tiempo.
Adentro y sobre la cama, estaba la Negrita. El techo parecía mirarle el cuello abierto, y el reguero viscoso y ya frío señalaba -allí en el piso de cemento- al hacha muerta desde la mañana.


Si la obsesión fuera amor
la muerte sería su acto.


Vill_Gates, Junio 2008.

lunes, 6 de abril de 2009

La mano tendida (2da. Parte)

Primera parte aquí

Caminaban en la oscuridad y su sombra se iba alargando a medida que se alejaban de los faroles que cadenciosos pendían de los cables en las bocacalles. El viento en las hojas de los plátanos hacía que Adolfo se detuviera confuso a escuchar si alguien los seguía. Así, ocultándose y mirando de a ratos para atrás en esa semipenumbra, se golpeó en donde la frente se mezcla con el pelo, contra el filo de un cartel de “prohibido estacionar”. La sangre comenzó a manar lentamente.
El Pulga, sacó de su bolsillo un pañuelo blanco -casi inmaculado y perfectamente doblado- y se lo ofreció a su compañero que miraba esa mano como escuchando dirigida a él. Miraba ese cuadradito de tela y luego a los ojos del Pulga como esperando una explicación que lo sacara de la ignorancia de aquel ofrecimiento desinteresado. En el Hogar esas cosas no pasaban.
-Toma esto, limpiate ahí- Le dijo el Pulga, que tuvo que señalarle la herida con el pañuelo. Finalmente Adolfo al tomarlo, no sin un gesto de desconfianza casi involuntario, le dijo -Tenemos que llegar al Mercado de Abasto y no queda muy cerca- Era cierto, pero el comentario respondió más a la incomodidad que a la necesidad del dato.
La sangre cesó de brotar. Ambos siguieron caminando -cegados por el amanecer- mientras llegaban a la zona del Abasto, evitando la transitada avenida Corrientes.
Los camiones cargados se agolpaban en las calles laterales del edificio que al Pulga le pareció gigantesco. Lo vio como un teatro, rodeado de artistas que se confundían en los verdes, amarillos y naranjas de las frutas y verduras que parecían moverse por si mismas, ocultando a quien las portaba.
Mientras se acercaban a una de las entradas, el Pulga escuchó entre los ruidos de la gente y sus cosas, un extraño fraseo musical que se colaba por entre los bultos. La música del instrumento encajaba perfectamente con aquel lugar. Se quedó ahí parado pensando, como si recordara, lugares que nunca había conocido, evocados por la música alegre pero melancólica que hacían nacer de unas teclas redondas y muy pequeñas, los dedos gruesos de un hombre. El intérprete era alto y fornido. De tanto en tanto interrumpía la interpretación para saludar, dibujando un gesto con su gorra, a alguna mujer que tal vez no conocía.
-Adolfo miró el efecto que la música causaba en su compañero y le dijo: - Es una verdulera.
Su interlocutor no comprendió y le dijo- ¿Cuál? Es que hay muchas mujeres en el mercado.
-No. Verdulera se llama el acordeón que está tocando- dijo Adolfo casi sin escuchar y señalando al intérprete a quien había venido a buscar.
Don Antonio, puestero legendario del mercado, ahora tenía empleados que despachaban la verdura por él; era viudo y su acento italiano no había desaparecido luego de cuarenta años de haber abandonado Nápoles. Adolfo conocía la historia de boca del protagonista, que lo había acogido como empleado en el puesto en su escapada anterior, antes de que lo encontraran.
Se acercó, entre el espacio que le dejaba la música de aquel instrumento que había empezado a conocer y se puso frente a frente al hombre.
El músico al verlo, terminó la melodía con un melancólico y cadencioso fine.
-¡Adolfo! –gritó entusiasmado.
-Por favor don Antonio, que esta vez no quiero que me agarren.
Al ver esa herida dijo el hombre -Vamos a que te vean la testa.
-Es que no estoy solo, vengo con alguien del hogar también…
-Ajá- dijo el italiano con los brazos en asa por detrás del acordeón, mirándolos como si hubieran hecho una travesura sin importancia por el hecho de haberse escapado. Miró al Pulga y le preguntó: -¿Cómo te llamas?
-Marcos- respondió con mal disimulado pudor el Pulga, como si se hubiera desnudado algo de su alma allí mismo, en la calle, delante de todas esas personas desconocidas. Hacía mucho tiempo que nadie le preguntaba su nombre.
Don Antonio se acomodó la gorra y les hizo una seña con la mano para que lo siguieran.
