viernes, 10 de julio de 2009

El descanso

El piano parecía no querer salir por la puerta que comunicaba la sala de estar con el comedor. María veía esa imagen como una síntesis perfecta del próximo abandono de aquella casa en la que había nacido. A su mamá le resultaba grande ahora que Julio se había ido a trabajar al interior y sobre todo porque su papá había fallecido unos meses antes. Pero de eso no quería acordarse.
Terminó de guardar platos y cubiertos en unas cajas, mientras observaba como Pucho, el Terrier de su padre, no entendía todo ese movimiento y la miraba como esperando una palabra de aclaración que no iba a darle porque también estaba confundida.
Algunos de los muebles se quedarían allí porque no podían llevarlos. Eso se había arreglado con los compradores, quienes elogiaron algunas de las cosas, como el aparador con espejo biselado del comedor y la cama matrimonial. Era imposible hacerles lugar en un departamento como el que habían conseguido cerca de allí para las dos y para julio cuando volviera. Si es que alguna vez su hermano volvía, porque probablemente no pasaría mucho tiempo antes de que se casara.
Nunca había sido tan consciente de que aquellas cosas que habían estado presentes desde siempre en su vida, bosquejaban una vida casi sin cambios. Pero eso era una mera ilusión. Desde que su padre había fallecido nada había sido igual en aquella casa. Pero apartó nuevamente eso de su memoria.
Su madre parecía estar atareada con los preparativos de la mudanza. María creía que disimulaba cualquier manifestación de emoción para no preocuparla a ella.
Esa noche, la última que pasaron en aquel caserón del barrio de Flores, fue muy especial. Su madre había preparado algo de comer para las dos con lo poco que había quedado en la cocina. La heladera ya no estaba, como la mayoría de las cosas.
Luego durmieron en la cama matrimonial de su mamá. El camastro parecía más pequeño en la habitación semivacía. A la mañana siguiente cerrarían todo.
Pucho casi no durmió. Creyó escucharlo durante la noche, con su respiración agitada, vagando por la casa. Quién sabe lo que pasaría por su cabeza.
Antes de irse, María hizo algo que se dijo que no iba a hacer pero que no pudo evitar. Recorrió cada habitación, cada patio, como pasando lista a las cosas que pudieran haber quedado olvidadas. En realidad, lo que hacía era recordar las que ya no estaban. Al llegar a la sala de estar vio a Pucho debajo del sillón en el que su papá leía y escuchaba la radio cuando llegaba de trabajar. Siempre se escondía allí cuando él se sentaba. Recordó la pipa con ese tabaco de olor dulzón que el decía que “tenía chocolate”, cosa que nunca le había creído.
Ella se había olvidado de que el sillón se quedaría allí. Pucho ladró cuando ella pasó cerca, pero casi sin pensar, apartó la vista del sillón y del perro.
La mañana se estiró más de lo que hubieran querido mientras acomodaban las cosas. Les pareció que las escondían en vez de guardarlas en cajas.
A eso de las dos de la tarde un vecino se ofreció a llevarlas al “departamento nuevo” como María lo llamaba. Les costó bastante convencer a Pucho de que saliera. Por nada del mundo quería salir de abajo del sillón de su padre que era otro de los muebles que se quedaría en la casa. Ante sus ladridos, tuvieron que cerrar todas las puertas interiores para que se diera cuenta de que ellas se iban.
Esa tarde de domingo varios vecinos salieron a despedirlas. Como si todos hubieran estado esperando atentos el momento justo de la partida. Mamá pareció algo emocionada. Pucho se calmó un poco.
Ya en el auto dejó de ladrar, aunque por momentos se le agitaba la respiración y dejaba escuchar levemente esos quejidos que siempre interpretábamos como de disconformidad o de sufrimiento.
El departamento nuevo quedaba a más o menos diez cuadras de la casa y tenía una plaza cerca. Eso era bueno porque así podrían sacar a pasear a Pucho, lo cual era toda una novedad. Cuando se tiene una casa con patios como era la de ellos, sacar a pasear al perro era algo que casi no se hacía.
Los primeros días no fueron fáciles. María iba al colegio. Ese año lo terminaba. Dejando a su madre sola se quedaba intranquila, sobre todo porque Pucho parecía desconocerlas a las dos y a su nuevo hábitat. Tenía un lavadero que, aunque pequeño, sería como su propia habitación. Pero él buscaba algo más. Se sentaba junto a la puerta por horas con esa actitud que tienen los perros cuando está por llegar alguien, que en este caso nunca llegaba. Lo cierto es que los tres estaban muy ansiosos e incluso madre e hija se despertaban de noche y amanecían cansadas. La tercera noche que durmieron allí, María se levantó a tomar agua. Al pasar por la puerta vio los ojos brillantes de Pucho, inmóvil en la entrada del departamento. Que le iba a decir, si ni su madre ni ella habían todavía terminado de adaptarse al cambio. No dejó de sentir pena por él.
En el piso cerca de la puerta estaba la correa marrón con que su madre lo llevaba ahora a pasear. ¿Pretendería salir a la calle a esa hora? Serían como las tres de la mañana. Colgó la correa en su lugar y escuchó la respiración agitada y esos casi imperceptibles silbidos. El perro parecía mirar a través de ella, como viendo otra cosa o a otra persona.
En los días siguientes las dos mujeres se despertaron de noche y el perro parecía no dormir. Eso nunca había pasado en la casa, según recordaba María.
El sábado las dos se levantaron tarde y desayunaron mirando por la ventana. Con un poco de esfuerzo podían ver, -imaginar que veían- el techo de su vieja casa. Desde ese piso séptimo se divisaban varias cuadras de aquella zona todavía no invadida por los edificios de departamentos como en el que vivían ahora.
María pensó, mientras miraba a Pucho, si a su padre le gustaría el lugar donde vivían, pero alejó rápidamente esa pregunta de su mente como quien se guarece de la lluvia repentina.
El perro parecía cansado también, apenas había comido algo esa mañana. No era frecuente porque siempre lo había visto voraz por las mañanas.
La tarde del domingo se acercaba lentamente. María quería salir un poco a caminar, a cualquier cosa. A eso de las cinco convenció a su madre para ir a caminar al sol, a tomar un café en algún bar frente a la plaza o hacer algo fuera de allí, las dos solas. Su madre asintió no muy convencida.
Mientras se arreglaban, Pucho comenzó a ponerse nervioso, ambas escucharon sus cortos ladridos. Quién sabe si presintió que no lo llevarían con ellas.
Al salir y antes de que su madre terminara de cerrar la puerta, Pucho corrió por la puerta entreabierta hacia el pasillo -¡Pucho!- gritó María -¿Dónde vas? Y se perdió por las escaleras. María volvió por la correa.
Se veía que el perro quería salir también. Era comprensible.
Al llegar a la puerta de abajo vieron a unas personas que cargaban bultos. Ninguna de ellas dijo haber visto al perro.
Caminaron varias cuadras. Fueron hasta la plaza, les preguntaron a varias personas si lo habían visto pero no pudieron encontrarlo.
Ya cansadas, volvieron al departamento a eso de las siete con una extraña sensación de vacío. No hablaron ni se dijeron nada. Tomaron un té frente a la ventana mientras el sol se ocultaba muy cerca de donde estaba la vieja casa.
A eso de las ocho de la noche sonó el teléfono y María atendió.
Al colgar, pensó unos minutos antes de hablar con su madre. Fue extraño sentirse detenida por la foto de su padre que descansaba sobre una mesita.
Todo fue como lo esperaba. Su madre no hizo nada más que mirar al piso mientras ella le contaba lo que había sucedido.
La que había llamado era una vecina de la vieja casa. Lo que contó no dejó de parecerle extraño pero fue como si siempre hubiera sabido que algo así pudiera pasar.
Pucho al escaparse corrió las diez cuadras a la casa y saltando por una ventana se metió debajo del sillón que era de su papá quedándose allí. Los nuevos dueños que no lo conocían, trataron de sacarlo pero parece que Pucho les ladró muy fuerte y se asustaron. No hubo forma de sacarlo del sillón. Llamaron a la policía y ante la duda de que estuviera rabioso, lo sacrificaron.

