domingo, 11 de enero de 2009

Los sentenciados

Subía la cuesta empinada de la duna que iba hasta aquella cabaña veraniega con la mochila al hombro y la respiración agitada, que señalaba su furia más que el resultado del ejercicio forzado. Se enjuagó el sudor de la cara que fue a parar parte a su bermuda y parte a la arena caliente que la sorbió como un alcohólico al último trago de la botella o tal vez como lo hace un niño amamantado que toma con fuerza el pecho indefenso de su madre.
Las sandalias se atascaban en la subida y los ojos mostraban el aire salvaje que siempre había tenido, ahora fogoneado por la pasión. Gritó para descargar todo lo que pasaba en su interior. Parecía que la brisa espesa de la tarde quisiera frenarlo, removiendo su pelo y su barba. Ella todavía no lo había visto pero si lo hubiera hecho, solo hubiera reconocido del Tomás que conocía, esos dientes blancos y parejos que brillaban aún más con el alarido, un quejumbroso sonido que se profiere mirando hacia arriba, al cielo, para que lo escuche quien lo tiene que escuchar y si fuera posible el resto del universo. Así fue ese grito esforzado, duro como las rocas de la playa.
La puerta de madera barnizada, cubierta a medias por la luz que golpeaba de lleno sobre el techo, los árboles y los sillones de madera, era el último límite -ahora casi etéreo- que lo separaba de Marina.
Ella lo vio llegar con el acompasado entrar y salir del aire de su pecho, tenso y mojado, traspasando el algodón negro de lo que tenía puesto. Pero no se detuvo en el detalle de la vestimenta. No en el puño en alto, ni en la mandíbula tensa y levemente temblorosa. No.
Los ojos, la mirada de Tomás, eran un abismo negro que encerraba muchas cosas que ella no hubiera querido ver y que estaban allí. Era inútil retirar la cara para evitar que la imagen se fuera, como quien trata de escapar del flash de una cámara fotográfica que golpea con el velo de una momentánea capa de niebla brillante. Allí estaba todo y ella desnuda ante él. Un despojo distinto, el que no se puede ocultar con la ropa porque esas cosas no pueden taparse, tal vez si con alguna mentira que no estaba dispuesta a decir.
Él ya sabía. No importaba cómo, ni quién. Y no lo iba a negar. Para qué si era cierto. Y escuchó aquellos gritos desaforados e implacables, que le sonaban con más fuerza al ver los brazos velludos y bronceados por el sol que se alzaban hacia ella como las garras de una fiera.
-¡Por que tuviste que acostarte con ese tipo! ¡Vos sabés lo que estás traicionando! ¿No te importa que digan que sos una puta?- y muchas otras cosas. Pero no cualquier cosa. Así era Tomás.
Era como un potro bien entrenado y como un jinete experto. Galopaba cuando era necesario, soltando la rienda para correr por la playa, como habían hecho los dos muchas veces entre la espuma blanca que volaba desparramada entre las patas veloces de los caballos. Pero cuando era necesario, el antebrazo fuerte que ella había acariciado incontables veces, jugando con los caminos que formaban esa venas hinchadas, entrecruzadas en aquel peculiar dibujo, ponía el ritmo justo al paso, manteniendo a voluntad la marcha. Por eso, no decía lo que no quería decir. No le estaba diciendo que era una cualquiera, ni que lo había traicionado a él, no. Y eso era una de las cosas que amaba de ese hombre. El sabía que había palabras irremediables de las que no se vuelve, caminos que no tienen retorno. Pero ahora había otros senderos posibles.
Tomás la tomaba por el cuello y la presionaba en aquel grado justo, solamente conocido por ellos dos, antes de que la fuerza se convirtiera en otra cosa, en algo oscuro.
Ella inmóvil, escuchaba y pensaba. Su cuerpo además le había ordenado que derramara lágrimas que mojaban la mano de él.
-¿Por qué? ¿Por qué?- Le preguntaba Tomás que ya no podía decir más que eso. Había explorado en su interior las posibilidades que se le habían ocurrido: Que él tal vez no fuera suficiente para ella. Que simplemente lo había tomado como una aventura o que… otro montón de cosas que no lo conformaban en absoluto porque ya sabía la respuesta y la consecuencia.
Allí como estaba, con la cabeza echada atrás, el pelo aclarado por el sol y esos ojos que dejaban de ser azules para mostrar inmediatamente otras cosas, Marina parecía indefensa. Y lo estaba. Ahora él se sentía capaz de ahogarla con sus propias manos.
Con ese traje de baño celeste y el pañuelo enorme y colorido que usaba como falda, sus largas piernas parecían no sostenerla.
No entendía por qué no le respondía, que no se rebelara, que no le exigiera que la soltara. ¿Acaso ella iba a dejar que la ahogara? ¿No se iba a defender de lo que podía ser fatal?
Pero Marina seguía siendo fiel a si misma, dejando que la explorara por dentro, entregando todo lo que era, aún esas cosas que ella hubiera querido ocultar en los meandros del alma, en la mayoría de los casos accesible solamente a otra clase de luz.
Ella habló y dijo –apenas como un formalismo- que, en aquella época, todavía ninguno de los dos estaba seguro del otro, Que había tenido miedo y que había sido débil. No dijo -aunque sabía que de todas formas no hacía falta- que aquel otro hombre en cierta forma la había contenido.
Tomás dijo: -Vos sabías que ya estaba decidido. Deberías haberlo sabido.
La supuesta fatalidad de aquel error de apreciación ya no podía cambiar lo que sabía que iba a hacer desde el momento mismo de entrar en la cabaña. Ella lo miró esperando lo irremediable.
Afuera todavía estaba sobre la mesa el sombrero de paja que ella usaba y la mochila que él había dejado antes de entrar.
Como si nada pasara o nada pudiera alterar aquel orden, las olas que se veían desde lo alto de aquel médano, dibujaban sus líneas blancas de espuma extendiéndose por ambos lados hasta donde se perdía la vista.
Las golondrinas iban y venían a sus nidos en los parantes del techo, indiferentes a lo que ocurría detrás de la puerta cerrada.
Él se había sentado y su respiración se hacía más lenta. Ya no la miraba. Su vista se había perdido, vagando por los entresijos de lo que desde hacía unos minutos ya era pasado.
Marina con la delicadeza de la que era capaz, puso su mano sobre la cabeza de él y la dejó, casi inmóvil, flotando en aquel pelo oscuro.
Tomás le dijo entonces -¿Por qué apenas me tocás y no enredás tu mano en el pelo cómo lo hacés siempre?
La sentencia había sido pronunciada.