Al llegar a la casa que Adolfo conocía, les dijo que esperaran allí. Ellos se sentaron en los sillones de hierro forjado del patio rodeado de jazmines del país que florecían y crecían en las paredes, sin que el dueño de casa las hubiese regado o podado jamás. El aroma suave y dulzón hizo que se quedaran dormidos, lo que duró poco. No habían pasado más que diez minutos y don Antonio ya estaba allí con una mujer de mas o menos la misma edad que él, con un vestido celeste y una bolsa en la mano. Tenía el pelo rubio rojizo atado por detrás en una trenza que le rodeaba la nuca y sus rellenas mejillas sonrosadas se hinchaban más aún con la risa de su saludo. Después de escuchar los nombres de los chicos decidió que Marcos se llamaba “Marco” y lo siguió llamando así.
Le preguntó a Adolfo, que a todas luces parecía el mayor de los dos -¿Son hermanos? La pregunta tomó por sorpresa a los chicos, sobre todo a Adolfo que tratando de no quedar expuesto ante la pregunta de una persona extraña, respondió: Si es mi hermano- y al mismo tiempo atraía bruscamente al Pulga hacia él, de manera que sus brazos chocaron, mientras dejaba la mano en el brazo opuesto de Marcos.
Si hay algo que Marcos jamás pudo olvidar fue ese gesto, más allá de las palabras. La mano casi de hierro de Adolfo que conocía muy bien, esta vez en una actitud que le era desconocida.
Adolfo tomó conciencia de la situación, nunca había tenido un gesto semejante con nadie, y soltó a Adolfo, ante la risa contenida de don Antonio. Marcos quedó disimuladamente conmocionado y escuchó aturdidamente que la Sra. Ornella, así se llamaba la mujer, que les habló sobre un desayuno y que curaría la herida de Adolfo.
Ambos fueron a la casa de la mujer que estaba pared por medio y se sentaron en silencio a desayunar, café con leche, pan con manteca y dulce de leche, en cantidades extraordinarias para ellos.
Don Antonio volvió al mercado y ante la insistencia de la mujer en que descansaran en una de las habitaciones de sus hijos que ya grandes se habían ido de allí, se derrumbaron en las camas.
Marcos se despertó horas después y no vio en la cama de al lado a Adolfo. Se levantó con cierta inquietud, abrió la puerta que daba a uno de los patios. Allí estaba él, hablando con don Antonio pero no quiso acercarse
-No tenía usted porqué hacer esto, Don Antonio –dijo Adolfo.
-Hijo no es nada. Cuando te llevaron me dio mucha pena. Además no había terminado de enseñarte a tocar mi acordeón…
Adolfo rió y lo corrigió diciendo –Verdulera, don Antonio- mientras miraba el “Anconetani” de la marca escrito en el instrumento.
-Si, es cierto que te lo había explicado…
-Don Antonio, nos tenemos que ir… Necesitamos la plata.
-No creas que me olvidé. Las deudas son las deudas. Hoy no se habla de eso, se quedan en mi casa hasta mañana –lo dijo con un tono imperativo, señalando el piso del patio con el dedo índice– Si llega a pasar algo, saltan por la pared a lo de Ornella. Esta noche comen y duermen como Dios manda en mi casa— agregó al final.
A la noche la comida fue copiosa como el desayuno y Adolfo se dio cuenta que entre esos dos viudos había algo más que una mera vecindad y se alegró por Don Antonio ¡Cómo le costaría dejar ese lugar! Después se fueron a dormir temprano. Adolfo le dijo antes a Marcos: -Acá está tu pañuelo, la señora lo lavó.
-Gracias. Ahora Adolfo empezaba a pensar en el misterio del origen del pañuelo ése, tan blanco, de la misma manera en que Marcos pensaba en el silbato que Adolfo llevaba colgado del cuello.
-Pulga, lo de que somos hermanos que dije cuando vino la señora Ornella, en fin… yo… Vos sabés que no es verdad… lo que quise decir es que… Bueno… –Adolfo hablaba moviendo los puños cerrados pegados a su cuerpo, como inmovilizado por un enemigo más poderoso que él.
-Está bien. Lo entendí. No me tenés que explicar nada.
A Marcos no le importaba lo que Adolfo acababa de decir. El otro gesto era lo que le había quedado grabado.
A la mañana siguiente fueron con don Antonio, no sin antes desayunar y después despedirse de Ornella, al puesto en el Abasto. El hombre tomó un puñado de billetes de un cajón y le dijo a Adolfo –Esto es por tus dos semanas de trabajo acá y… esto otro a cuenta para cuando vuelvas.
Adolfo tragó antes de poder responder, con mucho esfuerzo -Muchas…gracias. -Les va a servir para ese viaje largo que tienen que hacer. Ambos se dieron la mano.
Marcos no pudo captar la fuerza del apretón de manos. Luego el hombre también le estrechó la mano a él y después se fueron.
Caminaron por allí, con el alma más iluminada aunque no sin un dejo de tristeza.
Los pasos se hicieron cortos a medida que se alejaban por esas calles llenas de olores frutales, y de cajones de madera, en donde se escuchaba la música de un acordeón melancólico, en un vals que había empezado a tocar un verdulero italiano en un puesto del mercado.
Nota: Si quieren leer una historia verídica del Acordeón Anconetani, hagan click en el nombre arriba.