Esa noche María y su madre comieron en silencio y prácticamente sin decir palabra.
Luego durmieron muy profundamente y ninguna de las dos soñó nada. En adelante ya no se despertaron más de noche y descansaron.
Pasados unos días, la madre de María encontró en una caja una foto de Pucho con su marido. Le pareció que era mejor que la que estaba en la mesita y la reemplazó.

9 comentarios:

MariaCe dijo...

Muy bueno, Vill.
Muy.

Bienvenido de regreso al blog, que ya la silla tenía telarañas, vea.

El Profe dijo...

Se le extrañaba amigo Vill, y que buen reencuentro con sus letrasha sido este.
¡Un abrazo!

El Gaucho Santillán dijo...

Pobre Pucho!!! Muy buen relato, Vill!!!

Saludos

The Bug dijo...

Es usted muy grosso, Vill.
Ha logrado que lea y disfrute un relato de más de diez párrafos en internet sin clickear en otro lado.

Makiavelo dijo...

Qué fuerte. Tengo un amigo al que se le escapó el perro del coche cuando iba circulando por la sierra. Al cabo de una semanas apareció en su casa, en la capital. Para que digan que no tienen memoria.

Muy bueno y duro.

Me alegro de tu resurrección.

Saludos.

Mª Antonia dijo...

Querido Vill:
Para alguien que adora a los perros, su relato ha sido muy conmovedor. Ha capturado mi atención de principio a fin. Un final terrible y tranquilizador a un tiempo.
En resumen, me ha encantado su regreso.
Gracias.

Isabel chiara dijo...

Estoy de acuerdo con Mª Antonia, sólo puede escribir así quien ama a los animales. El relato es precioso, me ha encantado. Los animales son increibles, yo los adoro.

Bienvenido, se te echaba mucho de menos (bueno, es tu casa, pero los habitantes invisibles seguíamos rondando por aquí)

Un abrazo

Yoni Bigud dijo...

Lindo relato, muy emotivo. Los animales tienen esa capacidad. La de emocionar digo.
Un final excelente.

Un saludo.

La Rubia dijo...

me dió mucha tristeza...