jueves, 7 de agosto de 2008

El árbol de la vida

Colocó sus manos sobre el árbol y le resulto feliz la coincidencia de ver que las arrugas continuaban sobre la superficie de aquel tronco.
Había venido caminando despacio por el sendero desde la casa nueva hasta el roble que alguna vez había dado sombra a la casa ya inexistente.
Pocos día atrás habían removido lo que quedaba de ella: la vieja chimenea de piedra indiferente al incendio de hacía veinte años. Y si bien ya no estaba, él la veía y también a ella sosteniendo en sus brazos a alguno de los chicos, con el pelo recogido e iluminado por el sol que se colaba entre las ramas frondosas en el estío del ondulado sur de la provincia de Buenos Aires.
Los chicos había crecido y su mujer ya no estaba. Ahora desaparecería también el roble.
Su hijo mayor le había explicado que quitar todo eso había de mejorar los rindes del campo y no había querido decirle nada; ya no.
Le vino a la memoria que su padre había plantado ese árbol y construido la casa el mismo año en que él había nacido, alternando el esfuerzo de la obra con el duro trabajo de arar, sembrar y cosechar. Qué distinto era todo ahora.
Caminó sobre lo que había sido la sala de estar y vio el lugar donde ella siempre colocaba flores cerca de la ventana, ahora tapizado con las pequeñas corolas amarillas que crecían silvestres en el pasto no muy alto. Volvió a mirar al roble y también recordó a los chicos jugando con las bellotas. El vino y la alegría de verlos crecer al sol. Y el volar de las calandrias, los gorriones y sus nidos, un año tras otro. Y también, como algo muy vívido, el primer beso que le dio a ella, bajo ese árbol, mientras se protegían de la lluvia. Recordaba el aroma de la tierra mojada de esa sorpresiva lluvia primaveral.
No eran de pena las lágrimas que habían aparecido furtivamente sobre su cara curtida porque había vivido feliz, hasta que la enfermedad se la había arrebatado.
El tiempo sabe como arrancarle la memoria a uno, pensó y echó una última mirada a ese árbol, descubriéndose la cabeza y mirando a lo alto de la copa. No era justo. Tan viejo como él y tan fuerte que se lo veía pero lo iban a derribar mañana. ¿Dónde irían a parar todos los pájaros? ¿Habría nidos todavía en el otoño?
Se preguntó si sus recuerdos se esfumarían con él viejo árbol, disipándose como la bruma esquiva de la mañana. Se sintió fatigado y antes de irse, recogió con dificultad una bellota del suelo, la miró y luego de lustrarla con la manga del saco, la puso en un bolsillo, mientras volvía por el mismo camino por el que había venido.
Por primera vez, en todos los años de su vida allí, se sintió solo.
Al otro día, los contratistas hicieron su trabajo y temprano a la mañana, luego de podar unas cuantas ramas grandes, el árbol cayó, apenas unas horas después de que aquel otro viejo roble también lo hiciera.

15 comentarios:

Steki dijo...

Hola Vill:
Muy linda la historia, sólo ando bastante sensible estos días porque mi yerno anda con problemas de salud. Pero bueno, soy positiva y tengo todo el optimismo sólo que siento angustia por mi hija que está allá solita en Tarragona sin tener quién la banque de cerca.
Aunque, afortunadamente, tenemos mucha conexión espiritual y energética.
BACI, STEKI.

Mona Loca dijo...

Que tema, la vision diferente de los hijos y los padres...Y de la propia historia que es en parte compartida, pero pensada distinta,no?

Saluditos!

Mª Antonia dijo...

Querido Vill:
He vivido algo parecido con la casa de mis abuelos.
Parece como si una parte de mi historia, se hubiera esfumado con la casa, los árboles... aquel paisaje de mi infancia.

Abrazos.

Cassandra Cross dijo...

Muy bien narrado, desde la nostalgia pura y dura.
Me estoy poniendo al día con tutti, Vill. Saludos!

El Gaucho Santillán dijo...

Yo plantè como 500 àrboles. Y sigo plantando.

que buen escrito, Vill.

(me imagino que dentro de 100 años, sin saber quien era yo, alguien va a estar bajo "mi" arbol)

Yoni Bigud dijo...

Cuento triste, o más bien nostálgico. Pero muy bueno.

Tom Playfair dijo...

Vill:

¡Pensé que la bellota que el viejo había tomado iba a dar origen a un nuevo roble!

Me gustó el cuento, porque el paso del tiempo tiene algo de cruel, pasa en tantos trabajos donde las generaciones nuevas vienen y arrasan con lo que los que estuvieron antes levantaron con tanto sacrificio e ilusión.

Recuerdo un comentario de un obispo emérito que prefirió irse a vivir a otra diócesis "para no sufrir y hacer sufrir", quedándose en la que había sido "suya" durante añares.

Caia dijo...

Triste.. pero muy real. Me hiciste recordar mi casa, allá en mis pagos, y lo que sentí cuando la demolieron.. :(
Beso... me pegó la nostalgia.

El Profe dijo...

Vill, cuantos sentimientos, muy bien logrado, una profundidad muy fácil de percibir y sobre todo de sentir :D
¡Gracias por llevarme hasta ahí!
¡un abrazo!

ildefonso dijo...

Vill, un saludo desde el centro de Andalucía.
Me gustan sus relatos, son ,..como diría?...¿impredecibles?...me gustan.

Saludos

El Gaucho Santillán dijo...

Otro! Otro!!!

Vill Gates dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Vill Gates dijo...

Steki: Ya te contesté unas pocas líneas, espero que pase pronto.
Mona: Tu vision de "psi" siempre es interesante.
Mª Antonia, Cassandra, Tom y Profe, un gusto y gracias por pasar.
Yoni y Caia: No sé si es triste porque es vital, son ciclos y dentro de la gran rueda de la vida, llena de otras cosas, no son nada.
Ildefonso: Impredecibles, un poco como la vida, solo que estos son cuentos cortos.
Gaucho: Plantaste 500 árboles, tenés varios hijos, te falta escribir 50 libros. Ja.
Muchas gracias a todos.

zippo dijo...

Es sorprendente cómo difieren las visiones del mundo de los hijos respecto de los padres.
Lo que uno quiere preservar para tener raíces, origen y sentido, contra lo que es necesario correr al costado para seguir adelante.
Qué buen relato, Vill. Felicitaciones.

Anónimo dijo...

muy bonito, pero... si no es mucha molestia me gustaria saber quien es el autor