domingo, 29 de marzo de 2009

Los visitantes

Laguna Grande había tenido un opaco esplendor, antes de que los trenes dejaran de llegar. Ya no quedaban, ni en el recuerdo, las formaciones que habían corrido por las vías cargando algodón, tabaco y pasajeros que -también ellos- habían desaparecido de los andenes como el polvo que se lleva el viento.
El camino desde la ruta, de unos tres kilómetros de tierra apisonada, parecía haberse ensanchado por el tránsito de las camionetas de los canales de televisión, algún diario y de no pocos curiosos que venían desde pueblos vecinos.
La plaza central, perfecto cuadrilátero, tenía como contrincantes al banco y al cine. Como impasible árbitro, San Martín se lucía en una estatua de a pié. Es que Laguna Grande nunca había llegado a ser un pueblo rico como para permitirse una estatua ecuestre en bronce del general libertador.
Los pocos pobladores que quedaban allí se reían del nombre de su localidad. No sabían a cuál laguna se refería porque no había ninguna en cien de kilómetros a la redonda. Ni se habían tomado el trabajo de averiguarlo. En realidad, no les importaba, ahora que casi ya no vivía nadie, salvo ellos, tan pocos, que casi podían contarse con los dedos de las manos.
Dos perros dormían en el medio en la calle 25 de mayo frente a lo que había sido una venta de maquinaria agrícola. Se sentían molestos por tener que levantarse ocasionalmente por el desusado tránsito de molestos vehículos.
El cine estaba cerrado y el banco era ahora una confitería que por esos días estaba repleta. Alcira y Mateo se esforzaban en atender a toda esa gente que ya se había dado cuenta de que allí faltaban por lo menos dos o tres personas más para servirlos como era debido. Los dos trataban de contrarrestar el mal humor con una sonrisa, pero no lo conseguían. De todas maneras la gente no tenía otro lugar adonde ir y el café no era tan malo.
A un par de tiros de piedra de allí, la estación de tren abandonada servía de refugio a un periodista que no se resignaba al polvo que su traje oscuro mostraría en el noticiero de las nueve de la noche. Entrevistaba a Braulio, un ex peón rural que gesticulaba contando: –Yo solamente vi las luces. Pero don Atanasio, que en paz descanse, llegó a contarme que había escapado de ellos.
-¿Cómo se los describió?
-Y mucho no dijo porque se murió.
-¿Le contó algo de su experiencia en cautiverio?
-No, no me habló nada de ese lugar Cautiverio que usted dice.
Sobre la vereda de la plaza, Alcira ofrecía sus especialidades regionales: Dulce de calabazas, de moras, higos confitados y panes caseros -“que amasé con mis propias manos”- según les contaba a sus nuevos clientes, mientras ellos le preguntaban sobre los visitantes. Ella respondía con monosílabos mientras contaba las monedas del cambio y guardaba celosamente los billetes con que le habían pagado.
En un desvencijado banco de la plaza un hombre de un diario regional trataba de hilar una historia coherente frente a un papel que veía borroso. La botellita de whisky casi vacía le había nublado bastante más que la vista y esta vez le costaba mucho redactar. Siempre se había jactado de que con dos o tres hechos –que eran lo de menos- podía crear una crónica atrapante y creíble. Pero el sol y la bebida no le estaban jugando una buena pasada esa tarde.
En la cuadra siguiente, una reportera demasiado rubia y de tacos altos, se quejaba de que el almacén, el único que había, no tenía el agua mineral que ella solía tomar. Miraba una ristra de chorizos de campo como si fuera una serpiente que la amenazaba con la rugosidad oscura de su piel. Ramírez, el dueño, logró convencerla de que no iba a encontrar esa bebida en otra parte y aprovechó para venderle otra marca. Ella se fue tratando de evitar que sus tacos se hundieran en la calle de tierra.
El hotel estaba repleto. Delia había tenido que pedir prestadas sábanas a sus vecinas. La mayoría eran de colores muy vivos y no se correspondían con sus respectivos juegos. Ella pensaba que mientas todo estuviera relativamente limpio no habría quejas.
Al entrar en las habitaciones, los pasajeros no podían dejar de notar el olor a encierro y al limón de un desodorante de ambientes, de los más baratos.
En lo que había sido un comedor, las luces iluminaban a una mujer que no parecía sentirse incómoda con las cámaras y los micrófonos.
-Aquí tenemos en exclusiva a la Sra. Bermúdez que conocía estrechamente a quien comenzó con los avistamientos y que luego murió en circunstancias aún no explicadas ¿Podría decirnos lo que le dijo él antes de morir? –preguntó el entrevistador.
-Bueno, yo era su vecina –respondió la mujer con un gesto cómplice y mirando a la cámara- El me contó que vio la bola de luz y que era muy grande. Si, muy grande. Apareció detrás de los eucaliptos a la entrada del pueblo.
-¿Por qué no hay marcas en el campo de ese aterrizaje?
-Es que Atanasio me dijo que la bola flotaba en el aire a unos metros, por eso debe ser que no se nota nada.
-¿Le hizo referencia a los extraterrestres?
-Bueno si, que lo habían querido llevar. Estaba asustado. Acá todos creemos que eso fue lo que lo mató. El susto. O tal vez algo que le hicieron ellos –diciendo esto último con un cierto dejo de aprensión.
La mujer continuó hablando y los que estaban detrás de la cámara la escuchaban atentos, especialmente los habitantes del pueblo, congregados para asistir a la función, algunos de los cuales asentían con la cabeza como si escucharan a un niño recitando una poesía cursi en un acto escolar. Uno de ellos le hizo un chistido y ella dijo –Ah si. Quería aprovechar para llamar la atención de las autoridades de la zona para que asfalten el camino. En caso de una emergencia no podemos ir al hospital zonal, especialmente los días de lluvia en que todo se hace un barrial espantoso.
El entrevistador pensaba en buscar una parte de terreno chamuscado para mostrar una imagen del supuesto lugar del aterrizaje. Pensaba que, en todo caso, resultaría fácil encender un poco de combustible en alguna mata de pasto por ahí y enfocar la cámara.
La viuda Ortega cocinaba un puchero de gallina para los tres arrendatarios de habitaciones de su casa porque el hotel estaba lleno. No podía disimular su sonrisa. Pero estaba exhausta. Había corrido al pobre animal toda la mañana hasta poder atraparlo. Desplumarlo le llevó varias horas.
En la plaza, alguien de un diario interrogaba a los vecinos y todos repetían las mismas palabras, que habían visto la luz fulgurante en la noche, que conocían al pobre Atanasio y que creían que su muerte estaba relacionada con los extraterrestres. Alguno se animó a decir que le parecía que eran perversos, fogoneado por las preguntas del periodista que buscaba quien le dijera que desde ese pueblo se urdía una invasión extraterrestre, lo que sería un excelente titular para leer por la mañana, mordiendo una tostada de pan con mermelada.
A la noche, la rubia de los tacos salió a fumar un cigarrillo a la puerta del hotel. Miraba al cielo estrellado casi extasiada y preguntaba en voz alta un poco para si misma y otro poco para el camarógrafo gordo que la acompañaba -¿Habrá vida ahí arriba en el espacio? Es decir, ¿Gente como yo? El camarógrafo pensó, exhalando el humo de su cigarrillo, sin responderle, que sería mejor que no existiera esa clase de vida allí arriba.
Y la Sra. Bermúdez lloraba para una radio la suerte de su amigo muerto, especulaba sobre los extraterrestres y la bola de luz, mientras por dentro pensaba que esa historia que todos los vecinos habían inventado, podría prolongar la vida agónica de ese pueblo por un tiempo más, a costa del pobre Atanasio que se había muerto de viejo y nada más.

lunes, 9 de marzo de 2009

Vasos de cristal

Nota: Para escribir lo que van a leer aquí hice algo nuevo. Me propuse escribirlo como si fuera una mujer y de la edad de mi madre. Ella tiene más de setenta años. Y salió esto, que tiene un estilo levemente diferente a lo que suelo escribir.
Menos el nombre de la protagonista, lo demás de la historia es  real. En realidad la creación absoluta no existe. Pero eso es otra historia...