7 comentarios:

Yoni Bigud dijo...

Muy bueno.

A veces las cosas pasan y no es bueno seguir escarbando. Una sentencia rápida me parece lo más atinado.

Un saludo.

Mona Loca dijo...

Es el problema de cuando uno se conoce demasiado bien...no?
besos!

Mª Antonia dijo...

Querido Vill:
Me he quedado sin palabras. Me ha desconcertado el final, aunque la historia me atrapó desde el principio. Creo que nadie conoce sus reacciones frente a un suceso imprevisto, hasta que no sucede... y algunas de nuestras reacciones pueden sorprendernos, incluso a nosotros mismos y pueden llegar a ser muy negativas.

Un saludo.

Vill Gates dijo...

En este caso, supongo que no todos lo verán igual, la sentencia es positiva porque el tipo pasa por encima de lo ocurrido, a pesar de la violencia interior ante la situación.
Por eso es que los sentenciados son los dos.

Acá podría decir unas cuantas cursilerías, pero se las ahorro.

Ichiara dijo...

Yo lo veo como Tú Vill, están sentenciados a llevar el peso a cuestas, hasta la caricia en el pelo será distinta y las venas de su brazo trazarán para ella surcos imprecisos. ¿Por qué será que cuando amamos nos sentimos dueños del otro, hasta de sus secretos?

Muy bueno, un beso.

Steki dijo...

Muy bueno! Me atrapó.
Me desconcertó un poco el final.
Él reclamando de ella una actitud que tenía antes y que ya no volverá a tener porque todo ha cambiado entre ellos.
Será así?
Un fuerte abrazo para ti, amigo.
BACI, STEKI.

Makiavelo dijo...

Las relaciones siempre traen alguna complicación. Debería ser todo más fácil.

Saludos.