Cada vez que camino por esa cuadra me parece verla, vestida con un impermeable negro y sus pasos cortos, como si escapara de algo, tal vez de la lluvia.
No sé cómo comenzamos a ser amigas. Bueno, amigas. En realidad más bien esa clase de personas que de alguna manera coinciden en la vida por motivos tangenciales, como en este caso, los de vecindad.
Me acuerdo que la conocí cuando mi madre, ya mayor, se mudó a aquel departamento de la calle Austria.
Luisina vivía en el piso de abajo y ya era un personaje. Algunos la llamaban “la loca esa”. Creo que la máxima transgresión de la que pudieron acusarla fue la de cruzar al almacén en camisón con el impermeable encima y nada más, defecto imperdonable para los encargados de los edificios de mirada ociosa. Luisina no gastaba. No podría decir que fuera tacaña tampoco. Tal vez la infancia la fue moldeando para caer en esa trampa inevitable de la clase media que consiste en pensar siempre y solamente en el futuro.
Si me invitaba con algo, lo hacía en tasas irrompibles o en vasos de plástico, de esos que señalan casi inequívocamente de una u otra forma que la vida pasa por un período de provisionalidad. Los vasos “buenos” estaban guardados y eran buenos de verdad, de cristal.
Ella era enfermera y en un país como la Argentina llegar a tener varias propiedades siéndolo, no es tarea fácil. No invertía en su persona casi nada. Se vestía con ropa barata y con un gusto que no era el mío. Sin embargo todo en su casa parecía nuevo y sin uso, a fuerza de fundas en los sillones, alfombritas en los pisos plastificados y protectores en los picaportes dorados –“para que no se gasten con el uso”- decía.
En todo lo que fuera conseguir cosas más baratas para la casa era una experta. A fuerza de caminar, había dejado su departamento muy bien puesto. En eso sí que tenía gusto.
Luisina era así. Peso que tenía, peso que guardaba para poder comprar otra propiedad. Y se ve que los administraba bien porque llegó a tener tres departamentos. Por esa época, yo tenía una especie de inmobiliaria que consistía en el número de teléfono de mi casa y poco más. Llegué a ayudarla a alquilarlos varias veces. Nunca le cobraba comisión. No hubiera podido. Yo ayudaba a mi marido con lo que sacaba y podía darles algún gusto a los chicos de vez en cuando. No me faltaba nada y no le iba a andar cobrando sabiendo como era.
En un principio ella vivía con su madre que falleció al poco tiempo de conocerla. Además tenía una hermana que vivía en Curaçao.
Y no era fea. Si se hubiera vestido mejor y pintado, poniéndose algo de vida en la cara, habría perdido ese aire algo desteñido que la acompañaba. Nunca supe si había tenido un novio o algo parecido. Nunca me habló de nada de eso y nunca se lo pregunté. Tal vez le hubiera venido bien tener un gato pero ella no hubiese consentido un rayón en el piso ni una cortina de voilé rasgada. Tampoco parecía tener amigos o amigas. Me hablaba de alguna prima a la que nunca conocí. En el balcón encerado tenía muchas plantas que había criado a partir de gajos arrancados de por aquí y por allá.
Una vez me regaló una cartera. Fue una sorpresa porque además del gasto, le había acertado con el gusto. ¿Conocía mi estilo? ¿Sería acaso el de ella también y del que se privaba vaya a saber por qué motivos? Nunca lo supe.
Luego de unos años de conocerla empezó a sentir unas molestias en el brazo izquierdo. Ella no le daba importancia al principio. Mientras conversábamos se tocaba el hombro pero después continuaba como si nada. Después comenzó a inflamársele. A pesar de que se daba calor en la zona con una almohadilla que le insistí que se comprara, no parecía mejorar.
Es que al final, aunque venga disfrazado, el cáncer se presenta y lo hace como Greta Garbo cuando bajaba de aquellos autos y no se podía ignorar su presencia entre fotógrafos y luces.
Yo sabía de su enfermedad porque varias veces fuimos al especialista. Sin embargo ella parecía negarla. Pero sin artificio, con la naturalidad que la llevaba a decir: “voy a ir a visitar a mi hermana en Curaçao cuando me sienta mejor”, cosa que nunca hizo ni hubiera hecho de estar sana porque gastar en un viaje de ese tipo no figuraba entre lo que se permitía.
Un día me llamó para que la acompañara a su internación en el Hospital Rivadavia. La sorpresa vino porque, según me dijo una de las religiosas que cuidaban a los enfermos allí, nadie la había visitado en los cinco días que estuvo. Le aclaré que yo no era familiar. Con la sensación de estar mintiendo un poco le dije que era una amiga.
Cuando Luisina salió parecía estar un poco mejor y siguió con su vida. Iba a decir que normal para ella, pero creo que no soy nadie para juzgar si era normal o no.
Iba al hospital en donde trabajaba, administraba lo que tenía, y seguía con preocupaciones sobre la pintura de alguno de sus departamentos, persiguiendo a algún electricista que no había cumplido un trabajo y cosas así. Pero eso no duró.
La siguiente vez que fui con ella al hospital le pregunté al médico sobre el pronóstico de su enfermedad. Me dijo que no le quedaba mucho tiempo. Ella seguía hablándome como si todo eso fuera a pasar, como si estuviéramos tomando algo fresco en vasos de plástico y luego vinieran los de vidrio.
Volvió a salir pero no por mucho tiempo. En la última internación, ya nadie hubiera podido decir que no le pasaba nada. Llegó a decirme -De ésta no salgo ¿verdad?- No le respondí nada. Supongo que mi cara le habrá mostrado muchas cosas, no lo sé. Creo que le dije algo sobre si quería que le trajera un camisón más abrigado porque estaba haciendo frío.
Se murió sola en aquel hospital porque en ese momento yo no estaba acompañándola. Tampoco hubo muchas personas en su entierro en el cementerio de La Chacarita. Supongo que alguna de esas pocas mujeres que estaban serían la prima y alguna compañera del hospital.
Al poco tiempo viajó su hermana desde Curaçao. Era muy distinta a ella, parecía una mujer de mundo. Fumaba apoyando el codo es las caderas y se quedaba así mientras hablaba. No parecía interesada por el dinero que obtendría de las propiedades de Luisina.
Me dijo que su hermana le había contado sobre mi y me pidió que las vendiera por ella cuando la sucesión estuviera lista.
Y así fue, pero a ella si le cobre comisión. Antes fue desprendiéndose de las cosas que Luisina había juntado con tanto esmero.
A mi me quedaron los vasos de cristal.

domingo, 8 de febrero de 2009

La mano tendida

Casi nadie hablaba con Adolfo. Por lo menos no se podía hacer directamente sin exponerse a recibir un puñetazo en los lugares en donde dolía más. Los golpes en la cara eran los peores porque la vista de la sangre que probablemente se escapara por la boca o la nariz, era una invitación para que los preceptores preguntaran por el causante y eso tenía un castigo aún peor, que él mismo se ocupaba de retribuir después.

Lo único que se podía hacer era dirigirse a sus laderos y pedir una “audiencia” que casi nunca concedía. Era la forma de demostrarnos a todos los chicos de aquel orfanato que él era el más fuerte y por lo tanto a quién más debíamos temer, aún más que a los castigos de los preceptores.
Y allí estaba yo pidiendo hablar con el, en el recreo largo después del almuerzo, en aquel sol de enero de 1962 -que en Buenos Aires suele tener de cómplice a la humedad- tratando de hablar con uno de sus compinches, guardaespaldas o lo que fueran. Guardianes que no necesitaba pero que lo hacían ver más poderoso y por lo tanto más temido.
La tercera negativa de “audiencia” -creo que fueron tres, si- hizo que me decidiera. El estaba allí en un rincón del patio, con un ángulo de visión perfecta para controlarlo todo; para ver los movimientos de cada uno de los trescientos y tantos internados del instituto. Tenía siempre en las manos un silbato atado con un cordón rojo que hacía girar en el aire y que, con estudiada seguridad, guardaba en el bolsillo delantero de su camisa arremangada, antes de asestar a quien fuera, el primer puñetazo aleccionador.
Caminé hacia él, ante la mirada incrédula de sus laderos, quienes supongo que me compadecerían por las consecuencias de hablarle o apenas sostenerle la mirada por más tiempo del que Adolfo mismo determinaba en cada caso; tiempo que solía ser breve y de consecuencias contundentes.
Creo que es necesario aclarar que el tipo era excepcionalmente fuerte y me llevaba más de dos cabezas de altura, además de tener dieciséis años, tres más que yo. Ya nomás verle el cuello como el de un toro, hacía que los golpes anticipados por la imaginación doliesen más aún que los reales. Además parecía llevar los antebrazos tensos como para disparar la mano cerrada hacia donde fuera necesario.
Era consciente de su fortaleza y realmente la tenía, vaya que si. Yo sabía defenderme bien pero a su lado parecía débil y mal alimentado. Además, a esa edad, a uno le parece que los más grandes tienen mundos de experiencia que los más chicos no hemos descubierto. En realidad la mayoría de los que estábamos allí no teníamos nada de mundo, salvo el especial, cercado y olvidado del instituto en el que vivíamos. Pero había alguien que no encajaba en ese patrón y era precisamente Adolfo. Él se había escapado y estado dos semanas afuera. Lo habían perseguido como si fuera un asesino peligroso y finalmente lo habían encontrado, con un cigarrito en la boca, en un puesto del Mercado de Abasto, mientras cargaba una bolsa, dicen que de zanahorias. Si no lo hubieran descubierto de improviso, seguro que se les escapaba. Justo por eso quería hablar con él. Era el único que lo había hecho y no había dicho cómo ni por dónde. Todos decían que le habían pegado para que hablara y que las marcas que tenía en la espalda eran por eso; varas de madera o correas de cuero que no habían logrado hacerlo hablar. Eso le agregaba un aura extra que lo convertía en alguien distinto, temido pero admirado. No importaba que lo hubieran atrapado después.
Cuando me recibió lo hizo sin comprender mi atrevimiento. Y me preguntó, casi sin entonación interrogativa -Qué queres.
Y yo, como no tenía mucho que perder -ya sabía lo que me iba a costar- le dije –Tengo que hablar con vos. Quiero preguntarte algo.
Miró alrededor -allí donde nadie parecía estar mirando pero desde donde surgían todas las miradas, agazapadas, temerosas o aparentemente distraídas- y dijo -mejor te vas- levantando un poco el tono, como para que lo escucharan todos.
En ese momento me acordé del papel arrugado que tenía en el bolsillo y tuve el valor suficiente para decirle simplemente “No”.
Creo que fue más la sorpresa que la sensación de desafío lo que lo llevó a hacer lo que muy pocas veces hacía, me agarró del cuello de la camisa. Creo que incluso me levantó algo del piso y me miró tratando de descubrir qué tenía yo en mente.
Luego de un rato, vaya a saber qué cosas pasaron por su cabeza, me dijo –Pulga, más te vale que desaparezcas de acá ya mismo porque…
-Desde ese momento siempre fui para él “Pulga”. Pero le respondí -No. Tengo que hablar con vos.
Me soltó y creo que antes de que llegara al piso me dio un puñetazo en el estómago con el que terminé en el suelo. Me ahogaba, pero no era la primera vez que recibía un golpe así. En esos lugares la sobrevivencia a los golpes es una de las primeras cosas que se aprende.
Todos ahora miraban sin disimulo lo que pasaba. Adolfo buscaba a algún preceptor que lo hubiera visto pero no lo encontró.
Yo tardé unos segundos en recuperarme. Parecía que nadie se movía e incluso que todos los sonidos inevitables en un patio hubieran cesado, como si alguien hubiera desconectado el volumen de una de esas películas que nos pasaban allí de vez en cuando.
Me levanté y mirándolo a los ojos, a pesar de mi estómago, le dije. –podes molerme a palos si queres pero tenemos que hablar. La cara de Adolfo decía que su paciencia se había agotado. No se desafiaba a Adolfo de esa manera.
Trató de asirme nuevamente de la camisa. Esta vez no fue deliberadamente al cuello sino que me tomó instintivamente de donde pudo. Lo hizo desde el bolsillo de mi camisa desde donde asomaba el papel; el que me había dado valor para llegar hasta ahí.
Al notarlo, lo sacó y dijo teatralmente, como había hecho al principio –A ver qué tiene éste acá.
Creo que me hubiera dejado matar por ese rectángulo blanco y escrito con prolija cursiva.
Me acuerdo que grité, agarrado por esa mano que parecía de acero. Pensaba que ese papel era lo más valioso que tenía, lo único valioso en realidad -¡Devolveme eso! ¡Dame ese papel! Creo que me soltó para evitar que alguien pudiera ver que yo le gritaba. Además era evidente que tenía curiosidad de lo que podía significar aquella nota. Esa clase de cosas no se le escapaban.
Miró hacia todos lados y sentenció en voz baja –En el baño de arriba, diez minutos después de que apaguen las luces, hoy a la noche.
Todos volvieron a hacer como si nada hubiera pasado. Pero algo había pasado. Yo estaba “vivo” todavía y solo había recibido un puñetazo. Adolfo miraba a todos provocadoramente como diciéndoles “Acá no pasó nada. Sigan haciendo lo que sea que tengan que hacer” pero un observador atento hubiera notado que me siguió con la mirada preguntándose quién sería y qué tramaba aquel chico que se le atrevía de ese modo.
Yo estaba feliz, poco me importaba saber cómo iba a salir del dormitorio por la noche con los celadores dando vueltas para llegar hasta el baño. Ni siquiera estaba seguro de lo que iba a hacer Adolfo pero había logrado lo que quería: que me escuchara. Lo que venía después ya se vería.
Fueron la inconsciencia y la ansiedad las que hicieron que pegara un salto de la cama unos segundos después de que se apagaran las luces del dormitorio, un barracón interminable y oscuro, me vistiera rápido, abriera la puerta y corriera hasta el baño casi como un autómata. Allí me escondí en donde pude. Recuerdo todavía los pasos que se acercaban mientras el goteo de decenas de canillas mal cerradas hacía que no pudiera prestar atención a nada más que a esos ruidos desacompasados.
Luego de un rato la puerta se abrió. El corazón me latía cada vez con más fuerza. Si me descubrían no iba a tener otra oportunidad para hablar con Adolfo.
-Veo que viniste- Fue lo primero que dijo saliendo de la oscuridad y después siguió. -Que sea la última vez que me hablas así delante de todos porque… porque no va haber próxima vez. Me parece recordar que me mostró el puño cerrado.
-Si me decis lo que quiero saber no va a haber próxima vez- le dije.
No podía ver bien su cara pero, la curiosidad jugó bastante bien el papel que tenía asignado en aquella ocasión.
-¿Qué es eso que tenías anotado en el papel? Es la letra de Alicia, la Secretaria del Director y ella no anda por ahí dando mensajes a los internos.
-Si, es de ella- le respondí. Lo averiguó para mí, nos llevamos bien. El se quedó esperando más que eso y le dije.
-Quiero que me digas cómo te escapaste porque tengo que salir.
-Estás loco y no se porqué no te muelo a palos acá mismo. Bueno, no es el mejor momento, después me molerían a palos a mi ¿Qué pensas que soy, una monjita de la caridad? ¿Para eso me hiciste venir? Creía que ese papel tenía la dirección de algo importante
-Si, para mi es importante.
Adolfo me miraba dudando entre patearme o irse. No hizo ni una cosa ni la otra y se quedó allí parado.
Hablaba para mi mismo cuando le dije monocorde -Sé que te escapaste por una ventana de arriba. Nadie sabe más que eso pero lo voy a intentar de todas maneras esta misma noche. Ahora.
-No vas a poder bajar. Son dos pisos hasta la calle.
-No importa, me las voy arreglar.
Él seguía sin entender lo que había pasado y me dijo sin que sonara desafiante –No lo vas a hacer. No te vas a animar. Y se fue.
A pesar de que hacía calor, recuerdo que sentí frío. Me creí solo como nunca lo había estado. Solo entre cientos de personas a las cuales no les importaba nada de mí y el único que podía ayudarme se acababa de ir. En realidad, él no tenía porque hacerlo. Cada uno pensaba en si mismo allí, no tenía por qué importarle lo que a mi me pasara.
Entonces creí comprender que tenía que intentarlo, a pesar del castigo si me encontraban. Recordé lo que decían que le habían hecho a Adolfo pero no me importó.
Tenía que llegar hasta esa ventana del piso de arriba. Todo parecía desierto pero la escalera estaba al final de un largo corredor. Una vez que saliera de mi escondite no tendría donde ocultarme, tampoco sabía si alguien estaría vigilando allí, al final del pasillo.
Caminé tan despacio como pude, escuchando los propios pasos y mi respiración. No vi a nadie. La escalera fue fácil. La ventana que buscaba no tenía rejas. Tenía que ser esa.
Desde allí no se veía nada más que la cornisa que llegaba hasta la esquina del edificio con el muro que daba a la calle enfrente, a una distancia considerable.
Pensé que tal vez, si llegaba a la esquina caminando por la cornisa, podría encontrar por donde bajar. No tenía miedo pero no veía nada. Subí al alféizar de la ventana, desde allí mis zapatos viejos parecían amoldarse a la angosta cornisa de mampostería gastada y sucia del otro lado. Si caminaba bien pegado a la pared, tal vez podría lograrlo…
Y fue así que resbalé -las palomas no solían dejar allí nada demasiado sólido- y mi mente se anticipó a la caída hacía algún lugar allá abajo.
Cuando ya me preparaba para lo peor, la mano de acero que ya conocía me tomó del brazo como si levantara una pluma.
Miré la oscuridad bajo mis pies y la cara de Adolfo mientras él me subía sin esfuerzo hacia la ventana. Allí preguntó ¿Qué es esa dirección del papel?
Yo le respondí -Es donde posiblemente viva mi madre.
Él cambió la cara perturbado. Algo como eso le pasaría a cualquiera de los internados. Casi ninguno conocía a sus padres. Adolfo tampoco...
-Ya te había dicho que estabas loco ¿No es cierto Pulga? Eso queda en la provincia de Misiones, a medio país de aquí.
-No me voy a quedar. Voy a ir aunque no sepa donde queda ese lugar ni vaya a haber nadie que me sostenga en el próximo resbalón.
Él miraba confundido, hasta que -nunca pude comprender porqué lo hice- le dije –Veni conmigo.
El miró me miró fijamente a los ojos, luego hacia abajo, parecía recordar cosas. Luego fijó sus ojos en algún lugar indeterminado, en la oscuridad del interior del edificio, como buscando a qué aferrarse para negarse a la propuesta y finalmente dijo: -Seguime y hace exactamente lo que te diga. Sacate los zapatos… -Y otra serie de instrucciones. Recuerdo bien que me caían las lágrimas, creo que él nunca lo notó.
Y así nos escapamos.
Caminando juntos en la oscuridad de la calle desierta a esa hora, iluminados por los faroles que se bamboleaban por el viento. Parecíamos hermanos que volvían de alguna aventura. Eso era precisamente lo que acababa de empezar.
Nos fuimos los dos a buscar a mi madre.
No hubo pacto, ni condiciones, simplemente nos fuimos. Nunca hubiera imaginado las cosas que tendrían que pasar antes de saber algo de ella.
Pero esa es otra historia.

martes, 27 de enero de 2009

Monstruos

Estar solo en el piso de abajo de su casa durante una noche de tormenta, no era una de las cosas que más le gustaran a Lisandro. Pero ahí estaba, jugando con sus autos en la alfombra gastada de la sala de estar.
A través de la ventana, los relámpagos iluminaban el patio. El agua que mojaba la ventana, parecía deslizarse lentamente sobre la superficie del vidrio, proyectando extrañas sombras sobre las cortinas semitransparentes.
Laura estaba arriba, viendo televisión, una película de esas de amor. Lisandro no entendía qué podría tener de entretenido ver a una pareja darse besos y hablar durante toda la película y que no pasara nada más. Era muy aburrido. Además su hermana, mucho más grande que él no iba a cambiar de canal. A veces no le gustaba tener cinco años. Nadie parecía hacerle demasiado caso.
De todas formas no estaba muy tranquilo sentado en la alfombra y mirando de reojo la ventana ocasionalmente iluminaba. Trataba de contar los segundos desde el repentino aparecer de esa luz blanca y el trueno. Su padre le había explicado que el tiempo transcurrido entre la luz y el sonido indicaba la lejanía del relámpago y que incluso se podía calcular la distancia en donde había caído. Sería entonces terrible ver y escuchar el fogonazo al mismo tiempo. Probablemente fuera algo equivalente a la muerte. O por lo menos así lo pensaba el.
Otra cosa que le preocupaba era que los truenos no lo dejaban escuchar aquellos otros ruidos, menos estridentes pero no por ello menos peligrosos: el sonido de los monstruos.
Tenía miedo a los monstruos. Nunca había visto uno de verdad pero si en las películas. Su madre le había dicho una vez, lo recordaba bien, que los monstruos no existían. Las palabras exactas que había usado eran “…Hay animales peligrosos e incluso personas malas, pero monstruos como esos que te dan miedo, no existen”. Se lo había dicho mostrándole de dónde venían los ruidos que temía: una madera chirriante, por ejemplo, o un gato que caminando por el patio parecía -en una corrida fugaz- alguien que deliberadamente pretendía asustarlo. ¡Y cómo lo lograba!
Un día vio que el cielo se había puesto negro, como si absorbiera toda la luz. Una capa de nubes espesa avanzaba y se tragaba el sol. Y después vino el viento y la lluvia, pero ningún monstruo.
Ahora, los relámpagos se sucedían unos a otros y las gruesas gotas golpeteaban en las ventanas, no podía más que repetirse como si quisiera convencerse de que fuera cierto: “Los monstruos no existen” “Los monstruos no existen”. Tal vez ignorándolos con esa repetición de sonidos podría espantarlos. Pero ¡Qué tonto era! Cómo iba a espantarlos si no existían. Trató de seguir jugando con los autos, uno azul y otro, ambos iluminados por los fogonazos del cielo. Le pareció que esa luz fría y blanca podía llegar a quemarlo. Otro relámpago. Esta vez la distancia entre la luz y el sonido eran menores. No quería pensar que los rayos se acercaban a él. No, no quería.
Ya no podía alejar los ojos del ventanal del patio porque en ese momento se apagaron todas las luces de la casa. Se quedó quieto. Otro trueno le indicó que la única luz que le permitía ver a su alrededor era la que venía del cielo. Se quedo allí, con la vista hacia arriba, mirando esa ventana que le daba miedo. Estaba pensando que ese momento no era el mejor para recordar a películas de terror pero algo que vio por una fracción de segundo -lo que duró ése relámpago- lo paralizó. Bajo el resplandor casi enceguecedor, algo descendía en el patio.
Una figura muy alta, como un pájaro gigante y deforme, se posó allí, una vez que terminó de plegar unas alas como de murciélago.
El sudor y la duda hicieron esos segundos interminables. Otro relámpago mostraba aquello frente al ventanal, como con una especie de capucha que probablemente escondiera unos malignos ojos atentos.
-Los monstruos no existen- se dijo, aunque el latido del corazón le decía lo contrario. Intentó pararse pero no pudo.
-Los monstruos no existen. Tendría que gritar para que viniera Laura. Si esa cosa llegara a entrar, probablemente me mataría pero no lo va a hacer porque no es real. Tiene alas y puede llevarme también pero los monstruos no existen. Si viene Laura también la matará a ella. No debería gritar entonces.
Otro relámpago mostró a aquella figura como abalanzándose sobre el vidrio.
Su maestra le había dicho también que ellos no existían. Quería salir corriendo y esconderse. Tenía miedo y no se podía mover.
Solo escuchaba la lluvia y su respiración.
-¿Lisandro dónde estás? ¡Se cortó la luz! -Gritó Laura, que había bajado lentamente por la escalera y se acercaba a la ventana.
Pero a pesar de todo lo que rondaba su cabeza y el peligro en el que se encontraría también su hermana, se puso de pié al abrirse de golpe el ventanal evidentemente mal cerrado. El viento hizo que la cortina le tapara la cara. Todo estaba oscuro, el agua lo mojaba y le cerraba los ojos hasta que el siguiente relámpago hizo que lo viera.
Frente a Lisandro estaba esa figura que ahora veía bien. Las alas verdes y la capucha se balanceaban hacia él.
-¿Lisandro? ¿Por qué estás afuera? ¡Lisandro, no me asustes! -decía su hermana muy cerca. Lo pudo ver a la sombra de algo oscuro y verdoso.
Lisandro miraba a su enemigo, mientras ambos -su monstruo y él- se mojaban en la lluvia.
-¡Lisandro entrá que te estás mojando! ¿No tenés miedo?
Sin siquiera darse cuenta de que se estaba empapando, él le respondió: -Ya no.
Lo que allí había era una especie de toldo que se había desprendido de alguna ventana cercana por efecto del viento, hasta engancharse con un cable en el patio.
Un monstruo que había sido derrotado por Lisandro.

domingo, 11 de enero de 2009

Los sentenciados

Subía la cuesta empinada de la duna que iba hasta aquella cabaña veraniega con la mochila al hombro y la respiración agitada, que señalaba su furia más que el resultado del ejercicio forzado. Se enjuagó el sudor de la cara que fue a parar parte a su bermuda y parte a la arena caliente que la sorbió como un alcohólico al último trago de la botella o tal vez como lo hace un niño amamantado que toma con fuerza el pecho indefenso de su madre.
Las sandalias se atascaban en la subida y los ojos mostraban el aire salvaje que siempre había tenido, ahora fogoneado por la pasión. Gritó para descargar todo lo que pasaba en su interior. Parecía que la brisa espesa de la tarde quisiera frenarlo, removiendo su pelo y su barba. Ella todavía no lo había visto pero si lo hubiera hecho, solo hubiera reconocido del Tomás que conocía, esos dientes blancos y parejos que brillaban aún más con el alarido, un quejumbroso sonido que se profiere mirando hacia arriba, al cielo, para que lo escuche quien lo tiene que escuchar y si fuera posible el resto del universo. Así fue ese grito esforzado, duro como las rocas de la playa.
La puerta de madera barnizada, cubierta a medias por la luz que golpeaba de lleno sobre el techo, los árboles y los sillones de madera, era el último límite -ahora casi etéreo- que lo separaba de Marina.
Ella lo vio llegar con el acompasado entrar y salir del aire de su pecho, tenso y mojado, traspasando el algodón negro de lo que tenía puesto. Pero no se detuvo en el detalle de la vestimenta. No en el puño en alto, ni en la mandíbula tensa y levemente temblorosa. No.
Los ojos, la mirada de Tomás, eran un abismo negro que encerraba muchas cosas que ella no hubiera querido ver y que estaban allí. Era inútil retirar la cara para evitar que la imagen se fuera, como quien trata de escapar del flash de una cámara fotográfica que golpea con el velo de una momentánea capa de niebla brillante. Allí estaba todo y ella desnuda ante él. Un despojo distinto, el que no se puede ocultar con la ropa porque esas cosas no pueden taparse, tal vez si con alguna mentira que no estaba dispuesta a decir.
Él ya sabía. No importaba cómo, ni quién. Y no lo iba a negar. Para qué si era cierto. Y escuchó aquellos gritos desaforados e implacables, que le sonaban con más fuerza al ver los brazos velludos y bronceados por el sol que se alzaban hacia ella como las garras de una fiera.
-¡Por que tuviste que acostarte con ese tipo! ¡Vos sabés lo que estás traicionando! ¿No te importa que digan que sos una puta?- y muchas otras cosas. Pero no cualquier cosa. Así era Tomás.
Era como un potro bien entrenado y como un jinete experto. Galopaba cuando era necesario, soltando la rienda para correr por la playa, como habían hecho los dos muchas veces entre la espuma blanca que volaba desparramada entre las patas veloces de los caballos. Pero cuando era necesario, el antebrazo fuerte que ella había acariciado incontables veces, jugando con los caminos que formaban esa venas hinchadas, entrecruzadas en aquel peculiar dibujo, ponía el ritmo justo al paso, manteniendo a voluntad la marcha. Por eso, no decía lo que no quería decir. No le estaba diciendo que era una cualquiera, ni que lo había traicionado a él, no. Y eso era una de las cosas que amaba de ese hombre. El sabía que había palabras irremediables de las que no se vuelve, caminos que no tienen retorno. Pero ahora había otros senderos posibles.
Tomás la tomaba por el cuello y la presionaba en aquel grado justo, solamente conocido por ellos dos, antes de que la fuerza se convirtiera en otra cosa, en algo oscuro.
Ella inmóvil, escuchaba y pensaba. Su cuerpo además le había ordenado que derramara lágrimas que mojaban la mano de él.
-¿Por qué? ¿Por qué?- Le preguntaba Tomás que ya no podía decir más que eso. Había explorado en su interior las posibilidades que se le habían ocurrido: Que él tal vez no fuera suficiente para ella. Que simplemente lo había tomado como una aventura o que… otro montón de cosas que no lo conformaban en absoluto porque ya sabía la respuesta y la consecuencia.
Allí como estaba, con la cabeza echada atrás, el pelo aclarado por el sol y esos ojos que dejaban de ser azules para mostrar inmediatamente otras cosas, Marina parecía indefensa. Y lo estaba. Ahora él se sentía capaz de ahogarla con sus propias manos.
Con ese traje de baño celeste y el pañuelo enorme y colorido que usaba como falda, sus largas piernas parecían no sostenerla.
No entendía por qué no le respondía, que no se rebelara, que no le exigiera que la soltara. ¿Acaso ella iba a dejar que la ahogara? ¿No se iba a defender de lo que podía ser fatal?
Pero Marina seguía siendo fiel a si misma, dejando que la explorara por dentro, entregando todo lo que era, aún esas cosas que ella hubiera querido ocultar en los meandros del alma, en la mayoría de los casos accesible solamente a otra clase de luz.
Ella habló y dijo –apenas como un formalismo- que, en aquella época, todavía ninguno de los dos estaba seguro del otro, Que había tenido miedo y que había sido débil. No dijo -aunque sabía que de todas formas no hacía falta- que aquel otro hombre en cierta forma la había contenido.
Tomás dijo: -Vos sabías que ya estaba decidido. Deberías haberlo sabido.
La supuesta fatalidad de aquel error de apreciación ya no podía cambiar lo que sabía que iba a hacer desde el momento mismo de entrar en la cabaña. Ella lo miró esperando lo irremediable.
Afuera todavía estaba sobre la mesa el sombrero de paja que ella usaba y la mochila que él había dejado antes de entrar.
Como si nada pasara o nada pudiera alterar aquel orden, las olas que se veían desde lo alto de aquel médano, dibujaban sus líneas blancas de espuma extendiéndose por ambos lados hasta donde se perdía la vista.
Las golondrinas iban y venían a sus nidos en los parantes del techo, indiferentes a lo que ocurría detrás de la puerta cerrada.
Él se había sentado y su respiración se hacía más lenta. Ya no la miraba. Su vista se había perdido, vagando por los entresijos de lo que desde hacía unos minutos ya era pasado.
Marina con la delicadeza de la que era capaz, puso su mano sobre la cabeza de él y la dejó, casi inmóvil, flotando en aquel pelo oscuro.
Tomás le dijo entonces -¿Por qué apenas me tocás y no enredás tu mano en el pelo cómo lo hacés siempre?
La sentencia había sido pronunciada.